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Un colegio en miniatura

Las puertas del colegio de Torrecilla de la Abadesa abren cada mañana para que tres alumnas puedan acceder a la educación en el entorno rural / Es el único centro de la provincia que permanece abierto con menos de cuatro niños / La marcha de una familia del pueblo pondría en peligro su supervivencia

GUILLERMO SANZ / VALLADOLID
01/10/2018

 

Hubo un tiempo en el que los pueblos rezumaban vida. Las calles eran arterias por las que corría la sangre rural. La vida descansaba cuando la luna mandaba y despertaba cuando lo cantaba el gallo; momento en el que los más jóvenes de cada casa se aseaban, desayunaban y se armaban con su mochila para afrontar una nueva aventura educativa. Un tiempo en el que los pequeños y los mayores compartían aula, tutelados por un maestro con el don de la omnipresencia capaz de enseñar geografía a los más maduros y lengua a los más novatos, haciendo de su jornada laboral un ascensor en continuo movimiento que pasaba de un nivel educativo a otro sin salir de una clase de pocos metros cuadrados; una estampa que aún hoy se puede contemplar en el entorno rural.

Con el éxodo de la gente a las grandes ciudades, empujada por la realidad laboral, el latido de los pueblos se ha debilitado. Los niños ya no invaden las calles de los pequeños municipios rurales, los pocos que hacen allí sus vidas son observados por los mayores del lugar como una esperanza de que la juventud evite que ese paisaje se convierta en una postal fantasma. Evitar el exilio de los jóvenes pasa por que el futuro pueda encontrar en las calles empedradas las mismas oportunidades que se encuentra sobre el asfalto, una misión casi imposible que han logrado completar con éxito en la localidad vallisoletana de Torrecilla de la Abadesa, donde se encuentra el único centro de la provincia abierto con menos de cuatro alumnos.

El centro, perteneciente al CRA Padre Hoyos (que incluye los alrededores de Torrelobatón y Torrecilla de la Abadesa), revivió cuando el cerrojo ya estaba casi puesto en la puerta. La matriculación de sólo tres alumnas no cumplía con el mínimo exigido para evitar que el colegio se convirtiera en otro edificio abandonado en el paisaje de la provincia. Los padres fueron incluso avisados de que tendrían que buscar un acomodo a los niños. Fue entonces cuando apareció, como por arte de magia, la medida de flexibilización expuesta por Educación, por la que el gobierno autonómico mantendría las escuelas en el medio rural con tres alumnos siempre que se cumplan condiciones como que esos alumnos tengan una asistencia reglar a clase, que los datos de empadronamiento prevean un incremento en la escolarización del próximo curso y que los progenitores muestren su intención de matricularles en esa localidad y no en otra cercana.

Tres niñas de 10, 9 y 8 años, Denisa, Gabriela y Ángela, han sido la salvación del colegio de Torrecilla de la Abadesa, que el año que viene tiene asegurada su supervivencia con la matriculación de dos nuevos alumnos. Sin embargo, el hecho de que cuatro de los mismos sean hermanos ponen en manos de esa familia el futuro del centro unitario. La agricultura y la ganadería son el motor económico del municipio. El trabajo en el campo es el imán que atrae a familias migrantes que desarrollan su vida en el pueblo. La falta de oportunidades laborales o un descenso del mismo podría suponer un cambio de aires que se llevaría con ellos buena parte de la razón de ser de la escuela de la Ribera del Duero.

El colegio de Torrecilla de la Abadesa es una pequeña Galia que resiste firme, una de las que se reparte por toda la provincia de Valladolid, donde hay 16 colegios con menos de diez alumnos matriculados. La cercanía con Tordesillas y los horarios de los padres hacen que los padres opten por otras opciones para matricular a sus hijos. «Mi objetivo es luchar para que no desaparezca esta escuela», explica la directora del CRA Padre Hoyos, Ángela Garrido.

La banda sonora del colegio de Torrecilla de la Abadesa no es la de cualquier otro colegio. El bullicio no hace eco en sus paredes y el sonido de la campana no levanta aires de revolución entre un alumnado que se traduce en número a tres, un dato que permite al profesorado brindar una educación casi particular, un lujo al alcance de muy pocos colegios. «Para ellos es una oportunidad tremenda de tener una educación de una calidad máxima. Los que van bien siguen el curso con normalidad, pero los que van mal tienden a ir bien, porque es una adaptación curricular en toda regla», explica Ángela Garrido, que suma su sexto año en el centro, el tercero como directora.

«Al tener una atención tan individualizada los alumnos se ven beneficiados», explica la tutora del grupo, Laura Velicia, para la que es un reto, pero también «un lujo poder dedicar un año de trabajo a tres alumnos», como entiende la docente. La profesora destaca la importancia de que sobrevivan centros como el del municipio vallisoletano: «Que se mantengan estas aulas abiertas supone que el medio rural siga vivo», una línea que comparte con la directora del CRA, que destaca la «importancia de tomar medidas que aseguren la continuidad de la vida en los pueblos y que garanticen la igualdad de condiciones, a pesar de vivir en pueblos con pocos habitantes», como Torrecilla de la Abadesa, que cuenta con 280 ciudadanos.

La tutora en la encargada de llevar en su maletín el mayor peso pedagógico en un horario que se fabrica con la misma paciencia con la que se hace el encaje de bolillos. Con dos alumnas de 4º de Primaria y una de 2º, adaptarse a la exigencias del programa es todo un arte del que también puede dar clases. El truco está en intentar, siempre que sea posible, trabajar en conjunto (adaptándose a cada nivel) los contenidos que sean comunes en ambos cursos. Laura Velicia recibe ‘treguas’ en su jornada cuando el horario marca Inglés, Religión y Música, asignaturas que imparten otros profesores. Además, una hora a la semana el centro recibe a el apoyo de un especialista en PT (Pedagogía Terapéutica) y AL (Audición y Lenguaje).

Que los niños de los pueblos rurales tengan las mismas oportunidades que los alumnos de la capital o de los pueblos grandes es una cruzada que hacen propia en el CRA Padre Hoyos, que ha buscado ‘aliados’ en Torrelobatón y Mota del Marqués a la hora de hacer actividades y excursiones fuera del aula. «Precisamente en el medio rural necesitan que les ofrezcamos otras actividades que por sí mismos no hacen», explica la tutora. Este contacto con niños de otros pueblos permite socializar, una actividad cotidiana que se antoja complicada con sólo dos compañeras de clase y necesaria para su paso al instituto, donde entran en otra dimensión y donde los profesores tienen que repartir sus ojos y su dedicación entre más alumnos. «Nos consta que se adaptan bien al cambio, porque llegan muchos niños de otros CRAs. A ellos les gusta poder elegir sus amigos, porque aquí no pueden elegir», confiesa Ángela Garrido.

UNA VICTORIA A TRES BANDAS
La diferencia entre un colegio fantasma y uno con vida está en el empeño del triunvirato formado por padres, equipo docente y Ayuntamiento, un trío ganador que ha sabido luchar para que las puertas del colegio permanezcan abiertas. «Nos lo solicitaron los padres, que nos dijeron que querían que sus hijos se quedaran en el pueblo. Le propuse a la directora del colegio ir a hablar con la directora de educación a Valladolid y allí fuimos.El empeño de las partes me hizo no quedarme parada», narra la alcaldesa de Torrecilla de laAbadesa, María Sanz de Pablo.

En sus once años al frente del consistorio, la regidora ha puesto sobre la mesa toda una apuesta en firme por el colegio del municipio. «Se han arreglado los baños, se han arreglado las ventanas y se ha puesto una buena calefacción. Siempre ha sido una prioridad, no se ha escatimado en gastos, porque siempre hay que mirar a la educación y al bienestar de los niños», que pueden sortear, gracias al empeño de las partes implicadas, «el pegarse un madrugón para ir a clase. Trasladarles a Torrelobatón o a Tordesillas dificultaría mucho a estas niñas».

Cerrar la puerta del colegio por una situación «puntual» (el año próximo contará con mínimo cinco alumnos) hubiera sido un drama para Torrecilla de la Abadesa. «Yo creo que la escuela en un medio rural dinamiza y enriquece. Un municipio sin niños es como un jardín sin flores. Que el colegio se mantenga abierto es positivo para el pueblo y para los niños. Se enriquecen ellos, pero también nos enriquecemos nosotros», entiende la alcaldesa de un pueblo que presume de escuela con vistas al campo.

Si un colegio en un entorno rural cierra sus puertas que vuelva a abrir sus puertas es casi la caza de una quimera, por eso la Junta de Castilla y León ha querido brindar esta segunda oportunidad a los centros con menos de cuatro alumnos, siguiendo así una línea que comenzó en el año 2000, cuando asumieron las competencias en materia de educación, convirtiendo a Castilla y León en la única comunidad que permitía mantener abiertos centros con cuatro alumnos. El de Torrecilla de la Abadesa es un caso excepcional, pero no único. En toda la región se encuentran en la misma situación dos colegios en Salamanca y otros dos en la provincia de Zamora. El pasado curso, Valladolid no contaba siquiera con un centro con menos de los cuatro alumnos exigidos.

UN UNIVERSO DE RECURSOS

El colegio de Torrecilla de la Abadesa es como una navaja suiza, pequeña pero completamente funcional. El cierre de otros centros ha abastecido con un silo repleto de material y libros. Por ejemplo, su biblioteca sería la envidia de más de un profesor de algún colegio de la capital. «Los recursos que tienen son infinitos. Dudo que pudieran leer en otro centro todo lo que leen aquí o utilizar todos los materiales que utilizan», explica la directora del centro.

Educar en la lectura es una de las picas que ha clavado en un aula modesta pero perfectamente equipada con su ordenador, su pizarra digital y su biblioteca, la profesora del colegio vallisoletano. Cada mañana, las alumnas del centro tienen un rato de lectura en silencio, una lectura que luego comparten con sus compañeras de clase. Además, el aula cuenta con un espacio de escritura creativa en el que cada una expresa sus pasiones a través de palabras; una actividad que invita a pensar que la innovación solo reside en las grandes ciudades.

A CLASE, EN ZAPATILLAS DE ANDAR POR CASA

Apenas unos segundos tarda cada mañana Laura Velicia en pasar lista, un ritual que se repite diariamente en centenares de colegios de la provincia y que se antoja como innecesario, casi con tintes cómicos, en este pueblo próximo a Tordesillas, donde las alumnas aprenden como en el salón de su casa. Cada mañana las tres niñas se enfundan sus pantuflas antes de comenzar las clases, una idea que la directora, Ángela Garrido, cogió de su paso por Inglaterra y que ha logrado llevar hasta el entorno rural.

Los recreos también son especiales en Torrecilla de la Abadesa. Frente al colegio se encuentra un parque en el que las niñas pueden quemar parte de sus toneladas de energía. Sin embargo, si el día no acompaña o el cuerpo las pide otro tipo de ocio, la escuela cuenta con un espacio con juegos de mesa, libros o juguetes para disfrutar de ese ansiado momento del día como ellas prefieran.

El reducido número de alumnos hace que todo sea más cálido en el colegio. «Hacemos lo que se hace en cualquier otro centro, peor mucho más familiar», explica la directora. Estas palabras se traducen en lecturas compartidas en las que participa la gente del pueblo, la celebración de la castañada o la merienda con los padres en Navidad; una filosofía que se extiende también al terreno de las relaciones padres-profesor. «Hay mucha cercanía. En la puerta ves a dos padres y eso hace que la comunicación sea muy directa y muy cercana. Eso facilita mucho la labor docente y si hay algún desvío se soluciona enseguida», celebra Garrido.

 

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