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Un cielo protector

El lustro inaugural del escritor en Madrid(1961-1965) lo dedica Umbral con ansia y ahínco, desde sus «pensiones de sombra», no sólo al logro y reparto afianzado de colaboraciones periodísticas alimenticias con que nutrir y respaldar su supervivencia en la ciudad hostil, sino también al trazado simultáneo de un cielo protector de pasiones literarias, que distingue al creador de raza del oficinista rutinario. Porque siempre repugnó a Umbral convertirse para sobrevivir en poeta ministerial, pregonero de fiestas patronales o mantenedor floral «por la ancha geografía de la patria»

ERNESTO ESCAPA ERNESTO ESCAPA
19/05/2019

 

Retrato de un joven malvado (1973) es la bitácora de aquellos años de aventura enrevesada, «entre el atisbo de la alta cultura entrevista en ateneos, los conejos huidizos y suburbiales de la pobreza y las lechugas del ayuno». El escritor novel descubre primero los periódicos, «esa mezcla de mentira y metáfora, de urgencia y lirismo, de información y sorpresa, de noticia y erudición, de imagen y sueño, de tinta y sangre», con su «levedad de tebeo infantil y complejidad de libro adulto…En el periódico, como en el tebeo, está pasando algo, está latiendo el mundo, está sangrando la vida. En el libro ya está todo fosilizado, tranquilo, panteónico. Imposible renunciar a la pasión de los periódicos. Seríamos escritores de periódico» (página 211).

Después de un año de penoso trasiego en soledad por pensiones desvencijadas, bajó su mujer España desde la casa paterna de Valladolid para colocarse como institutriz de niños interna con una familia residente por la zona de Retiro y en aquel empleo ancilar se mantuvo hasta que el escritor consiguió la estabilidad de un contrato fijo en Cultura Hispánica, a cuya oficina acudía cada mañana desde la residencia estudiantil situada en Fernández de los Ríos 75. España proseguiría como institutriz interna, ejerciendo por primera y única vez sus estudios de Magisterio, mientras la nómina oficial no dio las muestras de solidez requeridas para arriesgar con el alquiler de un pisito humilde en la avenida de Valladolid, que asoma al Manzanares.

Y así, durante meses de laborioso trasteo por redacciones tristes, va gastando suelas en colocar reportajes de batalla antes de acudir obsequioso a las tertulias, donde recibían «los poetas de ministerio, triunfadores y florales, y los poetas de la resistencia, miopes y retrospectivos, y estaba la galaxia flotante y sonriente de los que eran tierra de nadie…queriendo volver a sus empleos o publicar un libro de versos por cuenta de una lejana diputación provincial…El café era … Un paréntesis en la vida nacional, el sitio adonde iban los ganadores a gastar su dinero y organizar sus cenas, y adonde iban los perdedores a alimentar su esperanza y leerse cartas de los republicanos en el exilio…el café era un vagón de ferrocarril en vía muerta…En los primeros años de café había que ser el confidente escuchador de unos y otros, el joven pálido que no sabía latín y debía poner buena cara y buenos oídos, qué sabes tú».

Pero ya en aquellos andenes acuciados por la supervivencia, «también soñaba mis libros. Biografías donde el personaje tuviese más vida que obra, donde yo le prestase mi carne para que fuera algo más que un fantasma. Novelas que se saliesen de la novela y convirtieran la acción en lirismo. Relatos cortos donde dar la vida detenida. Memorias, autobiografías, libros sobre mí mismo, diarios, el teletipo interior enviándome noticias urgentes y eternas de lo que me pasa por dentro…Era yo una chispa arrancada al pedernal del analfabetismo español. Del gran pedrusco que es el contingente de nuestro pueblo analfabeto, brota a veces un chispazo de luz, de fuego, de sangre. Y quería hacer libros estáticos donde el movimiento estuviese encerrado como la energía en el uranio. Libros movidos donde la quietud del mundo subyaciese como subyace en el mar…Los pueblos sin gran cultura pueden dar y dan una poesía importante. La verdadera cultura nace con la prosa. Por eso los autodidactas tendemos al lirismo. Había que superar el lirismo, más que mediante las ideas, mediante la realidad… pero no quisiera que lo que escribo se quedase nunca sin la asistencia de la imagen, el movimiento, la prisa de la vida y la riqueza de los mercados» (páginas 211-213).

En la estela ramoniana de la biografía concebida como espacio de convivencia, Umbral apoya su estatura literaria en la búsqueda subjetiva de su verdad en los retratos de escritores que convierte en modelos de su vivencia de la escritura. Para ello, resalta afinidades como respaldo a la fascinación que esos creadores le producen, y además se esfuerza en rescatarlos vivos, para que el lector los sienta contemporáneos y vecinos de su tiempo. La construcción de esta genealogía literaria de Umbral se desgrana en seis biografías (de Larra a César González Ruano) y en unos cuantos libros memoriales (de La noche que llegué al Café Gijón a Los alucinados), en los que expresa sus pasiones o manías: «Puesto que escribir es la artesanía más subjetiva que existe, no hagamos trampas con la objetividad, que curiosamente es la que falsea las cosas». Así que Umbral se apunta a la vía de acercamiento subjetiva y sugestiva, barajando los lazos de afinidad entre él y sus biografiados. El primero y más poderoso será el tatuaje de la expresión literaria, que le sirve de amparo frente a los negocios del mundo exterior, «único tapiz aislante y protector en su cochambroso cuarto de pensión».

Umbral se convierte en biógrafo sentimental al formar una familia literaria que le dé cobijo: «Cuando uno es huérfano prematuro y además hijo único, es fatal que se pase la vida buscando padres espirituales y hermanos mayores. Yo he tenido varios… Pasa el tiempo y queda, a través de los años, un hermano mayor en mi vida: Miguel Delibes… Él ha sido mi casi único parentesco con la bondad del hombre, con la honradez. Él ha sido mi único familiar y mi casi única familiaridad con la restringida familia de los hombres de bien». Pero la biografía de Delibes constituye un caso aislado en el cultivo umbraliano del género. Porque Delibes y él son dos escritores con muy escasas conexiones, más allá de la generosa tutela del novelista en los tiempos difíciles de Umbral. Con el resto, a los que agrupa en un racimo de difuso barroquismo crítico disfrazado de dandismo espiritual, respalda su propia trayectoria singular como escritor.

Seguramente, con estas apuestas biográficas, Umbral diseña un trazado más noble para su propio recorrido de creador, supeditado durante este lustro inicial de los sesenta a las horas de oficina en Cultura Hispánica, atendiendo la profusa ramificación literaria de los negociados culturales del régimen instalados en aquella avenida de los Reyes Católicos. Allí mismo, su director el poeta José García Nieto (1914-2001) controla el colorín de Mundo hispánico y la geometría de versos y críticas de Poesía española. En otro lugar del edificio se hace también Cuadernos hispanoamericanos, que dirige el poeta Luis Rosales (1910-1992), con Félix Grande (1937-2014) dedicado a los cuidados editoriales más cotidianos. Y desplegada por el centro de la ciudad, la Estafeta literaria (ahora en la Gran Vía, luego en la calle Prado) acoge también la colaboración singularizada de Umbral, que interviene con la asiduidad de los miembros de su plantilla tanto en los coloquios literarios que plantea la revista como en la sección fija Crónica de gentes. Otras veces colabora con relatos, que la revista resalta encartados entre sus páginas de crítica, e incluso con entrevistas, como las que hace al tío de Ramón Gómez de la Serna Corpus Barga (1887-1975), a su regreso del exilio, y a Vela Zanetti (1913-1999), en su pueblo burgalés Milagros. También tuvo ánimo para cotizar con reiterados ensayos al loor de su vecino de estancia en Cultura hispánica Leopoldo Panero (1909-1962), antes y después de su muerte estival. «A Leopoldo Panero le había visitado yo en su despacho hispanoamericano, y tenía ya las manos moradas y henchidas, estaba como infartado de vida/muerte, y hablamos de poesía y a poco se murió, siendo verano». Panero jaleaba las tardes y a veces las matinés de alcohol estabuladas en Cultura hispánica junto a otros bebedores en tumulto de aquella casa, como Rosales o José María Souvirón (1904-1973), arropados por una corte de meritorios: Fernando Quiñones (1930-1998), Eduardo Tijeras (1931), el nicaragüense Martínez Rivas (1924-1998) o el becqueriano animador de su tertulia poética de los martes, Rafael Montesinos (1920-2005), que iba a dar título a la tercera novela de Umbral con uno de sus versos: Si hubiéramos sabido que el amor era eso (1969), iniciando la costumbre de titular sus ficciones con préstamos poéticos: El giocondo (García Lorca), Mortal y rosa (Pedro Salinas) y Un carnívoro cuchillo (Miguel Hérnández). La memoria de Panero se iría entumeciendo respecto a la veneración practicada en vida del poeta: «Me preguntaba hace unos años Jorge Guillén por mi poeta preferido entre los posteriores a la guerra. Leopoldo Panero, le dije, temiendo, quizá, no coincidir con él. Es el mejor, asintió Guillén». Así arranca su extenso artículo de Poesía española (mayo de 1961) Humanismo y religiosidad en Leopoldo Panero.

Las biografías firmadas por Umbral esconden el ruidoso escándalo de un plagio sin adobos ni disimulo: su Lord Byron (1969), aparecido en la colección de quiosco Protagonistas de la historia, reproduce tal cual la acreditada biografía de André Maurois (1885-1967) aparecida en 1935 y traducida por Aguilar (1950), en versión de Jorge Arnal. Umbral había publicado ya biografías singulares de Larra (1965), de Valle-Inclán (1968) y de García Lorca (1968), encajando con enfado el encargo al ignoto José Luis Blanco Quiñones de la biografía de Byron para la entonces pujante colección Grandes escritores contemporáneos de la editorial Epesa, que dirigían sus amigos el novelista Luis de Castresana (1925-1986) Epesarial loquios literarios querafo cacci su Lord Byron (1969) reproduce tal cual la acreditada biografcoloquios literarios que y el crítico José Gerardo Manrique de Lara (1922-2001). Así que decidió tomarse el camino más directo de venganza, sin tener en cuenta mayores escrúpulos. Bien es verdad que la apropiación tampoco causó excesivo ruido. Treinta y cuatro años después, volverá a incurrir Umbral en otro atropello, esta vez plagiando para su novela Madrid 1940. Memorias de un joven fascista (1993) la del falangista Tomás Borrás (1891-1976) Checas de Madrid (1939). Claro que Borrás tenía experiencia como víctima de robos literarios, pues ya en los cincuenta el periodista Carlos Luis Álvarez Cándido (1928-2006) había saqueado su libro Checas de Madrid en busca de atrocidades e invenciones con las que armar el escabroso Los mártires de la Iglesia (1956), que firmó impunemente y con provecho el medievalista benedictino burgalés Fray Justo Pérez de Urbel (1895-1979).

 

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