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EL SIGLO DE UMBRAL

Esencia de verbena

Aquella ciudad «de fanáticos caducos y adoraciones muertas», que describe el inglés Laurie Lee (1914-1997) durante su estancia en Valladolid, se dispone a vivir un cambio radical a partir de 1931, con la llegada de la república. Sus noventa mil habitantes muestran unas ansias decididas de cambiar el rumbo de su destino, que por entonces supone todavía condenar a uno de cada cuatro vallisoletanos a la marginación del analfabetismo. La política educativa del lustro republicano va a ser especialmente brillante en Valladolid, con la decidida estrategia gubernamental de construir nuevos colegios impulsada por el tirón municipal.

ERNESTO ESCAPA ERNESTO ESCAPA
10/03/2019

 

TIEMPO DE VÍSPERAS


Aquel afán educador amplió las 59 escuelas existentes en 1931, con poco más de tres mil niños escolarizados, hasta las 127 de dos años después, que ya impartían educación a seis mil quinientos escolares. Y el empeño municipal (reconocido como ejemplar por el gobierno conservador de Lerroux en 1934) todavía aspiraba a construir otras 71 escuelas, con las que dar estudios a diez mil niños. Aquellos colegios, tan presentes todavía en el paisaje urbano de Valladolid (a pesar de su bautizo franquista con nombres a veces inadecuados), los diseñó en su mayoría el arquitecto Joaquín Muro Antón (1892-1980), integrado desde 1920 en la Oficina Técnica de Construcción de Escuelas por el Estado. También firmó Muro las escuelas de Tiedra (1929) y el instituto Alfonso VI de Olmedo, concluido en 1950. 


Pero la ciudad no sólo despertó en su afán educativo, sino adaptando espacios de convivencia a las necesidades de sus habitantes. En aquellos años se crean los jardines infantiles de Tenerías y de San Andrés, además de la estancia de recreo más holgada de Poniente (1933), que cuenta con equipamiento de toboganes, columpios y biblioteca infantil, incorporando dos años más tarde (1935) los muñecos coloreados que representan a personajes infantiles famosos en la fantil y los muñecos coloreados antiles cococidos en la o de toboganes, columpios, biblioteca infantil y los muñecos coloreados época: Pipo y Pipa, Pichi y Pinocho, obra todos ellos del escultor Alejandro Conde. También estrena Valladolid su primera piscina pública Samoa (1935), en el paseo fluvial de las Moreras, a la vez que remodela los interiores del Campo Grande con el palomar racionalista del arquitecto Jacobo Romero y el monumento al poeta Gaspar Núñez de Arce (1832-1903) en su centenario, obra del escultor segoviano Emiliano Barral, que se inaugura el 20 de septiembre, durante las fiestas de Valladolid. La sosegada quietud musical de este monumento vino a contrastar con la imaginería urbana precedente, prácticamente en su totalidad asociada al costumbrismo realista finisecular. 


En esa órbita se integra el Monumento a los Héroes de Alcántara (1931), situado ante la Academia de Caballería. Aunque en este caso dotado de mayor destreza y relevancia estética, como corresponde a Benlliure, respecto a la estatuaria vulgar y practicona de Carretero (Zorrilla y conde Ansúrez) y Oliva (Cervantes). Semejante orfandad estética urbana hace más dolorosa la pérdida del monumento al dramaturgo y poeta vallisoletano Leopoldo Cano (1844-1934), quien falleció ya longevo como académico y general de división. El concurso nacional para perpetuar su memoria se convocó con el pie forzado de su poesía La frontera: un canto a la fraternidad y al amor por encima de las diferencias nacionales, creadas artificialmente por el ser humano. Aquel jurado lo formaron los arquitectos Agapito y Revilla y Candeira con el pintor García Lesmes, eligiendo por unanimidad el proyecto de Emiliano Barral, que fue inaugurado en abril de 1935 en los jardines de la plaza de la Libertad, junto al mercado cubierto de Portugalete. 


Sin embargo, aquel Valladolid cicatero y caduco descrito por el inglés Laurie enseguida la tomó con el monumento, que mostraba a una matrona clásica arropando las figuras de tres niños desnudos, «hijos distintos, pero unidos bajo el manto de la misma madre». El clima revuelto y convulso de la ciudad interpretó a la matrona como representación de la república e incluso de la tercera internacional, sometiendo su figura a frecuentes maltratos. Así que ya en aquel septiembre de 1935 el municipio ofreció a Barral encabezar el monumento con un busto convencional y trasladar el conjunto a un emplazamiento discreto del Campo Grande. La mudanza obligaba al escultor a retocar y reubicar a sus expensas el monumento, así que se plantó. Entonces la espesa municipalidad le rescindió el contrato y retiró el monumento a sus almacenes. 


Pero la mala conciencia no permitió prolongar la siesta de los sabuesos y en junio de 1936 la comisión de gobierno acordó situar el monumento a la Frontera en la plaza de la Trinidad, frente al hospicio actualmente convertido en biblioteca. Allí estuvo hasta el incendio de la guerra, que provocó su derribo y destrucción. Años más tarde, apareció parte el basamento, que había sobrevivido como banco de la plaza, y según Cano Gardoqui, el profesor Martín González llegó a localizar el torso de la matrona como ornamento del Carmen Extramuros, que lo cedió al museo de Escultura. El insípido busto de Leopoldo Cano presente en el Campo Grande desde 1935 es obra del cartelista Cheché, llamado Juan José Moreno Llebra (1900-1954). 


Lo que nunca perdió aquel Valladolid de las primeras décadas del siglo, hasta el hachazo de la guerra que vino a descabalar su convivencia, fue la capacidad de convocatoria para ir incorporando a su censo invitados de todas las procedencias. A veces, pasajeros, como los estudiantes que llegaban a cursar la carrera en la universidad y terminaban implicándose en su vida cultural. De esa procedencia fue el malagueño Fernando Lapi (1891-1961), que llegó en 1908 para hacer la carrera desde su empleo bancario y aquel mismo año fundó la singular revista Éxodo, de ensayo y literatura, tan descollante por su amplitud de convocatoria como por la función embrionaria respecto a proyectos sucesivos pilotados por Narciso Alonso Cortés (1875-1973), como Ateneo (1914) y Revista castellana (1919). En estas publicaciones participa Lapi para revelarse como mejor articulista que poeta, aunque ostentando siempre un oído muy atento a las influencias. 

Así que enseguida supo acercarse a Jorge Guillén, con quien colabora en la adaptación teatral de El asalto, de Berstein, en 1917. Jorge Guillén es entonces una de las referencias incipientes de las letras locales, como el añoso don Narciso, los hermanos Cossío, el padre de Jorge Semprún (José María Semprún Gurrea) o el todavía estudiante de Medicina Pedro Mourlane Michelena (1885-1955), que será el bautizo franquista carpetovetónico interpelante de Jacinto Miquelarena (1891-1962) con su emblemático ¡Qué país, Miquelarena, qué país!

La tutela de Guillén y José María de Cossío (1892-1977) orientó y sostuvo el vuelo de la triple aventura vanguardista de Meseta (1928-29), DDooss (1931) y A la nueva ventura (1934), protagonizada en Valladolid por Francisco Pino y José María Luelmo. Todos ellos y el tropel de colaboradores que movieron dan acogida a quien asoma ya letraherido a la ciudad, como es el caso de Alejandro Urrutia, que se convertirá en padre ignoto (hasta su desvelo el 20 de febrero de 2015, por el periodista Manuel Jabois, siguiendo el dictado de su nieto catedrático Jorge Urrutia) de Francisco Umbral. Alejandro Urrutia llegó a Valladolid desde Córdoba en 1919, huyendo del infortunio económico y guiado por la familia de su mujer, Vicenta de Luis, cuyo padre farmacéutico tenía unos laboratorios en la ciudad. Pero el cordobés, que ya había acreditado su escasa fiabilidad como director bancario de la sucursal del Hispanoamericano a orillas del Guadalquivir, conseguiría arruinar los laboratorios del suegro antes de salir huyendo en 1935 con la familia para Madrid. 

Eso sí, Alejandro Urrutia aprovechó su estancia de dieciséis años en Valladolid para publicar un par de malos libros de versos y fatigar la prensa local con profusión de artículos más peñazos que luminosos. Puede ser un ejemplo bien expresivo de su índole el que titula Pobreza de ideas, publicado el 3 de diciembre de 1933, y que a mí me tentó por comprobar si guardaba alguna relación, acaso sancionadora, con la estupenda revista quincenal Ideas, puesta en marcha por Aurelio Cuadrado, Lapi, Cortejoso o Allué y magníficamente ilustrada por Cheché. Pero nada de eso, sino un indigesto pestiño adobado con la tabarra grandilocuente de vacías reiteraciones. Evidentemente, la mejor literatura de Alejandro Urrutia la hicieron sus descendientes: el poeta Leopoldo de Luis (1918-2005), el escritor Francisco Umbral (1932-2007), el hijo de Leopoldo (Jorge Urrutia, 1945, catedrático de la Carlos III y poeta) y su nieta María Teresa Gallego Urrutia (1943), catedrática de francés y dos veces premio Nacional de Traducción, en 1977 y en 2008. 

María Teresa es hija del poeta vallisoletano José Luis Gallego (1913-1980), que estuvo veinte años preso en el penal de Burgos (1939-1960), y de la hija mayor de Alejandro Urrutia. Max Aub recoge en sus diarios las once palizas propinadas al poeta José Luis Gallego (que ya estaba medio ciego) para que delatara a sus cómplices clandestinos: «Cada una más feroz que la anterior. Las resistió. Entonces trajeron a su mujer, embarazada de siete meses. La desnudaron. La tumbaron en la celda, a mis pies. Y me dijeron: Si no hablas, la pateamos hasta morir». El poeta Jaime Gil de Biedma le dedica su estremecedor poema En el castillo de Luna, evocador de su «mina de amargura» con los presidios de Bernardo del Carpio. 

Durante la feria del libro de 1998 apareció el último volumen (Espejo roto y espejuelos) de memorias de la escritora falangista Mercedes Formica (1913-2202), que dedica un capítulo a la madre de Umbral. El gancho de aquel libro (editado por Huerga y Fierro) fue la pegatina que cubría el nombre de la autora, haciendo sospechar el canje involuntario en su apellido de la m por una n. Para entonces, Formica era vecina de Umbral en Majadahonda, adonde se había trasladado a vivir con su segundo marido, sucesor de Areilza en la alcaldía de Bilbao. Umbral facilitó a Formica dos fotografías de su madre, una suya en Laguna de Duero y otra del castillo de Coyanza junto a un breve y mal poema (Rosales marchitos / que perdisteis las flores / rosales podridos/ que vivís padeciendo), la información convenientemente trucada de su infancia y la joya inesperada de un relato materno (Paquito), que justificaba por sí solo el gasto de la compra del librejo. 

Antes de ingresar como funcionaria en el municipio vallisoletano, el 15 de abril de 1933, Ana María Pérez Martínez había trabajado en el laboratorio del suegro de Alejandro Urrutia, como secretaria suya, y luego fugazmente en la sucursal de AEG. Con su primer sueldo en el laboratorio se compró el vestido de lanilla gris con el que aparece en una de aquellas fotografías. Y allí quedó también embarazada de Paquito, a quien fue a dar a luz a la inclusa de Madrid en mayo de 1932. El año que las Cortes republicanas aprobaron la ley de divorcio. Pero aquel perillán cordobés prefirió mirar para otro lado y llamarse andana, dejando a la madre la responsabilidad de sacar ella sola el niño adelante.

 

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