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TIENE TELA

El avispero

ANTONIO PIEDRA ANTONIO PIEDRA
05/11/2018

 

CUANDO Valladolid pensaba sólo en Halloween, se presentó Carmen Calvo ante la tumba de San Pedro cual generala en Houston: Vaticano, tenemos un problema con este muerto llamado Francisco Franco, arregládmelo. La diplomacia papal ni se inmutó. Como si encargara una misa de difuntos el sacristán de Villalón, remitió el asunto a la tradición griega que ya Sófocles, en su tragedia Antígona, define como un auténtico avispero en el 441 antes de Cristo.

Gran muletazo. Aquí no se discute una cuestión política o religiosa, sino lo que plantea Antígona al principio de la obra: algo que ni el propio Zeus «había decretado, ni Dike, compañera de los dioses subterráneos» tampoco se atrevieron a perfilar «nunca entre los hombres leyes de este tipo». Se refiere a las leyes tiránicas de reyes, emperadores, papas, o presidentes de gobierno que, convertidos en profanadores de cuerpos y de tumbas, ejercen contra los muertos que no consideran suyos.

Avispero infernal que lleva a los vivos a un odio absurdo, a los tiranos a su destrucción, y a los muertos a la glorificación que jamás soñaron en vida. Ningún humano es quien para legislar sobre el reposo de los muertos. Y menos un tirano que se lo lleva la muerte como el bramido de un mediocre. En este agujero, la eternidad es justísima, pues el calentón de un sátrapa dura lo que dos legislaturas en la Carrera de San Jerónimo.

Mucho tiempo para un charlatán en descomposición progresiva. Basta con que llegue Antígona –mujer libre, piadosa, e implacable en su argumentación humanística– para que el Creonte de turno se tambalee en su trono de pajas ambientales. Antígona le dirá de frente, aunque le cueste la vida, que no callará en una cuestión en la que todo mortal es un incompetente. Exigirá que su hermano Polinices tenga digna sepultura, «que alguien le llore», y que los despojos no queden «a merced de las aves que busquen donde cebarse».

En el colmo de la insurrección a punto de aplastarla, antepondrá el derecho del muerto frente a la injusticia del tirano con palabras que hieren mortalmente a los sembradores del odio: «No creía yo que tus decretos tuvieran tanta fuerza como para permitir que solo un hombre pueda saltar por encima de las leyes no escritas, inmutables, pues su vigencia no es de hoy ni de ayer, sino de siempre». Gran libertad de Antígona ante el dictador.

El decreto de Sánchez –el viernes echó los restos– reactiva el avispero del tirano de Tebas. Se limita a gestionar un asunto político por encima de un cadáver que en el tiempo y en la historia importa ya bien poco –a mí un auténtico bledo– que se llame Polinices, Franco o Pasionaria. Es la estafa que monta un vivo con poder corrupto frente a un muerto que ya no pertenece ni al mundo ni a su justicia, pero que Antígona señala con un destino tan dramático como inútil: «Es a un loco a quien doy cuenta de mi locura».
Inútil, porque la enorme brecha entre vivos y muertos siempre la salvan los muertos por solidaridad unánime: es el único futuro cierto que nos espera a los vivos, y nadie tira piedras contra su propio tejado. Es más, en el mundo regido por tiranos, la apuesta siempre la ganará Antígona por una razón humanística de peso: el sátrapa en su inepcia pericial sólo distingue entre muertes justas –las que él prima por decreto– y las que borra de un bombazo también por decreto. A lo que Antígona repone democráticamente que no: que esa nunca «sería la opinión del muerto».

Se nota que el doctor Sánchez no ha leído a Sófocles. Eso que ganan los vivos porque, como tesis, lo hubiera copiado mal. Algunos de sus compañeros, como el ex embajador Francisco Vázquez, ha calificado la visita de Calvo al Vaticano como de «un dislate absoluto desde el principio hasta el final», porque no vale ir «a pelo» para salir trasquilada allí donde San Agustín lo dejó bien claro: que la vida del alma es lo único que interesa a un muerto.

So pena, claro está, que el cardenal Parolin lo haya olvidado o ya esté en la nómina de Sánchez como la Abogacía del Estado para beneficio de golpistas. Entonces, otro gallo más tiránico cantará. Pero también habrá otra verdad más arrasadora en el haber de Antígona que gritará su piedad hacia los muertos desde el pináculo de la Almudena, del Pardo, del Everest o desde la gran fosa de las Marianas: «Nada hay vergonzoso en honrar a los hermanos». Lo contrario sería tan escandaloso que hasta el avispero del Vaticano se quedaría sin avispas.

Con tanto tráfico de muertos y despojos, de cardenales y basílicas al retortero, ¿buscará Calvo que Franco descanse en el Vaticano? Tranquis, ya no hay tiranos como Creonte, sino aspirantes como Sánchez que buscan, como decía Antígona, «un destino» de verdad. La auténtica verdad en esta farsa de un vivo contra un muerto está en las palabras de Antígona que suenan a eternas: «Todos éstos te dirían que mi acción les agrada, si el miedo no les tuviera cerrada la boca; pero la tiranía tiene, entre otras muchas ventajas, la de poder hacer y decir lo que le venga en gana». Por ahora.

 

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