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«En 107 años de vida, nunca me ha faltado nada»

Bernarda Gallego, una de las mujeres más longevas de la provincia, considera que seguir celebrando su cumpleaños es cosa del destino

ELSA ORTIZ / VALLADOLID
14/01/2018

 

Con la mirada fija en las velas que está a punto de soplar, Bernarda Gallego se retrotrae a su infancia de la mano de aquella niña de unos cuatro años ensimismada ante el ruido de una carraca que le fabricó su padre.

Aquel sonido estridente que le sumió en un profundo sueño dibuja hoy solo una de las primeras pinceladas de una historia que comenzó un 14 de enero de 1911 en la localidad soriana de Espejón de la Sierra, dentro de una familia donde la longevidad siempre se ha propuesto salir victoriosa en el pulso de la vida. Con un tesón implacable, Bernarda asegura no esconder un as en la manga y atribuye al destino que pueda celebrar su 107 cumpleaños. «He vivido muchas cosas pero no lo he pasado mal y nunca me ha faltado nada», asegura con humildad.

Las candentes llamas que esperan ser apagadas de un soplido bloquean el rescate de las vivencias guardadas sobre las tres contiendas que carga a sus espaldas. Solo un momento permanece intacto en su memoria, ese en el que su marido, su compañero de andanzas, «se quedó a las puertas y no tuvo que lidiar la guerra», recuerda con un tembloroso hilo de voz.

De la mano de Vicente, aquel con quien decidió compartir la mitad de su vida, «rompió los esquemas de la época siendo una mujer moderna y emprendedora», asegura con orgullo su hija Lucía. Y es que aprovechaba los viajes en los que él recorría la provincia cumpliendo con su trabajo para revender pescado que con este propósito compraba.

Cuando esta labor finalizaba, demostraba su «afán por permanecer activa» convirtiéndose en una profesora muy particular. «Todo lo que sabemos, de números y de letras, sumar y leer, nos lo enseñó ella», reconoce Lucía.

Los mejores recuerdos de sus 107 años Bernarda los liga, sin dudarlo ni un segundo, a su marido. Por ello, su ausencia responde al trance más complicado al que tuvo que hacer frente. «Cuando murió, empezó una verdadera lucha para seguir adelante», confiesa emocionada.

Vivir épocas completamente dispares permiten, a una de las mujeres, más longevas de la provincia hacer una comparativa en el tiempo. «Si tengo que elegir, me quedo con la sociedad de ahora porque creo que todo es más fácil. Antes, tener trabajo era un privilegio en el que la gente se esforzaba para llegar a la mesa y no tener ni siquiera un mendrugo de pan que llevarse a la boca».

A pesar de plantear diferencias que se antojan odiosas, reconoce que los pequeños detalles se han perdido por el camino puesto que «ya no se le da valor a las cosas más sencillas» como quedar a tomar un café como excusa para charlar o jugar una partida a las cartas. «Se están descuidando las tradiciones», advirtió como voz de la experiencia.

Como abuela y bisabuela que es, Bernarda aconseja a los que la rodean que «disfruten de la vida» pero siempre «dando de lado a la ingenuidad para que no se dejen engañar por cualquiera». Y es que, a su juicio, las mentiras corrompen unos tiempos que corren «a peor, porque llegará el momento en el que la avaricia rompa el saco».

Antes de soplar las velas y sin creer en supersticiones, desvela su deseo para el nuevo año que acaba de cumplir. Un deseo que formula sin pensar en ella, en beneficio de los suyos, «para que se arreglen las cosas y a mi familia no le falte de nada».

Bernarda, que desde hace tres años vive en una residencia en el municipio vallisoletano de Valoria la Buena, es una de los diecisiete castellanos y leoneses que superan los 106 años de edad.

Una cifra que no hace justicia a la vitalidad que aun regala en forma poesías y canciones, como un resquicio de todas aquellas jotas que interpretó. De hecho insiste en que ella sabe «cantar, bailar y tocar la pandereta; y el que se case conmigo, tendrá música completa», como reza uno de sus refranes favoritos.

Labrarse el día a día del centenar que componen su vida permite a Bernarda recoger ahora sus frutos, pues es querida por todo aquel que se deja embaucar por sus cánticos y poemas.

 

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