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La compañía que embellece

Alumnos de estética de Santa María Micaela trasladan sus nociones de modo altruista a centros de mayores y discapacitados /Acompañan y a la vez practican

ALICIA CALVO / VALLADOLID
19/06/2017

 

A Tere le gusta arreglarse. Sus 92 años impiden que pueda colocarse el cabello como lo hacía en la época en la que presume de haber sido la peluquera de Juanita Reina, pero su hijo acude cada día al Centro Integrado de Servicios a la Dependencia del Ayuntamiento de Valladolid, en el que ella reside, para ayudarle a acicalarse, maquillarse y peinarse.

La visita de aquel día fue especial para todos los residentes del centro, pero a Tere le emocionó especialmente tener delante a jóvenes con la ilusión por un oficio al que entregó sus mejores años de desempeño profesional.

Un grupo de once chicas y chicos apareció esa tarde. Su presencia supuso una pequeña revolución en la residencia. Iban equipados con el material para poner en práctica sus conocimientos, aunque, en realidad, su mejor herramienta fueron sus ganas de hacer pasar al resto una jornada agradable en compañía.

Los alumnos de primero de la asignatura Estética de manos y pies, que cursan el ciclo de grado medio de Peluquería y cosmética capilar, del centro concertado Santa María Micaela, de Valladolid, trasladan de modo altruista sus nociones a centros de mayores o personas con discapacidad.
Aportan, les arreglan y pintan las uñas de manos y pies, pero también reciben. Acompañan y, a la vez, practican.

Se estrenaron en el centro San Juan de Dios, de Valladolid, y allí trabajaron con personas con discapacidad intelectual. El resultado fue similar al de resto de lugares que visitaron: trasmitieron alegría y percibieron entusiasmo. «No sólo es ir y ya está. Conseguimos que no se sientan tan solos», apunta el director del centro, Miguel Ángel González Zazo.

Sobre la relación con las personas de edad avanzada, añade que «muchas se sienten desamparadas o en soledad» y a través de iniciativas como esta cree que se consigue «que por una tarde se olviden de sus penas».

Respecto a los usuarios de San Juan de Dios, también señala González Zazo que contribuyeron, aunque fuera durante unas horas, a favorecer esa «inclusión social» que no siempre se da.

El director destaca que la respuesta del alumnado fue «magnífica» por su motivación. «Empezaron el curso con mucha ilusión, pero aprender una profesión es difícil y a veces van perdiendo fuelle. Sin embargo, salir fuera les sentó muy bien, les sirvió para recuperar la chispa y dejar atrás la apatía que había aparecido en algún caso».

Tan buen resultado considera el director que ha dado, que se plantea de cara al próximo curso planificar este proyecto, «que nació espontáneo», y ampliarlo a más redes. Incluso desde algún hospital de la ciudad ya han contactado con ellos para explorar la posibilidad de colaborar el próximo año.

La profesora Elena de Frutos, impulsora de la iniciativa, explica que los beneficios que percibe en su clase son significativos. «Les sacamos de su zona de confort y hacemos que vean otras realidades sociales», indica como avanzadilla de más recompensas: «Han comprobado que todo lo que estudian sí que sirve para algo».

Cuando tiene que enumerar las bondades de esta actividad, los adjetivos positivos se acumulan: «Ganan en comprensión, tolerancia, capacidad de escuchar, solidaridad y compañerismo». La lista de beneficios no acaba aquí. Elena de Frutos sostiene que, además, participar generó en ellos «más confianza, seguridad, autoestima y autonomía».

Los futuros profesionales no sólo tuvieron que aplicar la técnica, sino que desarrollaron sus habilidades sociales y empatía para conseguir un entorno apropiado.
Como en toda clase, al final del trimestre llega la evaluación, y para comprobar si han tenido éxito descubrieron un nuevo indicador: los abrazos. «Nos han abrazado mucho», comentan.

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