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Cuando ser misionera es más que el hábito

Monja misionera. Para Pilar la palabra clave era la última, ‘misionera’, y colgó los hábitos por ello. Su cambio personal se traduce en el rescate de niños tanzanos que pasan de una incierta supervivencia a desarrollar una vida. El último logro de esta enfermera vallisoletana y sus compañeras es la construcción de un colegio internado en África.    En realidad, un hogar para menores sin padres, enfermos o en extrema pobreza. Su ONG, Educa Tanzania, cumple 10 años sufragando estudios a chicos sin recursos

ALICIA CALVO / VALLADOLID
07/05/2017

 

Era monja. 

Pilar Nieto cuidaba de doce huérfanos enfermos en Tanzania. 

Seis años después, su orden la obligó a volver a España. 

Ella, sencillamente, renunció a su condición de religiosa.   

– Estudié Enfermería para poder volver.

Mientras cursaba la carrera, esta vallisoletana mantuvo contacto con sus niños, enviaba dinero y en sus vacaciones los visitaba y los llevaba a revisiones médicas (el hospital más cercano se encuentra a 200 kilómetros).

Nikola, la mayor de las protegidas, tuvo una niña. Fue «la primera Pilar» del país africano. En realidad, la llamaron María Pilari «para que sonara bien en swahili».

Con sus primeros sueldos, Pilar compró en un pueblo tanzano una casa a la que se trasladaron Nikola, dos hermanas de ésta y la pequeña Pilari. Pero cuando la niña sólo tenía 12 años, Nikola falleció por cáncer de piel.

Desde la distancia, esta enfermera se hizo cargo de ella. Le pagó los estudios porque la Secundaria tiene coste incluso en los colegios públicos y, cuando cumplió la mayoría de edad, María Pilari vino a Valladolid. «Antes de los 18 años no dejan a los niños abandonar el país».

No pudo adoptarla por cuestiones burocráticas y la nombró su heredera, pero ambas saben que también es su hija.

Ninguna se desvinculó de Tanzania y juntas continuaron ese trabajo que comenzó como misionera. 

Junto con otras tres compañeras enfermeras que trabajaban con Pilar en el Hospital Clínico vallisoletano, fundaron en Valladolid la ONG Educa Tanzania.

La organización cumple ahora diez años sufragando los estudios de niños sin recursos, que en la mayoría de los casos son huérfanos. En este tiempo, han becado a 342 menores, pagándoles los cuatros años de Secundaria y los dos del Bachillerato porque el Estado sólo cubre Primaria.

Coincidiendo con esta efeméride, dan un salto de impacto. Cansadas de la dispersión de sus chicos, de la dificultad de gestionar las ayudas encontrándose cada uno en un rincón del país africano y de tener que tratar con tantos centros escolares diferentes, decidieron transformar su ayuda y centralizarla.

Acaban de levantar su primer colegio, en el pueblo de Igingilanyi, a 20 kilómetros de la ciudad de Iringa, en el centro de Tanzania. Es más que un colegio; es también «un hogar».

En él residen 21 alumnos de entre 13 y 16 años y funciona como un internado, cumple los mismos requisitos, salvo que los escolares no abonan ninguna cantidad. Casi ninguno tiene padres, y en las excepciones que sí, estos están inmersos en la pobreza.

Duermen, comen, juegan, estudian... Toda su vida la realizan allí y los gastos y cuidados los asume por completo la ONG fundada por esta vallisoletana, sus amigas y su hija, que cuenta con 115 socios de distintas partes de España, gracias al boca a boca.

El centro educativo se estrena con un primer curso de Secundaria, pero quiere incorporar uno por año hasta completar los seis con una treintena de alumnos cada uno. Cuando esté a pleno rendimiento, la meta es alcanzar los 200. «A ver si se puede».

La mitad de estos menores procede de una casa de huérfanos. «De un orfanato real pasan a un hogar. No sólo están ahí, permites que estudien y, además, los cuidas», indica Pilar, que los recogió personalmente uno a uno y los trasladó al colegio porque desplazarse en esa zona «es caro y costoso».

Los restantes vivían en la extrema pobreza o eran explotados como ‘niños de acogida’. «En la sociedad tanzana es muy frecuente que familiares lejanos, conocidos e incluso vecinos acojan a los pequeños que se quedan sin padres», explica Pilar. Pero tiene un precio. «Son como hijos de segunda y los ponen a trabajar, en la casa, en el campo, a acarrear agua... Se convierten en obreros desde bien pequeños».

Janeti, una de las adolescentes que ahora ocupa una litera del centro escolar de Educa Tanzania, contaba sólo diez años cuando comenzó su trabajo de criada. Antes de ir a la escuela, Janeti debía levantarse para realizar las labores domésticas. Al regresar, también.

Ya tiene quince años. Salió de esa casa y ahora convive con el resto de sus compañeros bajo el paraguas de Pilar y los suyos. «No sólo les enseñamos conocimientos, también a convivir. A ayudar al resto, a que todos somos iguales, pese a los problemas». Janeti padece VIH, a otra niña le falta la pierna y otra es albina y por su piel es rechazada en Tanzania...

El equipo capitaneado por esta enfermera vallisoletana contrató a cuatro profesores. Dos pernoctan con los estudiantes y hay otros dos educadores –figura común en los internados tanzanos–, una está encargada de las chicas y otro de los chicos.

El principal gasto se destina a esos salarios. Les pagan en chelines 250 euros al mes. «Un sueldo medio de un docente allí, tanto en los institutos y colegios privados como públicos».

Otra parte del presupuesto recae en la comida, pero pronto reducirán esta partida porque quieren establecer una granja, primero con gallinas y cabras, para resolver el problema del alto precio de la leche, y con el tiempo prevén incorporar cerdos y vacas. Ya han plantado una huerta que les proporciona suministros.

También les compraron uniformes porque quieren asemejarse al resto de internados –cumplen todos los requisitos exigidos por el Gobierno tanzano– y allí todos llevan una ropa establecida.

Sin una infraestructura voluminosa, en Valladolid no gastan ni en sede, concentran todos los fondos recaudados en ayudar en Tanzania y en llevar un férreo control de cada menor.

La contraparte de la ONG en Tanzania es otra pequeña organización con el mismo nombre, registrada allí, encabezada por Pilar Nieto, pero la engrosan antiguos alumnos; otros jóvenes a los que Pilar y sus amigas regalaron una vida.

Desde el terreno se coordinan. Pero la joven María Pilari –que es auxiliar de enfermería– y su marido se irán a vivir a la zona para gestionar el colegio. «Hay que estar encima para que salga bien», aclara.

Antes de sacar adelante este centro escolar, su actividad se centraba en abonar directamente a la cuenta bancaria de distintos colegios de Tanzania el importe de la matrícula y de la estancia de sus patrocinados porque «una gran parte de los centros de allí son internos y los gastos van más allá de la cuota inicial». Esto supone entre 300 y 550 euros por menor al año. 

Cada centro escolar les envía un justificante de las calificaciones que obtienen los alumnos que les sirve como garantía de que asisten, y no les permiten repetir: «Tenemos que ver que aprovechan lo que les damos».

– ¿Por qué pagar estudios en vez de otras ayudas?

– Sin estudiar no van a tener ningún futuro. Hasta para trabajar el campo necesitan tener formación. Si hubiera gente más formada en estos pueblos que tuviera conocimientos que transmitir, todavía, pero no la hay. La agricultura no está evolucionada y no pasa de una azada, por ejemplo. [Incide Pilar]

De ahí la repercusión de su misión: «Le das un futuro a gente que no lo tenía. Les cambias la vida».

De todos los menores que le deben el título académico a este grupo de enfermeras y a sus benefactores, casi una tercera parte terminó la universidad.

El Gobierno concede préstamos para estos estudios superiores y, una vez los concluyen, los deben devolver, pero únicamente subvenciona los que considera universitarios. No entran en este catálogo algunos como Magisterio para Primaria, Enfermería o Periodismo, que son un equivalente a la Formación Profesional de aquí. Los que se decantaron por estas opciones lo consiguieron gracias al respaldo de Educa Tanzania, que abonó esta formación.

Los titulados becados por la ONG se han convertido en médicos, enfermeros, maestros, mecánicos, electricistas, abogados, técnicos de farmacia, agrícolas y administrativos. Otros abandonaron. «Sobre todo los que tenían peores condiciones, los que eran externos y no tenían apoyos». Muchos de esos a los que se refiere Pilar eran niños de acogida. Esos que trabajaban a la vez que iban a clase.

Pero incluso en estos casos, lo aprendido cuenta. Lo comenta Lourdes Catalina, otra de las enfermeras fundadoras, que cuando comenzó «no creía posible» que su ayuda supusiera tanto para tantos: «Si se volvieran al pueblo, trabajarían de distinta manera. Hasta para plantar un huerto, tendrían otros conocimientos para salir adelante».

La ONG dejará progresivamente de becar a alumnos dispersos para centrarse sólo en el colegio. Continuará respaldando a los actuales hasta que finalicen sus cursos. Ahora son 21 los becados en su colegio y 16 fuera. «Con los recursos que tenemos no podemos abarcarlo todo. Con el centro conseguimos no sólo que vayan a clase, sino que estén en las mejores condiciones», apuntan.

El mejor testimonio de la acción de Educa Tanzania se percibe en la sonriente mirada de la joven Shayda. En uno de los últimos viajes de Pilar a ese punto de África, esta chica recorrió 400 kilómetros para conocerla. Lo primero que exclamó al ver a esa mujer, que desde tan lejos le había dado su única oportunidad, fue varios «¡Gracias!».

Shayda es psicóloga, abrió consulta propia y también trabaja para el Gobierno. «No tiene nada que ver la vida que hubiera tenido con la que tengo. Soy huérfana y he llegado lejos sin nada, gracias a Educa. Vosotros también podéis». Con estas palabras alentó a ese primer curso del nuevo colegio –o nuevo hogar– para que no dejen de intentarlo.

Pilar ve en Shayda un ejemplo de cómo «con poco se puede hacer mucho» y, mientras ella cumple el sueño de cada vez más personas, está radiante porque el suyo, el de ayudar, «se cumple». Fue monja. Sigue siendo misionera, su auténtica vocación.

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