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V CENTENARIO DE LAS CORTES DE VALLADOLID (1518)

Las Cortes de la Corona partida

Hace cinco siglos Valladolid fue el lugar elegido para la proclamación de Carlos I como rey de Castilla frente a otras ciudades como Burgos, azotada por la peste. El primer encuentro entre el Archiduque con la sociedad castellana supuso la confirmación de la dinastía de los Austrias y el embrión de la Guerra de las Comunidades

HENAR MARTÍN / VALLADOLID
10/03/2018

 

Fue el primer encuentro entre el Archiduque Carlos con la sociedad castellana representada en las Cortes. Tuvo lugar el 7 de febrero de 1518, meses después de su desembarco a Castilla en septiembre de 1517. El escenario, la iglesia de San Pablo, fue elegido entre otros motivos, por ser una de las iglesias más espaciosas de Valladolid, además de estar en manos de la orden dominica que gozaba de mucho poder en aquel momento y estar ubicada en un emplazamiento próximo al Palacio de los Condes de Rivadavia, actual Palacio de Pimentel, casa que sirvió de hospedaje durante las múltiples estancias de las que disfrutó en la villa durante su reinado Carlos I. Junto a ello se unía el hecho de que Burgos sufría el azote de la peste en aquellos momentos, lo que provocó que la decisión recayera finalmente en la villa del Pisuerga.

La ciudad gozaba por aquel entonces de un momento de esplendor, representando una de las regiones más ricas de la cristiandad (tal y como se le conocía en aquel momento al actual concepto de Europa). Tanto es así que casi la tercera parte de la población española vivía en el valle del Duero a finales del siglo XV y principios del XVI. Para hacerse una idea de las cifras demográficas que se manejaban en aquella época, Valladolid contaba con una población cercana a los 20.000 habitantes, mientras que en Bilbao apenas llegaban a 5.000 o la ciudad Barcelona tenía censados alrededor de 35.000.

«En Castilla había una red urbana muy densa, con Burgos, Segovia y Medina del Campo como núcleos importantes, comparable a los Países Bajos o el norte de Italia e incluso, por encima del Inglaterra o Francia», recuerda Hilario Casado, catedrático de Historia e Instituciones Económicas en la Universidad de Valladolid que asegura que «era una Corona con un nivel relativo de alfabetización para la época». El profesor de la Facultad de Comercio sostiene que «la Corona de Castilla en los siglos XV y XVI fue también, una tierra de emprendedores comerciantes y empresarios industriales, que con su espíritu de iniciativa generaron un fuerte crecimiento económico y contribuyeron a la construcción europea».
«Se trataba de una convocatoria de Cortes en la que todo estaba abierto porque había muchas tensiones sociales, políticas y dinásticas», explica Carlos José Hernando Sánchez, profesor titular de Historia Moderna de la Universidad de Valladolid.

Días antes de la ceremonia solemne de la jura, se celebraron reuniones previas que se prolongaron a lo largo del mes de enero en las que se negociaron las condiciones para que fuera proclamado rey, analizar la situación interna del reino y buscar soluciones a los conflictos que la política partidista de los flamencos había ocasionado. Para entender la situación hay que remontarse a agosto de 1516, dos años antes de la proclamación como rey de Carlos I. La corte de Flandes estaba dominada por una facción pro-francesa dirigida por Guillermo de Croy, señor de Chiévres, báculo del futuro Emperador durante los primeros años, que derivó en la firma con Francia del conocido como Tratado de Noyon por el cual el joven rey reconocía prerrogativas al rey Francisco I de Francia, lo que generó una situación de tensión frente a los intereses comerciales, diplomáticos y dinásticos que representaba la tradición castellana personificada en Fernando de Aragón e Isabel de Castilla. «Era una espada de Damocles sobre los intereses castellanos. Las Cortes de Valladolid no entraron en ese tema porque era muy delicado pero intentaron a cambio realizar concesiones del rey no solo en el plano del gobierno interior sino comprometiéndose a revisar o negociar los acuerdos de Noyon», argumenta Carlos José Hernando Sánchez.

El doctor Zúmel, procurador por Burgos, jugó un papel muy importante en esa inicial oposición a la corte flamenca de don Carlos. El principal punto de conflicto entre los procuradores y los representantes del monarca radicaba en la petición que hacían aquellos de no dar oficios a los extranjeros.

Las desavenencias se manifestaron abiertamente en contra de la política seguida por el monarca y sus ministros flamencos, calificándola de «claro menosprecio y postergación de los naturales de estos reinos». Muchos de los procuradores presentes y gran parte de la nobleza se solidarizaron con la postura de los descontentos. Finalmente, en estas Cortes se consiguió que Carlos I jurase 74 peticiones; entre ellas, respetar las leyes de Castilla, vivir dentro de su territorio, desposeer a muchos nobles flamencos de sus puestos y que, en lo sucesivo, los nombramientos recayesen exclusivamente en españoles, además de la obligación por su parte de aprender a hablar y leer la lengua castellana. A cambio de este juramento recibió una concesión de 600.000 ducados, un servicio especial a distribuir y cobrar en los tres primeros años.

Sin embargo, se trataba más bien de una «declaración de intenciones» como se demostró más tarde: «Al final ni Fernando permaneció en el reino hasta el nacimiento del heredero, ni se reservó el acceso a ciertos beneficios y dignidades a los castellanos», tal y como explica Jesús F. Pascual Molina en su libro Fiesta y poder. La Corte en Valladolid (1502-1559).

Los inicios del que aspiraba a convertirse en el sucesor dinástico de los territorios heredados por su madre Juana I de Castilla no fueron por tanto nada fáciles. Desde el fallecimiento de su abuela Isabel la Católica en Medina del Campo en 1504, el reino de Castilla vivía momentos muy convulsos con periodos de regencia por parte del Cardenal Cisneros y el rey Fernando el Católico. Dos meses después de la muerte del monarca aragonés en 1516, el nieto de los reyes Católicos fue proclamado rey en Bruselas durante las exequias de Fernando el Católico; una proclamación un tanto irregular que levantó recelos. «Las Cortes de Valladolid intentaron encauzar esa situación, legalizarla y darle el reconocimiento a Carlos de Austria», argumenta Carlos José Hernando Sánchez.

Cinco siglos después de la conmemoración de las primeras Cortes de Valladolid en la iglesia de San Pablo, se recuerdan las tensiones políticas, sociales y dinásticas que rodearon esa reunión. Educado en la corte borgoñona, Carlos I de Flandes representaba el iniciador de facto de una nueva dinastía, algo que no era recibido con agrado desde diferentes sectores de la nobleza castellana y eclesiásticos que veían más favorable para los intereses de la corona castellana que su hermano, el infante Fernando, nacido en Alcalá de Henares en 1503 y educado junto a su abuelo, fuera el sucesor.

«Carlos tenía en sus inicios un estilo de gobierno o forma de reinar patrimonial muy distinta a la que estaban acostumbrados en Castilla desde épocas anteriores a los Reyes Católicos, algo de lo que le intentó advertir el Cardenal Cisneros sin que lograra hacerlo ya que falleció dos meses después de la llegada del príncipe heredero a España sin que lograra encontrarse con él; supone por tanto un choque y una contraposición con la forma de gobernar en Castilla», explica Carlos Belloso, doctor en Historia y profesor en la Universidad Europea Miguel de Cervantes de Valladolid para quien las Cortes de Valladolid representan «un intento de que acepte los usos y costumbres castellanos».

CEREMONIA REGIA
Según expone Jesús F. Pascual Molina en su libro Fiesta y poder. La Corte en Valladolid (1502-1559), el 7 de febrero a las nueve de la mañana el príncipe recibió en su palacio la visita de los grandes, todos lujosamente ataviados, que le acompañaron hasta la iglesia de San Pablo. La pequeña distancia entre ambos lugares fue cubierta por el rey a caballo junto con los grandes. El conde de Oropesa, delante de él, portaba la espada, símbolo de la justicia. El condestable de Castilla, el conde de Benavente y el duque de Alba sujetaban las riendas del caballo.

Tal y como narran las crónicas de Laurent Vital, el recorrido del monarca resultó complicado ya que «llovía, nevaba y hacía muy mal tiempo» tanto es así que «llegábales a menudo el fango hasta los tobillos». Sin embargo esto no deslució el desfile de grandes, nobles y prelados, todos lujosamente vestidos.

La reunión de la asamblea estuvo presidida por el marqués de Gattinara y el doctor burgalés Pedro Ruiz de la Mota, obispo de Badajoz.

Tras la misa oficiada por el cardenal de Tortosa, Adriano de Utrech, Carlos se sentó en un sillón en el centro del altar mayor, delante de una grada de 12 peldaños. Detrás quedó el Cardenal con el libros de los Santos Evangelios y una cruz.

El secretario de las Cortes, García de Padilla, dio lectura a las 74 peticiones que debería jurar el infante. Según las mismas fuentes juró el Rey enojado. Una tensión que se palpó en el ambiente. De hecho el Obispo Mota notificó a los procuradores que no habían jurado fuesen a jurar, so pena de perdimiento de sus oficios y bienes. Al procurador de Salamanca Antonio de Fonseca que andaba reacio, obligaron a jurar conminándolo con severo castigo si no lo hiciese.

«Es el embrión de lo que hoy conocemos como España porque las Coronas de Castilla y Aragón permanecieron unidas y en su lugar se podía haber optado en aquel momento por haber dividido los territorios», explica Hilario Casado.

En grandes líneas, algunos expertos concluyen que las Cortes de Valladolid «empezaron orgullosas y acabaron humildes» ya que por un lado, representaron la jura de las leyes castellanas pero en un ambiente de hostilidad ante lo que consideraban un rey extranjero; una semilla que dos años después derivará en las revueltas comuneras.

 

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