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EL PASO DE LA ESCRITORA GALLEGA POR VALLADOLID

La casa desolada de Rosalía en Simancas

‘No paré de llorar nunca hasta que de Castilla hubiéronme de llevar’/ Estos versos del poema ‘Tristes recordos’ muestran el desconsuelo de Rosalía de Castro cuando residió en Simancas mientras su marido dirigía el Archivo / No soportó el clima seco ni el aislamiento de la urbe y esto acentuó una morriña que plasmó en ‘Follas Novas’

ALICIA CALVO
03/01/2017

 

Para él fue un destino obligado y para ella, una sucesión de días grises. No más de 20 meses residieron Rosalía de Castro y su marido, Manuel Murguía, en Simancas, por la designación de éste como director del Archivo del municipio vallisoletano en 1868.

Un tiempo que sólo dejó ‘tristes recuerdos’ [así tituló uno de sus poemas] en la dama de las letras gallegas y una soledad que acentuó su morriña. El clima invernal y el carácter rural del lugar fueron determinantes.

Rosalía tradujo lo negativo de esa breve experiencia en unos versos que, dado el talento de la autora, estaban destinados a sobrevivirla. Casi siglo y medio en el que se ha dado por sentado el rechazo de la poetisa hacia Castilla y los castellanos, a veces de manera inocente y, otras, para legitimar intereses nacionalistas. Sin embargo, no todos saben del paso de Rosalía por Simancas y las circunstancias concretas que agriaron su musa.

La verdad poética sepultó la prosaica realidad que varios escritores y expertos rosalianos –además de documentos que custodia el Archivo– descifran ahora para este diario, al desandar los pasos dados por la poeta en tierras castellanas.

Rosalía de Castro (1837-1885) y su marido Manuel Murguía (1833-1293).

El poso amargo de su breve estancia se entrevé en varios poemas de una de sus obras fundamentales, Follas Novas, que publica una década después de abandonar los aires castellanos.

Ya en el prólogo de este poemario anuncia lo que le supuso este ‘encierro’. «Explica que la mayor parte de los poemas de Follas Novas son escritos en ‘el desierto de Castilla’», avanza Eduardo Louredo, lector de Lengua y Cultura Gallegas en la Facultad de Filología de la Universidad de Salamanca. En sus composiciones ahonda en ello.

Rosalía de Castro fue una fugaz e infeliz vecina de la villa simanquina. Llegó con 32 años, tras los pasos de su marido, y nada más instalarse ya quería regresar. A su tierra o a Madrid, pero lejos de Simancas. La pareja lo consigue casi dos años después.

En realidad, quienes se han dedicado a investigar su trayectoria creen que Rosalía de Castro no llegó a vivir un año completo en tierras vallisoletanas. Así lo reflejó el biógrafo de Manuel Murguía, José Barreiro, y así lo expone quien publicará en breve una biografía sobre Rosalía, María Xesús Lama, profesora de Filología Gallega en la Universidad de Barcelona. «Estuvo poco. Se trasladó después que Murguía y se marchó antes. En cuanto pudo».

Explica quien ahora ocupa el cargo que ostentó Murguía, la directora del Archivo, Julia Rodríguez, que su estancia por estas lides únicamente supuso en la vida del matrimonio «un paréntesis que no resultó de su agrado», de 1868 a 1870.

María Xesús Lama avanza que «los comienzos ya fueron muy malos».

El marido de Rosalía, figura capital de la emergente intelectualidad galleguista, toma posesión el 5 de diciembre como jefe de tercer grado del Cuerpo de Archivero, Bibliotecarios y Anticuarios «con destino a la sección de Archivos en el de Simancas... por sus méritos literarios y muy especialmente por los contraídos en su obra de la Historia de Galicia y en el Diccionario de Autores Gallegos», según recoge la orden que aún conserva el centro documental simanquino. Dos días después, en Galicia, nació Aura, la segunda hija de la pareja.

Por ese motivo, la joven Rosalía no lo acompañó desde los inicios. Estaba a punto de dar a luz y su hija nació sin su padre cerca, precisamente, por encontrarse en Simancas. «Él llega atravesado», indica Lama.

Ella, de similar gana. «Careció de capacidad de adaptación. Extrañaba demasiado su vida anterior y se instaló en la melancolía y la nostalgia», apunta el director del Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, Gonzalo Santonja.

El escritor vallisoletano Gustavo Martín Garzo también indica que, «pese a ser una de las poetas más extraordinarias del país, al venir aquí ese sentimiento de soledad y de no tener nada se acrecienta, máxime si la relación con su marido no era del todo satisfactoria».

Simancas supuso para ella el escenario del conflicto entre la vida destinada al hogar de la mujer y la creación. La profesora y biógrafa de Rosalía, María Xesús Lama, dibuja un perfil de una mujer «independiente y delicada de salud», que luego sería reconocida como precursora de la poesía moderna y del feminismo. «Rosalía no está dispuesta a pasar el día cambiando pañales; quiere leer, escribir, producir y tener tiempo para ella». Con una hija mayor y su madre ya fallecida, requería de ayuda extra para conseguirlo, por lo que retirarse a este destino no le resultó nada fácil.

Lama incide en que ese desafecto no está provocado por nacionalismos, ni similares motivaciones, sino por un «brusco cambio» de vida. Incide en los dos factores clave para esa inadaptación: el nada confortable frío y «asfixiante» calor de la zona en época estival y, sobre todo, el pasar de vivir en una urbe a residir en un pequeño pueblo, por aquella época, «mal comunicado y sin tanta vida intelectual». «Ella nació en Padrón. Un pueblo, sí, pero era el triple que Simancas», apunta Lama.

El contraste resultó mayor porque durante los últimos años Rosalía y su marido estaban instalados en la capital de España, donde se conocieron. Allí, él acudía «cada mañana a una librería a consultar las novedades procedentes de París», ambos se movían por círculos de intelectuales; participaban en tertulias literarias; tenían contacto con periodistas... Hasta que llegó el nombramiento y la mudanza.

La directora actual del Archivo relata que, hasta años después de la marcha de la pareja, quienes trabajaban en el centro documental tenían la imposición de residir en el municipio. Ir de Valladolid a la villa simanquina no resultaba sencillo. Los separan quince kilómetros de difícil tránsito entonces. Tan difícil como imaginar que, siglo y medio después, se convertiría en uno de los enclaves más atractivos de la provincia y sería muy querido por los creadores.

Incide Julia Rodríguez en aquella desconexión con la ciudad. «Sentían un aislamiento del ambiente urbano en el que se habían desenvuelto al llegar a un villorrio, un pueblo pequeñito con condiciones duras, casas no muy bien acondicionadas, sobre todo, para un gallego acostumbrado a un entorno más húmedo.

Rosalía no logró aclimatarse al frío mesetario, ni a la vida rural, ni al paisaje castellano. Escribía desde el hondo pesar por permanecer lejos de Galicia en una tierra que llegó a confesar que aborrecía. «Se ve desterrada a la Castilla profunda. En ese momento, ellos estaban en la cresta de la ola en Madrid. No económicamente, pero sí intelectualmente», asegura María Jesús Lama.

En el mismo sentido, el poeta leonés Adolfo Alonso Ares destaca que la escritora «vive en una casona extraordinariamente fría y desolada, y no es feliz porque está desplazada y sola». Apostilla que, en realidad, a través de sus letras consigue permanecer en su tierra. «Aun viviendo en Simancas, seguía viviendo en Galicia, no dejó nunca Galicia».

Antonio Gamoneda lamenta que «la vida de Rosalía no esté muy claramente llevada a la letra impresa». «Al menos a mí me quedan muchas lagunas», manifiesta. «Resulta inexplicable lo poco difundida que está su obra narrativa», cita como ejemplo este Premio Cervantes. «Rosalía de Castro acompañó a su marido y escribió bastante poesía en Simancas», apunta.

Aunque apenas quedan testimonios de su tiempo por estos lares, sólo legajos relativos a gestiones efectuadas por su marido, lo que significó para ella queda palpable en uno de los poemas de Follas Novas, en una descripción en gallego que es la que «más claramente se identifica con Simancas», indica María Xesús Lama, y lleva por título Tristes recordos. «Lo describe como una escena triste, en medio del paisaje de cereal, un camino polvoriento», añade. ‘Adiós pinares quemados/ adiós abrasadas tierras y caminos desolados/ Y no paré de llorar nuca hasta que de Castilla hubiéronme de llevar’.

Martín Garzo, a través de la obra de la escritora, intuye que se trata de una mujer «con poemas tristes, oscuros y llenos de una melancolía que tendría que ver con la tristeza que había en su vida».

Sobre Follas Novas, también el poeta zamorano Jesús Losada refrenda lo que como lector se aprecia. «Volcaba sus pesares y congojas en sus versos más intimistas», y Adolfo Ares destaca su «extraordinaria vida interior»: «Anota el mundo que le late por dentro, de la lluvia, la humedad y el verde melancónlico».

Lluvia sobre mojado. Ya de Castilla escribió antes de esta época y no demasiado bien. Su versos de Castellanos de Castilla, incluidos en sus Cantares Gallegos, suponen una crítica sobre la emigración de sus compatriotas gallegos. «Es una visión profundamente negativa y una crítica social. Pero Rosalía no siempre tuvo una visión negativa. Se preocupó mucho por la labor castellana y la tradición castellana», señala el catedrático de Literatura Española de la Universidad de León, Armando López, que expone cómo contempla los paisajes «siempre desde una vertiente gallega, desde una visión melancólica», y afirma «que nada tiene que ver con un rechazo frontal a Castilla».

Afirma López que la relación de la poeta gallega con Castilla «se reduce a un aspecto concreto; a la crítica social de dos poemas», y sostiene que «no se puede extender al resto de su obra». «Acompañó a su marido, pero no hizo labores de investigación. Era una lectora. En Simancas visitó la biblioteca y poco más. Si tuviera un vínculo con Castilla, en viajes posteriores hubiera vuelto», opina.

Para este profesor, Follas Novas es un libro de mayor contexto de crítica social y de justicia, «no sólo por los gallegos que van a trabajar a Castilla, sino también al exilio».

Lamas difiere en algunos aspectos de su apreciación, aunque coincide en que Rosalía no tiene un enfrentamiento con los castellanos, sino que «trata de invertir los tópicos dominantes; de que los gallegos son torpes y brutos porque desempeñan los trabajos más pobres y sencillos».

En la utilización simbólica del paisaje gallego y de la morriña y la añoranza por su tierra, habla de una Galicia «verde, fértil y acogedora», indica Lamas. «La oposición es Castilla, polvorienta, pedregosa, dura».

Al margen de interpretaciones, sí que existe un testimonio escrito que resume la percepción de Rosalía, aunque no está rubricado por ella.

En algunas cartas que su esposo envió a varios amigos les cuenta que «desea cambiar de aires». Lo expone Eduardo Louredo, basándose en la obra de su biógrafo José Barreiro. «En sus cartas asegura que a Rosalía Simancas le parece un lugar aborrecible y poco hospitalario».

 

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