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UN HOMBRE | UN MUSEO - Manuel Arias

«El Nacional de Escultura es una de las páginas más brillantes de nuestra historia común»

JAVIER PÉREZ ANDRÉS / VALLADOLID
05/08/2017

 

Doctor en Historia del Arte y especialista en la escultura del siglo XVI. Natural de Astorga, Manuel Arias es conservador y subdirector del Museo Nacional de Escultura. Es el comisario de una exposición temporal sobre Alonso Berruguete, escultor del que es uno de los mayores especialistas.

Pregunta.- ¿Los de Astorga son maragatos?

Respuesta.- Aunque Astorga es cabeza de comarca, la Maragatería tiene una identidad muy potente. En el reloj del Ayuntamiento y en el ábside de la Catedral los maragatos son protagonistas. Somos astorganos… y maragatos.

P.- Lleva un cuarto de siglo en el Museo Nacional de Escultura…

R.- El museo ha ido parejo a los tiempos. Ha aumentado su colección, sus espacios, sus recursos y sus objetivos. Para un historiador del arte, trabajar en un museo como este es una suerte.

P.- ¿Es único en su género?

R.- No cabe duda. Fue un acierto darle el título monográfico de Escultura cuando se refunda en 1933. Poder recorrer la historia de nuestra escultura desde la Edad Media al siglo XVIII es un paseo singular y maravilloso.

P.- ¿De quién es el Nacional de Escultura?

R.- Es nacional, por lo tanto es de todos. También es una de las páginas más brillantes de nuestra historia común. Es una suerte que esté aquí.

P.- Mientras que el Museo del Prado es la gran pinacoteca nacional, en Valladolid está el mejor museo dedicado a la escultura. Sin complejos, ¿son igual de importantes?

R.- El Prado es el Prado y entre los museos no es buena la competencia, sino la colaboración, como acabamos de hacer con la exposición de Berruguete.

P.- ¿En Castilla y León nos identificamos con el Nacional de Escultura?

R.- Quiero pensar que sí, pero a lo mejor no lo suficiente.

P.- Dígame algunas obras que pudieran ser nuestras ‘giocondas’.

R.- Por fortuna, muchas. El Entierro de Juan de Juni es un grupo imprescindible, pero la Magdalena de Pedro de Mena o el Yacente de Gregorio Fernández nos ponen delante del sentimiento más hondo del Barroco español. Eso, por no hablar de Berruguete.

P.- ¿Qué tiene de especial la escultura policromada de los siglos XVI y XVII?

R.- Es un producto netamente hispánico y alcanzó cotas de una calidad de gran altura buscando el verismo. Se convirtió en un precioso instrumento de persuasión.

P.- ¿Por qué aguantan tanto las tallas y su policromía?

R.- Eran obras para la eternidad. Su objetivo era que guardaran la memoria de lo sagrado y el proceso técnico comenzaba con el corte de la madera en buena luna, que evitaba las variaciones posteriores y hasta los ataques de xilófagos. A ello se añadía la policromía, con materiales tan ricos como el oro.

P.- ¿Los Berruguete son para el verano?

R.- Son para cualquier época del año. Su catálogo es una prueba inmejorable de la calidad que alcanzó el arte español desde finales del siglo XV.

P.- Hasta noviembre, la muestra ‘Hijo del Laocoonte’. ¿Un motivo más para ver el Nacional de Escultura?

R.- Quizás para verlo de otro modo. Los museos tienen que usarse y hay que ir muchas veces a visitarlos con miradas distintas.

P.- ¿Qué se sabe del cuaderno de viaje de Alonso Berruguete en Italia?

R.- Lo conocemos por sus obras. La huella que dejó aquel mundo tan rico, en el que la vanguardia bebía en la Antigüedad, fue definitiva para su trabajo posterior. Volvió lleno de apuntes y de modelos bullendo en su cabeza.

P.- ¿Qué se le dio mejor? ¿La talla, la sillería, las imágenes o los rostros?

R.- Berruguete fue un artista total. Con la base del dibujo, a la italiana, fue capaz de manejar todos los registros con una personalidad inconfundible.

P.- ¿Cómo se entiende hoy que un tipo de Paredes de Nava viaje a Italia en el siglo XVI, tome notas y regrese abriendo la puerta al Renacimiento en su tierra?

R.- La circulación de artistas en esa época era impresionante y esa necesidad de ir a beber a las fuentes proporcionó una dimensión muy rica a figuras como Alonso Berruguete.

P.- ¿Por qué dice que es uno de los nuestros?

R.- Por nacimiento y por trayectoria. Berruguete quiso vivir aquí. Construyó su casa frente a San Benito, en Valladolid, y terminó adquiriendo el señorío de Ventosa de la Cuesta. Trabajó en muchos lugares y murió en Toledo, pero aquí estaba su morada.

P.- ¿Usted es más de escultores o de imagineros?

R.- De escultores. Es cierto que la terminología está en la documentación histórica. Fueron imagineros o imaginarios, porque hacían imágenes, pero el objetivo era ser escultores, ascender en la consideración de una profesión que era la misma de Miguel Ángel o Donatello.
P.- ¿Cómo lleva que en Semana Santa hagan novillos algunas obras del museo y salgan de procesión?
R.- Con responsabilidad. La escultura procesional es una de las joyas del museo y hay que cuidarla con esmero para pasar el testigo y evitar deterioros. Son piezas únicas que cumplen con la función para la que nacieron, pero sin correr riesgos.
P.- ¿El Nacional de Escultura es ‘marca España’?
R.- Y una de las mejores. Aquí se concentra uno de los productos más exquisitos que nuestra cultura ha sido capaz de crear. Y eso hay que contarlo.

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