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Confidente natural

Las guerras de nuestros antepasados (1975) es una de las grandes novelas de Delibes, aunque siga siendo de las menos leídas. Y esto se debe, en primer lugar, a la ofuscada ceguera de los estudiosos y comentaristas, especialmente los académicos, para quienes acaba prevaleciendo una novelita insustancial, como El disputado voto del señor Cayo (1978). Porque Las guerras… combina la audacia formal de una estructura narrativa que tensa los esquemas del canon decimonónico para dar curso y albergue a señales y atisbos propios del realismo mágico. Las guerras… fue finalista en 1976 del premio de la Crítica obtenido por Mendoza con su primera novela, por mínimo margen y después de tres votaciones. Esa dimensión mágica fluye jugosa con un lenguaje coloquial fresco y simbólico, que emparenta los escenarios rurales del Rudrón y del Ebro con exóticos atavismos americanos. Escrita cuatro años antes, antecede también en cuatro meses al discurso de toma de posesión de Delibes en la Academia de la Lengua, donde se refiere al equilibrio del miedo, al progreso contra el hombre y a la naturaleza como chivo expiatorio. De ningún modo puede considerarse casual semejante coincidencia.

ERNESTO ESCAPA ERNESTO ESCAPA
07/01/2019

 

MACONDO EN CORTIGUERA

Las guerras de nuestros antepasados recoge la confesión psiquiátrica, durante siete veladas aliñadas con anís en mayo de 1961, de Pacífico Pérez, cuyas desgracias vienen determinadas por la trágica siembra de su colectividad. La recurrencia bélica de los antepasados sirvió a la hispanista Carolyn Richmond, mujer del escritor Francisco Ayala, para convertir la novela de Delibes en espejo de la España franquista, trayendo de procesión al propio Franco, que en 1961 conmutara a Pacífico la pena de muerte, en castigo por el asesinato de Teotista, por treinta años de reclusión, que a los ocho interrumpió una muerte prematura.

Como sucediera en Las ratas (1962) y en Viejas historias (1964), Delibes vuelve a insistir con «la vida tremenda del medio rural», que bien conoce. Pero también incorpora al escenario la magia desplegada por Ferlosio en su Alfanhuí (1951), con una estructura narrativa dialogada presente en obras de Galdós, de Unamuno y de Baroja, pero que tanto desconcertó a su decidido partidario Juan Ramón Jiménez al reaparecer en un capítulo de Nada, de Carmen Laforet. Dos manejos más recientes -Diálogos del anochecer (1972), de Vaz de Soto, y Retahílas (1974), de Carmen Martín Gaite, arropan el artilugio psicoanalítico de Delibes, que más que propiamente diálogo resulta interrogatorio, mediante el cual el doctor Burgueño indaga y activa la memoria de Pacífico.

Las dos primeras noches, junto a pinceladas del escenario natural y de la relación de Pacífico con su entorno, despliegan la memoria bélica familiar: de la bayoneta del bisabuelo en la guerra carlista, a las bombas de mano del padre en la guerra civil, pasando por la ametralladora rifeña del abuelo en África. Todas ellas contiendas civiles orientadas a preparar a Pacífico para su guerra, que inevitablemente había de venir. Sin plantar cara ni oponerse con decisión, Pacífico opta por ir a su bola, tendiendo lazos afectivos con un entorno que todavía conserva rescoldos latentes e inadvertidos de una magia atávica.

Así, por ejemplo, los temblores fríos con que acompañaba el brote hibernizo del camueso, o el dolor que le hincha los morros al ver cómo el abuelo rasga la boca de las truchas para recuperar sus anzuelos. También la poda de los árboles le obliga a meter las manos en agua hirviendo, para calmar su dolor, o las historias del bisabuelo con la bayoneta le provocan un escozor que le hace orinar sangre. En Humán del Otero y a la sombra de su crestón rocoso brota la magia religiosa, aviada por la abuela Benetilde, quien a menudo exhala un halo de luz de la cabeza y cuando entra en trance los sábados, convocando a millares de fieles en el pueblo, enseguida saben por el aroma quién se va a aparecer, si la Virgen (anunciada por un intenso olor a rosas) o Nuestro Señor, a quien pregona el jazmín.

Un olor cada vez más intenso, según se acerca la hora de las apariciones, que inunda todo el valle y a veces alcanza a la capital, hasta las mismas narices del señor obispo, quien después de la venganza de los del Otero, que por «malos quereres» y envidia «la andaban buscando las vueltas desde que empezó», porque «no tragaban que el personal viniera para el Humán … por más que de los cuartos que entraban en el pueblo, algo les tocaba a ellos». Pues con eso y todo, llaman a la abuela Benetilde bruja y embaucadora «y una noche la quemaron la casa, la descalabraron y la dejaron por muerta». Entonces el obispo mandó un coche y se la llevó a un convento de la capital durante un año, y a su vuelta vino ya sin habla ni más ánimo de trances, para que a los pocos meses el abuelo de Pacífico la llevara al altar.

Quedarse sin habla, después de haber parlado en francés con los franceses, en portugués con los portugueses y en griego con don Salvador, el párroco que repartió las hostias llovidas de la higuera, pareció nuevo prodigio al señor Isauro, testigo de aquellos trances, cuando Benetilde hablaba todas las lenguas y brotaban hostias de las flores y hasta de los bolsos de la mística. Pacífico debe su nombre al hecho de ser el primero de la familia que crece en un país sin guerras, aunque escuchando cada día la dramática salmodia bélica de sus antepasados, que cuestionan su hombría auténtica mientras no pelee en una contienda.

Por eso, celebrarán, a pesar del dramatismo que conlleva la condena de toda una vida en la cárcel, el asesinato de Teotista, que pone fin a su estancia feliz con Candi en el paraíso de Cortiguera, que en la novela se llama Prádanos y es el remoto solar de su bisabuelo. Según el fatalismo familiar de Pacífico, «quien no ha tenido su guerra, tiene su cárcel». Porque, siguiendo las cautelas del abuelo, debiera haber «aguardado a que abriesen la veda… Que el matar hombres, como el matar jabalíes, había que hacerlo a su tiempo. Que uno mata un jabalí en enero y le dan un premio, pero le mata en julio y lo mismo pena por ello, ¿comprende? Pues con los hombres, parejo. Uno los mata en la guerra y una medalla, pero lo mata en la paz y una temporada a la sombra» (página 173).

Pero no encajan estos saltos en una recapitulación de rastreo que el doctor Burgueño conduce con olfato y aplicación de carea. En su confidencia de la tercera noche, Pacífico relata el suicidio de la abuela Benetilde, que tarda una semana en aparecer colgada por los pies de la olma de la Torca, «porque sois malos». Se lo anuncia por carta al tío Teodoro, que vive en América: «Y me cuelgo por los pies porque por el pescuezo me da miedo el ahogarme» (página 98). La descubren cuando vuelve al abuelo la carta de América con el aviso. Después de sacrificar a Krim, el perro que se envició a comer los huevos del gallinero de la casa, apareció Candi, la chica de Bebel el del Otero, que viene a trastornar a Pacífico con su delirio de amor desnudo en Prádanos.

La cuarta noche discurre completa en el paraíso perdido de Prádanos (Cortiguera), donde Pacífico se libera con Candi del despotismo patriarcal de su familia, recreándose con la vuelta a la naturaleza en un pueblo en ruina, donde Candi, que se ha educado en la ciudad, se propone fundar una comuna libertaria en la que prime la armonía basada en el trabajo, la propiedad compartida y el amor libre entre sus miembros. Una semana después de contarle Candi el embarazo, apareció taimado su hermano Teotista, que los sorprendió sentados al sol mondando piñones con la navajilla: «Esto ya me lo tenía yo mamado, cacho zorra, liada con el sietemesino este del Humán». Puesto en pie a su lado, Pacífico le tiró un viaje con la navajilla al vientre y Teotista «soltó la garrocha y dijo: me ha matado. Luego cayó al suelo, hecho un gurruño, meneó las piernas y se quedó quieto».

El relato de las dos últimas noches transcurre con episodios del penal, compartiendo sueños de fuga y tragos de fracaso. Pacífico enjaulado, al menos se siente libre del dominio de la horda familiar. Y cuando lo cazan en su intento de evasión, sentirá que volver al penal es como regresar a casa. Porque «lo que ocurre fuera ya me lo sé, mire, los unos contra los otros».
Después del éxito teatral recurrente de Cinco horas con Mario, y de una experiencia teatral más liviana con la historia de soledades de La hoja roja, en 1989 subió a los escenarios Las guerras de nuestros antepasados: primero, con José Sacristán en el papel de Pacífico Pérez, luego sustituido por Manuel Galiana. La obra tuvo su alcance internacional, con Sacristán en Buenos Aires (de abril a julio de 1991) y con Óscar Sixto en París (octubre de 1994), después de un intento fallido de François Segura cuatro años antes.

PÁJAROS PARA EL DICCIONARIO

Si nunca tuvo Delibes mucha fe en la labor de los académicos de la lengua, una vez dentro pudo comprobar que aquel ceremonial de intereses y reticencias no encajaba en su proceder. Así que el provecho contable de su experiencia se reduce a la aportación ornitológica de una treintena de pájaros al diccionario, además del discurso de ingreso que pronuncia el 25 de mayo de 1975: El sentido del progreso desde mi obra. Un recado ecologista de sus personajes, contundente y nada almibarado, que resume este enunciado: «Todo cuanto sea conservar el medio natural, es progresar; todo lo que signifique alterarlo esencialmente, es retroceder». Como no fue un discurso hecho con humo de pajas, iba a tener también una larga vida editorial autónoma: S.O.S. (Destino, 1976); Un mundo que agoniza, ilustrado por José Ramón Sánchez, (Plaza y Janés, 1979); y Un mundo en la agonía, ilustrado por Celestino Piatti (Círculo de Lectores, 1988).

 

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