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Decepción en el mano a mano convertido en concurso de ganaderías

Pablo Aguado, que sublimó por momentos el toreo, obtuvo un apéndice, mientras que Morante de la Puebla, errático, abandonó el coso entre protestas de los aficionados

CÉSAR MATA / VALLADOLID
11/09/2019

 

El mano a mano previsto se trocó en un concurso de ganaderías. Novación contractual. Dos toreros para tres ganaderías; Morante de la Puebla y Pablo Aguado frente a toros de Juan Pedro Domecq, el hierro anunciado, Jandilla y Domingo Hernández. Al parecer la mayoría de los juampedros desembarcados en los corrales días atrás no llegaban a esa cláusula suelo del mínimo trapío. Sabedores del listón poco exigente del coso neomudéjar del paseo de Zorrilla, en verdad debían andar lejos del estándar de un cuatreño para plaza de segunda.

Como si el viento, enemigo constante durante toda la corrida, lo hubiera desubicado, Morante se mostró errático. Entre el desapego y la ansiedad. Desalentador el espíritu del sevillano por la arena. Entre lances frustrados y muletazos en grado de tentativa transcurrió la instrucción de sus faenas. En alguna ocasión, como ante su primero, por la falta de fuerzas de su oponente, un Juan Pedro muy poco armado, menos aún atlético y sin raza. El de La Puebla le ponía la muleta para trazar semimuletazos. Lo de menos fue el aviso, lo peor era la sensación de vacío.   

Tampoco en los tendidos, muy lejanos al lleno, quizá tres cuartos, se palpaba una emoción especial. Lo único que sí se confirmaba es que la mayoría de los espectadores estaban sugestionados con Morante, a la espera de un mínimo atisbo para proferir un olé, aunque el lance no se perfeccionara. Con Pablo Aguado era diferente.

Así, ante su primer oponente, el segundo del lote del hierro anunciado, dibujó un puñado de verónicas que de haber surgido de las muñecas de Morante la explosión de júbilo se hubiera multiplicado de modo exponencial. Fueron lances puros, en los que embarcó la embestida con temple y cadencia excelentes. Un proverbial uso del capote que, por cierto, reiteró ante el sexto, del hierro de Domingo Hernández.

El segundo de la tarde fue un buen toro, quizá notable, aunque condicionado por la falta de facultades. Aguado mostró elegancia, clase, torería y ganas de gustar y gustarse. Al natural facturó dos tandas excelentes, primorosas. Como quiera que hizo un uso incorrecto del acero recibió como premio una rotunda ovación que agradeció desde el tercio. Peores faenas y con más pinchazos se han visto premiadas en esta plaza, si bien hay que reconocer que nadie solicitó trofeo alguno. El nombre pesa…

Tercer y cuarto toro pertenecieron al hierro de Jandilla. Tras el fugaz arrebato capotero de Morante, frente a un toro sin definir y ayuno de fuerza, la faena navegó en un mar de dudas. Decidió cortar por lo sano el coletudo, y así el naufragio aconteció cerca de la orilla. No había que ahogarse. Aún quedaba el quinto.

Temperamento, con gotas de genio, y con personalidad enrazada. Así fue el segundo de Pablo Aguado, al que le sobra elegancia y le falta capacidad de dominio, mando, para poder a los toros. Pese a todo, su buen tacto con las telas, eso que llaman temple, le permitió ahormar la embestida del jandilla y construir una faena de trazo equilibrado.

Violento al natural, más suave por la derecha, la muleta de Aguado desprendía gusto en su manejo, y las embestidas transmitían la emoción de un animal con poder. Tras doblarse con firmeza, lo cuadró y enterró una estocada algo trasera, tras aviso. Ahora sí hubo petición mayoritaria de unos tendidos que supieron entender la tarea consumada del diestro, que circunvaló el ruedo con un apéndice del astado.

Por cierto, el matador de toros en funciones de banderillero, Iván Vicente, fue ovacionado con los palos, y lo sería por la brega ante el sexto. Una demostración de eficacia, torería y buen hacer.

Con el quinto a Morante le esperaba el pago de las arras penitenciales tras la resolución unilateral de su anterior faena. El alto y montado toro de Garcigrande, abueyado, de feas hechuras y cuerna acapachada, se declaró prófugo de la bravura en su primera declaración ante el capote. Convicto y confeso de su mansedumbre, se dedicó a recorrer querencias y varilargueros, del de turno al de puerta, y a poner en aprietos a los rehileteros.

Entre coz y coz Morante hizo como que lo intentaba, aunque con la muleta ya llevaba el estoque de verdad, no el simulado. Lo único simulado fue la intención de crear, de construir. Nada de nada. Bronca.

El sexto, también de Domingo Hernández fue un manso quizá encastado, quizá simplemente manso. No impidió tal condición que recordara Aguado a Belmonte en un racimo de verónicas reunidas y profundas. Un volteretón ante la embestida incierta del animal estuvo a punto de hacer concluir la faena de modo precipitado, pero el diestro se repuso. Después, pues intermitencia y falta de ritmo. Pudo tocar pelo, pero pinchó.

 

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