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SUSTRACCIÓN PARENTAL DE MENORES

Hijos sin billete de vuelta

La mujer de José Gabriel se llevó a su hijo de tres años a México sin que él descubriera el paradero hasta un mes después. Tras cuatro meses desesperados del padre por encontrar al menor, una jueza mexicana ordenó el retorno del niño. La semana pasada padre e hijo regresaron a Valladolid

ALICIA CALVO
27/03/2017

 

Las habitaciones estaban vacías, pero la ropa de ella y el niño aún colgaba en los armarios. Sobre la mesa del salón había una nota manuscrita: «Me has dicho que tú no necesitas tiempo, pero yo sí tengo que pensar si quiero volver a integrarme en tu familia. Estamos en un hotel de Valladolid. Regresamos mañana a las cuatro. Nos vendrá bien estar un poco separados».

Esas horas se convirtieron en tres días en los que José Gabriel recibió mensajes tranquilizadores por WhatsApp de su mujer. Luego el teléfono dejó de funcionar. Acudió a la Policía. Cuando los agentes supieron que ella es de nacionalidad mexicana, la pregunta fue inmediata:

– ¿El niño tiene pasaporte?

Revolvió los cajones y la inquietud quedó completamente disuelta en una cantidad nunca antes conocida de terror.

Los documentos no estaban y la mujer y el hijo de José Gabriel no volvieron ese día. Ni al siguiente. Ni pasada una semana. Ni un mes, ni dos, ni tres, ni cuatro. En ese tiempo, su vida la rigió un calendario marcado por domingos odiosos, noches mirando la cama del niño sin deshacer, la fiesta del colegio de los hijos de los otros... Los reyes magos trajeron un banco de herramientas que nadie abrió.

El pequeño, de tres años y medio, se esfumó el 15 de noviembre del año pasado con su madre, que decidió «unilateralmente y en secreto» sustraer a su propio hijo para instalarse en su país de origen.

Al mes, su padre logró contactar con ellos vía internet, pero el menor permaneció lejos hasta que José Gabriel consiguió in extremis la semana pasada –el lunes 13 de marzo– que un juzgado de México ordenara a su todavía mujer «la restitución del menor».

Desde ese martes, el pequeño juega con las herramientas encargadas por sus majestades de Oriente. Este es «el mejor desenlace posible», señala el padre. Pero dista de un final feliz.

El niño durmió anoche en la localidad vallisoletana de Arroyo de la Encomienda, donde vivía cuando su madre lo arrancó de su entorno; donde acudía a clase, al parque, al centro comercial para jugar... Sólo que, en vez de en su casa, que era de alquiler, padre e hijo se trasladaron al domicilio de la abuela para que le cuide mientras él trabaja. «Lo sacó de su vida de repente. Lo apartó de su padre sin más. Pensaba que como madre tenía derecho, sin avisar ni consensuar nada. Tenía amigos, su zona de juegos, su televisión, sus juguetes, su cuarto, su padre... Una vida hecha y, cuando se lo llevó, se quedó sin ella», relata un hombre «inmensamente contento» por volver a estrujar a su pequeño, pero a la vez «inquieto» por los últimos meses de ausencia y por la incertidumbre del futuro.

Un padre que critica que Cristina, de la que ahora está en proceso de divorcio, actuara como si su hijo fuera una posesión. «Pero no es su teléfono, sus zapatos o una maleta que puede coger, llevarse y ya. Es un niño al que le ha hecho un daño irreparable», incide.

Ese daño no es por lo vivido. O no sólo. Sino porque ya no tendrá una infancia tranquila. Extrañó de repente a su padre y ahora echa de menos a su madre.

José Gabriel coge carrerilla y no calla. Se sintió durante tanto tiempo «indefenso» que quiere expresarse. El suyo es uno de los 200 casos cometidos por los propios progenitores que, según el Colectivo Madres y Padres contra la Sustracción Parental, se registran al año en el país. En Castilla y León, en el último año del que la Fiscalía ha publicado datos, 2015, se iniciaron 24 diligencias previas por sustracción de menores. Finalmente se incoaron tres procedimientos y se calificó uno.

Este padre muestra un papel, otro, pasa las páginas de un álbum de fotos, que durante cuatro meses la tristeza no le permitió abrir, y continúa su relato.

Da saltos temporales, pero reconstruir su historia es tan sencillo como inusual. Sobre todo, el esprint final para evitar que su mujer volviera a huir con el menor. Esta vez a EE. UU.

Echando la vista atrás, sostiene que creía que sus disputas eran «normales, como las de cualquier pareja», y que no lo vio venir. Ni siquiera los primeros días.

Cuando todavía ignoraba el paradero real de su mujer e hijo, tras acudir a la Policía, comprobó que faltaban los pasaportes y comenzó el calvario: «Me quedé paralizado, horrorizado y pensé ‘me lo han robado, se han llevado a mi hijo y no lo volveré a ver’», relata sobre unos sentimientos que no se ve capaz de traducir en toda su dimensión. «¡El vacío es tan grande! Pierdes a la persona que más quieres y ni siquiera sabes si está bien o si podrás volver a besarlo, a achucharlo, a reñirlo o a cambiarle el pañal».

El pánico inicial se tradujo en movimiento. En una denuncia ante la Guardia Civil, que pronto le comunicó que su ex y su vástago embarcaron desde Madrid la misma mañana en la que él se topó con la nota, la misma en la que recibía mensajes de que ella necesitaba tiempo. El juzgado sobreseyó la denuncia por vía penal; quedaba el proceso civil.

Hubo un paréntesis de desorientación. «No sabía ni dónde ir, ni a quién acudir. Te sientes muy solo. En el juzgado nadie me indicaba qué tenía que presentar, qué hacer. Era frustrante», expone sobre unas noches en las que sólo conciliaba el sueño con ayuda de una pastilla y, si dormía, aparecía una pesadilla recurrente: «Tenía a mi hijo en brazos y ella me lo quitaba de las manos. Yo tiraba, pero no conseguía retenerlo. Lo perdía». También lo temía durante su estado de vigilia.

«A la desesperada», contactó con el Colectivo de Padres y Madres contra la Sustracción Parental. Los días seguían pasando y Cristina había cerrado sus cuentas de redes sociales y cambiado de teléfono. Sólo quedaba el email. Casi al mes, recibió noticias. Respondió a un correo electrónico.
Ante su insistencia, ella le dio el nuevo número y, al día siguiente, 25 después de su marcha en los que no supo nada de él, en una videoconferencia telefónica apareció el niño «con una inmensa sonrisa» y enseñándole juguetes. «Me tranquilizó verlo bien».

Esa conexión sirvió para algo más. Para algo decisivo. Él reconoció la casa de sus suegros, que los tres visitaron un año antes. Ella admitió dónde estaban, y le advirtió, siempre por correo electrónico:

«No vamos a volver».

José Gabriel registró cada comunicación. Guarda todo mensaje intercambiado y una grabación de las escasas llamadas. Lo adjuntó en el proceso internacional de restitución del pequeño que acaba de concluir y que relata que ha estado repleto de «portazos, desconocimiento e indiferencia» por parte de las distintas ventanillas de la Administración a las que se ha dirigido.

Con su hijo ya en sus brazos, sólo busca que las administraciones tomen nota y amparen a quien pase por su situación, que se formen para atender estos procesos y sepan orientar a quien se enfrenta a ellos. También, que otros padres no decaigan y se mantengan fríos. «Cualquier paso que des en falso puede ser un error grave y puedes perderlo para siempre».

Por eso, él reconoce que se hacía «el tonto» para tratar de que ella le proporcionara toda la información posible y para que no se asustara ni se escondiera. «Disimulaba y le hacía creer que me conformaba con verle por videoconferencia, aunque le dejaba claro que no contaba con mi consentimiento para estar fuera y le pedía que volvieran. No tensaba demasiado. No me interesaba enfrentarme para que se confiara y pensara que seguía en Valladolid y que no estaba moviendo nada por mi hijo».

En esos cuatro meses, Cristina se trasladó de domicilio tres veces, todas en México, y, la última, le dio la dirección a José Gabriel para que le enviara dinero para inscribir al niño en el colegio. Ella no sabía que eso le permitiría a él recuperarlo. Le mandó 600 euros. «Si no llego a saber exactamente dónde están, no sé si podría haberme levantado hoy con mi hijo».

Mientras sólo podía sonreír a su pequeño a través de la pantalla del móvil y pedía en la fábrica de automoción de la que es empleado que le dejaran trabajar los días de descanso para no detenerse en el tormento en el que estaba envuelto, otro padre que experimentó lo mismo le puso en contacto con una abogada instalada en tierras mexicanas.

A través de la autoridad central de Justicia de España, solicitó a la mexicana el retorno del niño, amparado por el Convenio de La Haya de 1980, que contempla la colaboración entre países ante la sustracción internacional de menores.

La jueza del país azteca inició el proceso, pero llevaba su tiempo y eso, tiempo, era lo que menos tenía.

Entonces todo se precipitó. Cristina le confesó que se iba a Estados Unidos, que con su madre el pequeño «estaba bien». Era sábado. Ese lunes, José Gabriel voló a México. Ella todavía no sabía que él estaba peleando por traérselo de vuelta. El miércoles lo supo.

Abogada y padre indagaron hasta conocer hora y vuelo. «Íbamos contrarreloj. Pensaba que se me podía escapar y que si entraba en Estados Unidos ya se acababa todo y me quedaría sin mi hijo para siempre. ¡A ver quién la encuentra! Las autoridades españolas, desde luego que no».

Se lo comunicaron a la jueza, que se vio obligada a acelerar la vista. Hace sólo tres jueves, la Policía fue al domicilio de Cristina y le invitó a acudir al juzgado. El pequeño llegó en pijama.
José Gabriel temía que «ella hubiera cumplido sus amenazas», lo hubiera puesto en su contra y él no quisiera verlo. Pero el primer abrazo, en la sala infantil del juzgado, lo sacó de su error. «Le daba tantos besos... Yo no podía dejar de llorar y el niño sólo quería que jugara con él, como si nos hubiéramos visto ayer. Nunca he pasado un rato más increíble a su lado».

Del juzgado salieron juntos. En los tres días que la madre solicitó para preparar su defensa, el menor disfrutó las mañanas y las tardes con él, en su hotel, jugando a la pelota y viendo dibujos, y las noches las pasó en casa de ella, pero con una patrulla policial «para evitar que volviera a llevárselo».

La resolución llegó. El menor debía volver a casa. En el avión preguntó por su madre. «Le digo que está trabajando y que no puede venir. Por suerte es pequeño y no es consciente del todo», comenta sobre una de las principales secuelas de este suceso, en el que los recursos son otro hándicap. Él se ha gastado ya 7.000 euros.

«No quiero que pierda a su madre, pero tampoco lo he elegido yo. No voy a hablarle mal, pero cuando sea mayor le enseñaré esto», indica señalando el tomo de papeles en el que aparecen los mensajes en los que él suplica que regresen.

Ahora la que lo ve por videoconferencia es ella.

En medio de todo está el niño, que querría ver a su padre y a su madre. El proceso de divorcio dirimirá qué sucede con la custodia. «Como la denuncia está archivada aquí, ella no tiene riesgo de ir a la cárcel. Tampoco quiero eso. Sólo tranquilidad».

José Gabriel hace suyo el lema de muchos de estos progenitores de la asociación, que vieron cómo la persona con la que tuvieron un hijo se lo arrebató: «No más niños huérfanos de padres vivos».

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