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LOS ESTRAGOS DE LA HEROINA

El ‘caballo’ ya no es cosa de los 80

Resurge el temor al ‘caballo’ / El 30% de los pacientes que recibe tratamiento por drogas en Castilla y León es adicto a la heroína / Guardia Civil y Policía decomisaron en enero el mayor alijo de la década, que cuadruplica a todo lo intervenido en 2014 o en 2015 / «Está en la calle y los camellos la mezclan con la cocaína para que los adictos a la coca no puedan dejar de consumir», dice un especialista

ALICIA CALVO / VALLADOLID
15/05/2018

 

Durante diecisiete años, su vida no fue su vida. Poco más de seis mil doscientos días levantándose con un propósito, conseguir dinero «para el siguiente pico».

Luis Miguel, zamorano afincado en Salamanca, era muy joven cuando comenzó a coquetear con casi todas las sustancias que se movían por su pueblo. Sólo quería presumir. Destacar. «Ser el tío enrollado» que pasaba cocaína y pastillas a otros chavales. Tenía 16. Tiene 50.

Empezó a consumir heroína por diversión, pero esa sensación resultó tan efímera que ni siquiera perdura en sus recuerdos. Con 20 años, sus despertares se convirtieron en un angustioso día de la marmota del que no podía salir.

Sobrevivió a la epidemia de la octava década del siglo pasado. La dejó atrás. Pero ahora otros repiten cada día ese angustioso despertar.

«La heroína está en la calle». Ya no prolifera rodeada de jeringuillas, ni envuelta en esa marginalidad que en los 80 y 90 acompañaba al ‘caballo’ que descabalgó a una generación.
El consumo de esta droga vuelve –si es que alguna vez se fue– con envoltorios más discretos y refinados, que pasan los arcos de seguridad familiares y laborales, pero con el mismo devastador efecto.

El entrecomillado sobre el advenimiento de la lacra corresponde al presidente de Proyecto Hombre Salamanca, Manuel Muiños, que afirma que «todavía no se traslada en los centros de atención» una realidad que «cada vez preocupa más».

Los camellos la venden «mezclada con cocaína» para fidelizar clientela. Para que la adicción sea inevitable y su negocio, de largo recorrido. Así lo expone el profesor de Psicología de la Universidad de Salamanca, Usal, director del máster en Prevención y tratamiento de las adicciones y psicólogo en ejercicio, José Antonio Martín, que refrenda que «tiene gran presencia», y señala a una estrategia de rentabilidad de quien la vende. «Es culpa de los distribuidores. A los gramos de coca les meten micras de heroína porque, por su condición de depresor, baja pronto el efecto estimulante de la cocaína y obliga al adicto a consumir más cantidad y más veces».

La explicación a este planteamiento se encuentra en que un adicto enganchado a la heroína «tiene que consumir sí o sí porque la dependencia fisiológica es muy fuerte y el síndrome de abstinencia, también».

Esa descripción podría pronunciarla en la primera persona del pasado también Luis Miguel. Este zamorano que vive desde hace diez años en Salamanca sabe de «lo terrible que es el mono», de la ansiedad por otra dosis y de que nada parezca tener importancia, cuando en realidad nada ha sido nunca más importante.

No tenía «fuerzas ni de caminar» si no se chutaba. Combinaba el caballo con cocaína, pero de esta última podía prescindir. De la heroína, ni hablar. «La dependencia física era bestial. No podía levantarme si no me metía».

Y meterse ni salía, ni sale, barato. Su sueldo como carpintero no le llegaba. Ni siquiera pudo conservar el empleo. Ni ese, ni ninguno. Se apartó del mundo. Salvo cuando quería pedir dinero a los amigos. Aparecía «para sacarles lo que podía», confiesa.

«A todos» los vecinos de su pueblo les robó o pidió dinero. A todos.
No le importaba. «Me daban igual la familia y los demás. Sólo vivía por y para la heroína». Y sobrevivía por carambola. Sufrió dos paradas cardiorrespiratorias por sobredosis. Al abandonar el hospital, volvía a lo suyo. Al ‘caballo’.

Su pareja le dejó, sus padres le echaron (los arruinó dos veces) y sus amigos se alejaron. «Lo perdí todo y me quedé solo».

Le parece una respuesta proporcionada a su actitud de entonces. «El cuerpo necesitaba esa sustancia y mi día a día se convirtió en buscarme la vida para seguir poniéndome. Te abandonas totalmente y haces lo que sea».

En esa definición incluye lo que reconoce como «barbaridades». Algunas le condujeron a los calabozos, pero eludió la estancia en prisión. Trapicheó. Robó «en restaurantes, cafeterías, gasolineras...». Hizo de correo para «camellos grandes» y pidió prestado (sin retorno) a todo aquel que conocía.

Debía costearse una adicción que le suponía «unos 120 euros al día».

La insistencia de su hermana y verse «tirado en la calle» provocaron que Luis Miguel acudiera a un centro a recuperarse sin intención inicial de dejar las drogas. Pero lo intentó y salió bien.

Ha reconducido la relación con sus padres y, ahora ya sí, soporta la culpa del dolor causado.
Luis Miguel acumula más de trece años limpio. Se ha rehabilitado y formado como terapeuta para tender la mano a otros que se acercan al abismo del que se alejó. «Veo a gente exactamente igual a como yo era y me encanta trabajar con ellos».

Aunque hay diferencias entre el contexto en el que él se drogaba y la actualidad. Eran otros tiempos. Luis Miguel se la inyectaba y esta vía de administración apenas tiene vigencia en la actualidad. Ahora la heroína principalmente se fuma, aunque también se inhala.

Este cambio propicia también un consumidor de esta sustancia muy distinto del que causó estragos tres y cuatro décadas atrás. «Ese perfil de delincuente que va con el mono asaltando farmacias ya no es», indica José Luis Rodríguez, psicólogo, especialista en adicciones y terapeuta de Proyecto Hombre Valladolid.
El presidente de la misma entidad de Salamanca, Manuel Muiños, ratifica esta evolución y lo atribuye, además, a los cambios en el estilo de vida. «En los 80 la desestructuración familiar significaba que alguien terminaba en la calle. Hoy hay otro tipo de carencias. La desestructuración es más interna y a niveles más personales. Es un rompecabezas de afectividades, no la marginación de antes».
El profesor de la Usal José Antonio Martín explica que «afecta a todos los estratos sociales, medios y alto, también», agrega que el perfil se corresponde «básicamente al mismo que el de cocaína» y que «no está tan demacrado como antaño».

Tan baja es la percepción del consumo en ocasiones que Martín sostiene que «mucha más gente de la que puede parecer, con una vida aparentemente normal, consume heroína».

En su consulta particular ve «síndromes de abstinencia típicos de la heroína en consumidores de coca». Y por las calles de Salamanca, «regueros de gente» en determinadas zonas. «La coca se consume una vez al día, pero la heroína, por micras, en varios momentos. El efecto de la abstinencia aparece y no hay placer. Por eso, muchos van con frecuencia al lugar en el que se vende», indica, y añade que en determinados portales de «algunas zonas de la capital charra, como Buenos Aires, Pizarrales y San José, se ve permanentemente a gente por esta razón».

El director del máster sobre adicciones de la Usal subraya que «no existe conciencia de la heroína», pese a que califica su consumo actual como «una amenaza peligrosa». «Me da miedo no tener miedo. Ya no es el fantasma de los 80, pero cada vez hay más ahí fuera», sostiene.

La Policía y la Guardia Civil intervinieron en Burgos el pasado enero el mayor alijo de heroína de la década en Castilla y León. Se incautaron de cuatro kilos de esta sustancia.

Esta cantidad decomisada en una sola operación cuadruplica a la intervenida en todo el año 2014 o en todo el ejercicio siguiente, según el informe facilitado por la Delegación del Gobierno a este periódico.

Sin embargo, los datos generales todavía no son contundentes y, con indicios, la prudencia marca la actuación de las fuerzas del orden y de los especialistas que tratan estas dependencias.

Desde Valladolid, José Luis Rodríguez apunta que «nunca se ha ido» y remite a la estadística del Comisionado Regional para la Droga, que revela que el ‘caballo’ encabeza, a la par que la cocaína, las causas de tratamiento de acción a las drogas.

En concreto, el 30% de los pacientes que reciben en Castilla y León algún tipo de tratamiento para la drogadicción son adictos a la heroína. A la cocaína, el 30,5% de las personas tratadas. Estas cifras se han mantenido estables en los últimos años.

Ya en 2013, Castilla y León fue la tercera Comunidad en España donde más heroína se decomisó, sólo por detrás de Madrid y Cataluña. Una triste clasificación propiciada por el desmantelamiento del primer laboratorio de heroína de España en la localidad vallisoletana de Fuensaldaña.

Sobre la operación policial del pasado enero, en Burgos, donde cayó una banda compuesta por diez miembros, el profesor Martín opina que «el hecho de que llegue un cargamento tan grande sólo se entiende porque hay una demanda alta».

Luis Miguel, como ex consumidor, se entristece al oír estas noticias. «Me da pena y miedo. Mucha gente se quedó en el camino. Destroza familias enteras. Vi a amigos quedarse en el camino y yo estuve a punto».

El máximo responsable de Proyecto Hombre en la ciudad salmantina en la que reside Luis Miguel indica que otra de las causas de su distribución responde a que «su coste es más asequible que el de la cocaína», pese a que el deterioro físico que provoca y la dependencia son mayores.

José Antonio Martín añade que un gramo puede costar unos 60 euros, «que dan para un día a duras penas, el equivalente a seis o siete rayas». Multiplicando las jornadas, afirma que muchos de sus pacientes gastan alrededor de 3.000 euros mensuales sólo en esto.

De ahí que arrase con la forma de vida tal y como la conocieron y que los especialistas apelen a la prevención, «a formar más allá del conocimiento». «A enseñar a crecer por dentro», indica Muiños.
Otro ex consumidor de ‘caballo’ rehabilitado, que prefiere ocultar su nombre, es de Valladolid. Para él, mirar atrás supone un ejercicio costoso. «Me ha quitado los mejores años de mi vida. Muchas cosas».

De profesión soldador, empezó con «porros, alcohol y rayas de coca». A los 26 probó la heroína «para bajar el subidón de la coca» y seguir desempeñando una rutina aparentemente normal. Estuvo enganchado trece años.

Igual que Luis Miguel, trapicheó y robó. Y aunque mantuvo distintos empleos en fábricas, las cuentas no siempre salían. Fundía la nómina rápido. «No hay dinero suficiente en este mundo para la heroína. Lo único que puedes tener a tu lado, si tienes dinero para invitarle, es a un yonqui como tú».

Logró salir, en parte, por la terquedad de su hermana. Cuenta que «en algún momento de lucidez», al ver «tanto sufrimiento de sus padres» –pareja no tenía porque se divorció– aceptó acudir a un centro. «Cuando entré, sólo quería drogarme, drogarme y drogarme». Pero dio la vuelta a la situación y volvió a empezar.

También Luis Miguel tuvo que aprender a moverse «en un mundo» en el que estuvo «ausente 17 años» y recomponer las relaciones familiares.

Pero el tiempo perdido hace mella. «Me gustaría tener una vida distinta. Veo a mis amigos con hijos, negocios, casa y yo no tengo nada. Pero también he aprendido a aceptarlo».

Ahora es terapeuta en Proyecto Hombre y a quienes se sientan ante él, a quienes reconoce sin conocerlos porque se parecen demasiado a su yo anterior, les traslada que con «voluntad se puede» y que el único lado de la droga es oscuro. Ni diversión, ni placer: «Inseguridad y miedos hay detrás», afirma. «Nadie se hace yonqui porque quiere».

 

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