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De la euforia legal en Valladolid a la debacle

No sólo se cumplen cuatro décadas de la legalización del PCE, también de unos resultados electorales que le relegaron de principal fuerza clandestina a un papel secundario en la izquierda. Prisas, errores de marketing, desconfianza… Algunos ex dirigentes de Castilla y León vuelven la vista atrás para explicar aquel decepcionante resultado: «Venía mucha más gente que nos votó». El primer mitin legal de Carrillo fue en Valladolid ante 9.000 personas que abarrotaron un polideportivo

ALICIA CALVO
27/02/2017

 

Cuenta quien fuera uno de los dirigentes del PCE en Ávila, Serafín de Tapia, que su «ingenuidad» era tal, que para el primer mitin que ofreció el Partido Comunista en la provincia abulense reservaron un campo de fútbol en Navas del Marqués. Asistieron catorce personas. «Éramos tan ingenuos que creíamos que lo íbamos a llenar; que sería contar nuestras ideas y todos nos iban a apoyar. Pero no todos se atrevían todavía a ir al mitin de los comunistas y menos en un pueblo», indica De Tapia.
Hace ya cuarenta años de que el Partido Comunista pasara de los triunfos en la sombra al fracaso bajo los focos; de la euforia de abril al chasco de junio y de ser la principal fuerza de oposición al Franquismo a diluirse en las urnas.

Tras varios meses de negociación y con la reunión clave entre Carrillo y Suárez, hoy hace 40 años, el 27 de febrero, como punto de inflexión, la legalización del partido en Semana Santa de 1977 supuso un balón de oxígeno que no llegó con reservas suficientes a las primeras elecciones democráticas del 15 de junio.

Los dirigentes y militantes del PCE en Castilla y León vivieron a un ritmo vertiginoso los pasos posteriores a que Adolfo Suárez concediera el estatus de legal a su formación, el 9 de abril del 77.
César de Prada, al frente del partido en Valladolid y en Castilla y León por aquella época, da una idea de lo que se vino encima: «En dos meses, un partido que había estado clandestino 40 años tenía que salir a la superficie. Preparar elecciones, carteles, candidatos, muchas reuniones, buscar rostros para encabezar las propuestas, darse a conocer. La actividad era frenética». Su compañero de filas vallisoletanas, Ángel Martínez de Paz, lo corrobora: «Vivías en más libertad, pero te dedicabas a tiempo completo. Era un gasto de energía tremendo».

Ni ellos, ni el resto de miembros del partido en la Comunidad, dejaron correr el calendario. La misma semana en la que recibieron la esperada noticia de su legalización, se pusieron manos a la obra. En realidad, en algunos lugares ni siquiera pasaron unas horas cuando arrancó la actividad, muy agitada las siguientes semanas.

El ex dirigente Víctor Bayón, que veía cómo llegaba a su fin más de una década de vivir «completamente» en la sombra, recuerda cómo en León, «al rato» de terminar de celebrar que ya eran un partido legal, algunos compañeros «fueron a por la máquina multicopista que se utilizaba en la clandestinidad para editar El Mundo Obrero para varias provincias de Castilla y León. Esta vez, comenzaron «a editar comunicados y octavillas».

Fueron dos meses en los que Santiago Carrillo se dejó ver en algunas de las principales plazas de la Comunidad. Congregó a miles de personas en sus citas, por ejemplo, de Valladolid y Burgos, donde la euforia se impuso, pero detrás había mucho trabajo local, poco tiempo y pocos recursos.
Mientras los comienzos fueron complicados, sobre todo en los pueblos, la atracción en las capitales era distinta con la presencia de las primeras espadas nacionales y se produjeron algunos actos multitudinarios.

Valladolid era la prueba de fuego nacional. El escenario del primer mitin que Santiago Carrillo daba dentro de los marcos de la ley y el público no defraudó. La asistencia fue masiva. Acudieron en torno a 9.000 personas.
César de Prada, entonces responsable del PCE en la ciudad, recuerda aquel día, aquel simbólico 23 de abril en el que en el Polideportivo Huerta del Rey bullía. «Era emocionante. La gente estaba volcada. Fue un éxito absoluto», rememora.

Carteles llamando a ir a las urnas y con consignas como ‘hazte oír a los 18 años’ –por la prohibición de que votaran con esa edad– colgaban de las gradas; la pista central estaba tomada por simpatizantes y militantes sentados en el suelo y los aplausos y vítores interrumpían al líder nacional del partido.

La expectación era tal que acudieron medios extranjeros, de Estados Unidos o Alemania. Carrillo lanzó un discurso conciliador, «sin revanchas», reivindicando el valor del Partido Comunista en los cuarenta años de dictadura franquista y mirando hacia delante.

Un mes y una semana después, el 28 de mayo, volvió a llenar la Plaza de Toros en Burgos. Ante 10.000 espectadores quiso borrar el lastre que arrastraba la ciudad por haber albergado una prisión donde, recordó en aquella cita, «miles de jóvenes se pudrieron por luchar por la libertad»
En otras provincias, como Soria, sumaron otras meritorias 2.000 personas, pero no acudió Carrillo. Asistió Ramón Tamames, de la dirección nacional, y allí acusó al Gobierno de Suárez de ‘robar’ dos millones de votos, al no permitir que se pudiera votar desde los 18. También cargó contra las trabas para que los emigrantes participaran y lo cifró en otro millón de papeletas perdidas más.
«Venía mucha más gente que la que luego nos votó. Simpatizaban con nuestras ideas, pero no todos se atrevieron a votarnos», recuerdan.

Pese al ritmo feroz, los comunistas se dejaron la piel en esas elecciones generales. «Teníamos energía y mucha ilusión», aseguran varios de ellos. Tanta, que Serafín de Tapia, que compaginó la preparación de los comicios con la docencia en la Escuela de Magisterio de la Universidad de Salamanca en Ávila, comenta cómo estaba convencido de que «cambiar el mundo era fácil».
Pronto se dio de bruces con la realidad. El PCE obtuvo en Castilla y León 50.775 votos, frente a los más de 300.000 del PSOE y los 709.303 de UCD. Este resultado colocó al partido como cuarta fuerza política, sin ningún escaño en el Congreso de los Diputados por esta Comunidad.
«Creía que en cuanto la gente oyera lo que proponíamos; cuando supieran que defendíamos los derechos de los trabajadores y una sociedad más justa recibiríamos el apoyo de toda la sociedad», señala.

Pero las urnas contestaron con un revés histórico. «Comprendí que es más complejo», apunta De Tapia, a lo que el vallisoletano César de Prada añade que «hubo mucho miedo y desconfianza hacia el PCE».
Esta es una de las conclusiones más extendidas entre quienes llevaban las riendas del Partido Comunista en los distintos territorios de Castilla y León aquel 1977.

«Fueron muchos años de propaganda del Régimen diciendo que lo comunistas éramos lo peor. Eso no favorecía», coinciden varios ex líderes de la formación. Serafín de Tapia ironiza con cierta lástima sobre ello: «Había temor a que le quitáramos las vacas a los campesinos, cuando siempre defendimos el campo, o a que obligáramos a la gente a cantar la Internacional».
En el mismo sentido se pronuncia otro histórico. Víctor Bayón apostilla desde León que «la gente se asustó un poco y no estaba preparada para el cambio».

Serafín de Tapia alude a otro posible factor para el estrepitoso chasco. «En Ávila, por ejemplo, no nos conocía nadie y erramos al no promocionar los rostros, como sí hizo el PSOE con Felipe González».
A los nombres propios, pero en otra dirección, atribuye parte de la responsabilidad de aquel «batacazo» electoral el soriano Luis Castro. «La oferta del PCE en las candidaturas era de gente de cuando la guerra y la posguerra, líderes vinculados a la época republicana y a la guerra». Cita al propio Carrillo, a Marcelino Camacho, Marcos Ana...

Está convencido de que la gente quiso alejarse de ello. «Tuvieron una actitud conservadora, de moderación y votar al PCE era, para muchos, más radical. Tuvieron miedo de que pudiera generar conflicto».
Tan sólo dos meses después de la conquista de la legalización, llegó esa primera «decepción». «En Democracia no conseguimos el papel que tenía antes», lamenta Javier Fernández, de aquella en el comité ejecutivo de Valladolid y después ocupó la secretaría autonómica de CCOO.
Años después, algunos, como Martínez de Paz, César de Prada o el propio Javier Fernández, se desvincularon del partido y otros, en cambio, se jubilaron en él.

Pero pese a las diferencias posteriores sobre el devenir el PCE y a no conseguir en esos primeros comicios convertir sus años de lucha en votos, común a todos es el convencimiento de lo «imprescindible» que fue su existencia en los cuarenta años de dictadura. «Era ‘el partido’. La principal fuerza de oposición al Franquismo. Vimos cómo el PSOE, que era minoritario en las luchas y había estado inmóvil, nos pasaba por delante. Pero nadie podrá decir que no luchamos por la libertad con todo lo que pudimos».

Lo hicieron, y eso se tradujo, como relata Ángel Martínez de Paz, «en años duros y difíciles, a unos costes humanos muy importantes»

 

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