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EL SIGLO DE UMBRAL

Estreno al relente

Antes de publicar su primer artículo en Valladolid (el 21 de marzo de 1957), Francisco Umbral ya había publicado una veintena de textos literarios en León, desde 1954 a 1956, repartidos entre el diario Proa y la revista Arco. En ese primer grupo de colaboraciones, firmadas todavía como Francisco Pérez y a veces FP, hay artículos, poemas, el cuento Un hombre de mundo (rescatado en 1977 como Mapamundi) e incluso una entrevista con el entonces pujante Marino Gómez Santos (1930), secretario de César González Ruano (1903-1965).

ERNESTO ESCAPA ERNESTO ESCAPA
14/04/2019

 

¡ESTOY MUY CANSADO!
Su primera colaboración, en las páginas estudiantiles de Proa dirigidas por su primo José Luis Pérez Perelétegui, fue el soneto Soñándote, dedicado a su novia María España Suárez (1936), y se publicó el 2 de abril de 1954. España era una chica zamorana, de la dehesa institucionista de Santa Eulalia de Tábara, con quien se casaría a los diez años de haberse conocido de paseo por la Acera de Recoletos. Fue su estreno como escritor: «Yo soy poeta. Es lo que me interesa».

Para entonces, un curioso e inquieto César Alonso de los Ríos (1936-2018) ha observado en una matinal lírica del Carrión vallisoletano a un tronante Paco Pérez, que repetía provocador en aquel escenario decorado con cretonas hasta veinte veces y en tonos de muy diversa entonación un único verso: «Estoy muy cansado». Un César terracampino todavía afanado entre la disciplina de las aulas y su auspicio de un marxismo acogedor: «el pelo largo en rizos y la conversación sin voz, el acento de consigna…incluso cuando estaban quedando para ir al cine, aquella visible y hasta vistosa clandestinidad». Así nos describe Umbral al periodista osornense, «inmerso en la clerecía misional camino de su celda en Carabanchel».

A César Alonso de los Ríos volvería a encontrarlo Umbral en Valladolid, donde mantuvo una polémica muy de entonces (finales de los cincuenta) con el cura Martín Descalzo (1930-1991) sobre injusticia y desorden. El Nadal de 1956 defendía la tesis de Goethe, según la cual es preferible que perviva la injusticia a que brote el desorden, y la réplica bien fundamentada de Alonso de los Ríos la aprovechó Delibes para establecer una contienda de papel. Martín Descalzo se amoscó y replegó hacia su Gaceta del Norte, donde entonces trabajaba como periodista, y el joven osornense que ya militaba en secreto en el Felipe se incorporó al Norte.

Ya mucho después (1990), lograría Umbral un Cavia por su artículo Martín Descalzo, publicado en El Mundo, donde refrescó su memoria lejana de aquellas disputas. Si el soneto dedicado a la novia abrió la brecha de sus publicaciones literarias en Proa, tres años justos antes de estrenarse con su primer artículo en El Norte de Castilla, la misma sección estudiantil del periódico leonés acogerá a continuación Un hombre de mundo, el primer cuento de un Umbral que todavía firma Francisco Pérez.

PEDIGÜEÑOS TRASHUMANTES.

Pero aquel relato primerizo lo recupera su autor, con leves arreglos, como antepenúltimo de la treintena que ilustra su antología de narrativa breve Teoría de Lola (1977). Uno de sus cuentos coloquiales, conversado entre Esteban y Epi, dos andariegos postulantes, que evocan a la sombra pinariega de un pozo con agua fresca los montes siempre verdes de León, cuyos ríos bajan helados de la montaña, y luego la riqueza del carbón. Para demorarse seguidamente por las calles «tan señoras» de Ponferrada y la feria de Cacabelos, «con el pulpo guisado y los vasos de leche». Cerrando ronda en las fiestas de La Bañeza, donde tocaba un tamborilero con úlcera de estómago, cara de cadáver, «y qué mujer tan guapa la suya».

Astorga es otra cosa: «un caserío de palacios y aquella plaza donde se reúnen los maragatos a comprar y vender». De retorno a la cabeza, León, la capital, “huele a relimpia. Buen sitio para limosnas la puerta de la catedral, tan bonita «cuando da el sol en las vidrieras». Si el ensueño ya transparenta en el horizonte la línea delicada de los montes, imaginan echar la herrada al pozo y que saliese «llena de vino». Un vino serio, «un señor vino como el que se bebe en la plaza Mayor de León», donde «te lo dan con una taza de caldito caliente…porque todo es poco para aquellos fríos».

«Dicen que León fue capital de un reino», prosiguen los ambulantes, antes de repasar los nombres de sus tabernas del Húmedo: La bodega, la Gitana, el Besugo, el Ruedo y Casa Manolo. De ahí, a Castilla, recalando en Medina del Campo, parada y fonda, antes de interrogarse por Valladolid, «ciudad un poco triste; pero buena con los necesitados», donde «el vino te lo dan aguado y el agua sucia como barro». Claro que «el pan está blanco como gloria» y «por Santa Clara andan a cuchilladas los gitanos», porque «Valladolid es de los gitanos y de los señores que están en el casino leyendo un periódico…que hacen como que leen, pero echan un sueñecito». Aunque «para dormir la siesta en Valladolid, nada como el paseo de las Moreras o los bancos del Campo Grande, que está muy fresco y van buenas criadas», donde los pavos reales «andan sueltos y nadie se los lleva. Ni siquiera los gitanos. Ya es cosa rara».

Subidos al Pisuerga, que es el río de Valladolid, los andariegos alcanzan con el Duero a Zamora «ciudad de muchas confiterías», pasando por Tordesillas, «donde sí que está bonito el Duero. Muy ancho y muy señor». Viajando como el agua de los ríos, evocan estancias remotas en Andalucía, donde vieron «una japonesita bañándose con bikini», y en Gijón, «una ciudad tristona y qué tranvías tan viejos». Quizá con la memoria pucelana de que eran los mismos tranvías retirados de Valladolid por el desgaste. También en Segovia, ciudad de «gentes antiguas y ahorradoras que dan pocas limosnas y todo lo echa uno en subir y bajar cuestas».

Camino de Madrid, donde «hay vida para todos», aunque «El Manzanares no es río para tanta ciudad. Madrid es Madrid y a la espalda de Atocha, en la calle de Santa Isabel, todavía le dan desperdicios de pollo al que va de limosneo», porque «es barrio de casquerías». Pero los pedigüeños prefieren «andar tierras y ver el mapamundi. Para eso se tienen pies. Te echas a los caminos y eres tú sólo a pedir y toda España a dar». El relato costumbrista avanza con el cañamazo de un estribillo reiterado, «ay, cuánto viaja el agua», para depositar en el lector su légamo agridulce de aventura itinerante.

EL ARCO DEL SEU.

Fuera de la sección estudiantil de Proa, al comienzo del curso 1955-56 también colabora Umbral en Arco, que es la revista del SEU leonés, fundada por Adolfo Hermida y donde su primo José Luis Pérez Perelétegui, que entonces regresa de Valladolid licenciado en derecho, actúa como redactor jefe.

En sus páginas rezumantes de literatura, aparece el artículo La mañana, que siempre fue el texto preferido por Umbral de aquellos preliminares en que todavía firmaba como Francisco Pérez. El tono literario de la revista lo imprimía el timón de Carlos Vélez (1930-2014), más adelante director en Madrid de Acento (1958-1961) y del programa de televisión Encuentros con las letras (1976-1981).

En las páginas de Arco andaban activos tanto estudiantes de Derecho como de Veterinaria, descollando entre los pecuarios el más tarde académico Demetrio Tejón (1936-1996), cuyo entusiasmo respaldó en todo momento al despliegue de iniciativas que ponía en marcha Vélez. En aquel León frío y gótico de los cincuenta, Arco publicó homenajes a Ortega, a Machado, a César Vallejo y a Federico García Lorca, junto a poemas de Celaya, de Alberti, de Crémer, de Gloria Fuertes y de Miguel Hernández. Para entenderlo, hay que situar a Carlos Vélez en su ámbito.

Porque Carlos Vélez era hijo del fundador de Proa, el médico falangista Fernando González Vélez (1900-1948). Un oculista de Santa Marina del Rey que tuvo sus momentos de gloria y desdicha a orillas del sucesor de José Antonio, Manuel Hedilla. Nombrado Jefe Provincial de Falange por el hermano de Onésimo, en mayo de 1937 alcanza una vocalía del Consejo Nacional, lo que le vale aquel mismo diciembre el título de Hijo Predilecto de la ciudad. Dionisio Ridruejo lo recuerda como «un médico de León atezado, enérgico, un poco rudo, que para mí aparecía por primera vez en la política falangista, en la que alcanzaría puestos para ser luego precipitado, del modo más gratuito, al abismo de una prisión que no duró menos que la del propio Hedilla». Vélez ya sólo saldría para ser nombrado delegado provincial de la Vieja Guardia en León, donde murió prematuramente de cáncer.

La primera vez que le vinieron mal dadas a su hijo Carlos Vélez con el programa literario de la televisión, Francisco Umbral refrescó su antiguo conocimiento en León, «como poeta social y novio de la señorita más guapa de aquella ciudad gótico floreada». Y continúa: «Vélez, que ya hacía carrera en la conquista de Madrid, pronto le pegó una puerta al SEU, cuando había que pegársela, y le pegó otra puerta a Fraga, cuando había que pegársela (primeros sesenta), dando ejemplo de honestidad maragata al personal».

El compromiso falangista de Carlos Vélez y de sus colaboradores inmediatos (entre ellos, el también leonés César Armando Gómez, más tarde secretario de Ridruejo) fue la franquicia que hizo posible la apuesta de Acento por un arte hostigado y perseguido por el régimen. No sin algunos escándalos. Porque muchos de sus colaboradores tenían ya entonces militancia comunista (Isaac Montero, Moreno Galván, López Pacheco, Ferres, López Salinas) o pasaron en la década siguiente a integrar la oposición cultural al franquismo.

En cambio, los jefes eran todos falangistas. De Manuel Fraga Iribarne, que abría los números con su prédica, al leonés Francisco Eguiagaray Bohigas (1934-1999), periodista y más tarde corresponsal en los países del Este. La primera crisis la provocó el número de 1959 en homenaje a Antonio Machado.

Entonces salió Isaac Montero, sustituido por Rafael Conte. La revista tenía el formato de la sartreana Les Temps Modernes, era mensual y llevaba un suplemento dedicado a la crítica de libros, exposiciones y estrenos, titulado Acento amarillo. Crémer y Celaya formaron parte del jurado de su premio de poesía, mientras Gamoneda colaboró con versos en sus páginas. También Blas de Otero o Caballero Bonald. De cine, escriben Luciano G. Egido y el leonés de Tremor Feliciano Fidalgo. De teatro, Monleón, Nieva y Lázaro Carreter.

En realidad, del abandono de la revista Carlos Vélez se recicló en la televisión única, como responsable de espacios dramáticos, y allí hizo guardia hasta la muerte de Franco. En la misma semana de aquel mayo de 1976 aparecieron el diario El País, la revista Historia 16 y el programa cultural Encuentros con las Artes y las Letras. «Hombre de carácter fuerte --dice de él Rafael Conte en sus memorias-, íntegro y honrado sobre todas las cosas, de orígenes falangistas ‘de izquierda’ –si es que este ambiguo concepto, que entonces era fácilmente comprensible, pudiera ser entendido ahora-, absolutamente agnóstico y laico, y completamente enamorado de la literatura y sobre todo de la poesía, que cultivaba con tesón y no sin calidad. Carlos lucía imperturbablemente en la solapa un enorme escudo de la Falange con el yugo y las flechas de hierro».

Al desaparecer la revista Acento (1961), pasó a ser funcionario, un letargo del que salió para crear y dirigir, en la segunda mitad de los setenta, «la mejor de las emisiones que Televisión Española haya nunca dedicado a la literatura a todo lo largo de su lamentable existencia: Encuentros con las letras»… Seguía volviendo a León con María Luisa, su mujer, a su refugio en la urbanización de Villadangos. Pero desde 1981 se retiró de la circulación. Vivía en Madrid, junto al Puente de los Franceses y vecino del instituto Ortega y Gasset. Escribió mucha poesía de calidad, que se mantiene inédita, mientras su hija, la novelista Lea Vélez (1970), acaba de iniciar el rescate de aquella pasión literaria en su libro La Olivetti, la espía y el loro (2017).

 

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