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LA SEMANA SANTA RURAL

La bajada del Ángel en Peñafiel

Peñafiel es una villa de la Ribera del Duero que hace ya un cuarto de siglo apostó por un desarrollo sostenible poniendo en valor los aspectos culturales de los que no carece en absoluto. Así, al lado de la riqueza natural del vino y de las industrias que pueblan sus polígonos, desarrolló estrategias para dar a conocer un patrimonio inmaterial y el gran patrimonio material y gastronómico del que hace gala.

 

Y si el castillo, hoy convertido en el Museo Provincial del Vino, ha sido, y es, un poderoso atractivo que actúa como faro y meca de turistas nacionales y extranjero; si el Museo de Arte Sacro que conserva piezas de las iglesias desaparecidas de la villa y de otros pueblos del arciprestazgo; si el Museo Casa de la Ribera reproduce con objetos y teatralización, de una forma amena pero crítica, la vida de sus vecinos a comienzos del s. XX, mostrando las diferencias sociales, las de género, señalando los espacios dedicados al hombre y a la mujer, y los modelos de religiosidad popular de los mismos, Peñafiel tiene unos valores de patrimonio cultural inmaterial que merecen figurar entre los más importantes de Castilla y León.
Hoy quiero detenerme en uno de ellos basado en la religiosidad popular de la Semana Santa. La Bajada del Ángel o la Fiesta del Ángel.

La Semana Santa peñafielense se desenvuelve según los actos propuestos por las cuatro cofradías que se agrupan en la Junta de la Semana Santa. Sacan a la calle pasos de notable belleza que se potencia en los maravillosos marcos del castillo, las plazas y las iglesias. Llama la atención, por lo excepcional, uno de los pasos en el que se procesiona un fanal iluminado por dentro en cuyas caras hay escenas de la pasión. Otros pasos como el Nazareno, la Dolorosa o la Virgen de la Soledad, y el Yacente son esculturas dignas de reseñar. La Semana Santa de Peñafiel, que ahora causa sensación en Palermo con las fotografías de José Ignacio Aguado, atrae cada vez a un mayor número de visitantes, por lo cuidado de los desfiles, y los paisajes sonoros y arquitectónicos de esta villa que conserva los trazados medievales habitados por repobladores, cristianos y judíos en perfecta armonía. El Domingo de Ramos, en la procesión de la borriquilla, un niño o niña que cabalga a lomos de un jumento hace alusión a la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Es el mismo infante que protagonizará el acto central del Domingo de Resurrección, el rito que ha merecido que Peñafiel esté en el nomenclátor de la Semana Santa como Bien de Interés Cultural a nivel nacional.

La Bajada del Ángel que se celebra el Domingo de Pascua, en realidad comienza con la expectación que crea, el Sábado Santo por la tarde, cuando se hace «la probadilla», que es un ensayo general repetido las veces que sea necesario para que nada falle en el momento estelar del día siguiente. Tiene lugar en El Coso, la emblemática plaza de fuertes connotaciones taurinas, y uno de los lugares donde se recrea cada año en San Roque, y ahora en Pascua, la identidad de la villa del Duratón. En la misma arena que pisarán los toros, los mozos y los toreros en las fiestas patronales se levantan ahora dos torres cuadradas de madera. Unas estructuras sólidas y bien cimentadas para evitar sobresaltos. Entre ellas, se pasan unas maromas por las que, mediante unas poleas, magistralmente activadas por ingenieros populares que transmite su saber de padres a hijos, se desliza un globo lo suficientemente grande para que dentro quepa el niño que hará las funciones de ángel. No puede fallar nada. Hay que calcular que la máquina quede justo en el medio de las dos torres, que, a una señal del encargado, una de las maromas accione el globo y éste se abra liberando limpiamente al infante. Que otra polea le baje y le suba a un ritmo preciso. Todo tiene que funcionar a las mil maravillas, porque no se pueden cometer errores a la vista del público. El entramado de madera de las torres se disimula con telas de color carmesí rematado en un lienzo blanco. Coronan el conjunto las banderas de España, Castilla y León, y Peñafiel.

El Domingo de Resurrección, poco antes del mediodía, sale de la iglesia de San Miguel de Reoyo un desfile encabezado por la maravillosa cruz de plata del s. XVI, una de las más extraordinarias de la platería vallisoletana. Detrás, la imagen de la Virgen cubierta con un manto de luto, acompañada por los mayordomos de todas las cofradías. Cierra la marcha la banda municipal que marca el ritmo procesional. El cortejo se detiene en un punto previamente indicado para que los porteadores de la imagen centren las andas con precisión milimétrica. Por una de las dos torres comienza a aparecer lentamente el artilugio que se mueve hasta colocarse justo sobre la Imagen. El globo se abre en dos y emerge un niño vestido de ángel, con dos palomas en las manos. Desciende paso a paso hasta alcanzar la corona de la Virgen. Suelta las dos palomas, quita el manto negro ayudado por el mayordomo que empuja la tela hacia arriba, y asciende moviendo las manos y pataleando en un vuelo que representa la alegría por la resurrección. Suena el himno nacional, repican las campanas y estallan los cohetes. La procesión reanuda la marcha hacia San Miguel de Reoyo, donde espera el sacerdote, bajo palio, con la custodia. Los portadores de las andas hacen tres genuflexiones que el pueblo interpreta como gestos de asombro ante la aparición del Cristo Resucitado, presente ahora en la Hostia, pero que corresponden a los saludos rituales de las imágenes en cualquier procesión del Encuentro. El sacerdote da la bendición con el Santísimo a los presentes, y la comitiva entra en el templo para asistir a la Misa de Pascua.

La bajada del Ángel de Peñafiel, como la que se celebra en Aranda de Duero, es un testimonio de los Autos Sacramentales del Barroco, mediante los cuales la jerarquía eclesiástica explicaba a los fieles los misterios de la fe. En el caso de Peñafiel, la actual procesión consta de dos elementos que en origen funcionaban por separado. La bajada del Ángel para quitar el velo a la Virgen es una representación mediante la cual se ponía en conocimiento de los fieles la alegría de la Virgen por la resurrección de su Hijo. El hecho de trocar el manto negro de tristeza por el blanco de alegría era la manifestación pública callejera de un misterio celebrado la noche anterior dentro de la iglesia. El encuentro de la imagen con la custodia forma parte de las procesiones del encuentro extendidas por toda la cristiandad. Muchos se preguntan, entre ellos los visitantes de la exposición de Palermo antes citada, por qué aparece la custodia en este contexto de la Resurrección. No sólo aparece en Peñafiel, ni en la antigua diócesis de Segovia, a la que pertenecía la villa; está más extendido. Deriva de la religiosidad postridentina en la que se potencia el culto al Sacramento a través de las cofradías dedicadas a esta advocación, denominadas ‘Minervas’, porque la archicofradía de la que dependían todas se encontraba en la Iglesia de Santa María sopra Minerva, en Roma. La bajada el Ángel, como cuadro teatral, se convirtió pronto en una fiesta a caballo entre lo religioso y lo profano; o dicho de otra manera, era un cuadro escénico de temática religiosa pero con decoración mucho más amplia. El artilugio que se puede observar en Peñafiel no es ajeno a los inventos italianos del teatro religioso y profano del s. XVI, utilizados profusamente en obras dramáticas religiosas, que se caracterizaban por la aparición de seres sobrenaturales que descendían de lo alto, de un cielo a veces simulado, para intervenir y dar lustre a funciones religiosas. Hasta los años sesenta del siglo pasado, la Bajada del Ángel se realizaba cada año, y por riguroso turno, en una de las tres iglesias, pero cuando se cerró por ruina la de El Salvador de Los Escapulados, se decidió pasarla a la Plaza del Coso, el centro identitario de la villa.

La Bajada del Ángel marca el territorio simbólicamente, haciendo que lo ritual se convierta en catequético, y la catequesis colabore al mantenimiento del rito por el valor patrimonial que éste posee. Esta festividad, declarada de Interés Turístico Nacional en 2011, contribuye a que la villa del Infante Don Juan Manuel siga ostentando, de facto, el mérito de ser pionera en la creación y desarrollo del turismo patrimonial, más allá del vino y del lechazo que nadie le discute y muy pocos se atreven a disputar.

 

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