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EL SIGLO DE UMBRAL

Avíos de acomodo

Recién llegado de provincias a Madrid sin su mujer (que volvió por unos años a casa de sus padres en Valladolid), «en el atardecer temulento de un autocar gris y mareado de su propio motor», el primer lustro (1961-1965) de Umbral en la ciudad galdosiana arranca de pensiones infames y siniestras, desde Argüelles a Madera, en las que comparte cobijo con personajes huidizos y tenebrosos, de semblante temible. Días ajetreados, que amanecían esperando el envío del Norte de Castilla en la estación de Príncipe Pío, para su reparto en tranvía por los quioscos del centro.

ERNESTO ESCAPA
12/05/2019

 

TRAVESÍA DE MADRID

Luego el trajín de la ronda mañanera por redacciones de revistas, donde recibe encargos subalternos para entrevistar folclóricas, y la pausa de la comida en lugares de nombre transparente, desviados de la Gran Vía hacia Madera, Luna, Valverde o La Ballesta: Casa el Guarro, La Serrata o Los Palos: dos cincuenta pesetas por menús que alternan arroz a la cubana con plátano frito y patatas guisadas o lentejas ilustradas con un huevo frito.

Entonces el tranvía usado para sus repartos y cosechas de colaboraciones le cuesta una peseta. Umbral llegó a Madrid con quince mil pesetas ahorradas en León para una deriva sin retorno, pero en su bitácora memorial de aquellos días más de una vez se sintió hundido sin remedio: «aquella noche tuve la conciencia estremecida y total de que me había equivocado, de que aquello no tenía salida, de que había llegado al final y a fondo», evoca en La noche que llegué al café Gijón (1977), recordando el miedo que pasó al tener que compartir habitación con un recién salido de Carabanchel: «la cabeza pelada, la mirada dura, la chaqueta como robada y la voz seca. Cuando me desperté por la mañana, la cama de él ya estaba vacía…Pero esa noche pasé un miedo terrible».

El peregrinaje de las pensiones lo llevó durante el primer año, con reincidencias obligadas por la necesidad, de Argüelles a Madera, para saltar la Castellana hacia General Oráa y recalar en las lontananzas de Ventas por san Marcelo, «aquel piso entrebajo, confuso de gitanos, catastrófico de crepúsculos», antes de hallar refugio en una residencia estudiantil de Fernández de los Ríos 75, cercana a su oficina de Cultura Hispánica, desde donde bajará, mediados los sesenta y ya con su mujer España, hacia la avenida de Valladolid, que asoma al Manzanares. El traslado a la calle Félix Boix 12, al norte de Madrid y en el ensanche de la Castellana, se producirá en 1967.

Además de los quince verdes, que depositó en el banco, Umbral había llevado a Madrid como aval cartas de presentación firmadas por su primo José Luis Pérez Perelétegui y por Miguel Delibes.

Las primeras las mostró a directivos de la radio azul, donde recalaron un año antes que él sus compañeros de La voz de León Luis del Olmo Marote y María Jesús Álvarez Moro, quien pronto se sacude el cortejo indeciso de los altaricones Olmo Marote y Umbral para enamorarse de Federico Bravo Morata, ya entonces una estrella del guión radiofónico. Pero no iba a ser la radio la brecha que acogiera a Umbral en su conquista de Madrid, sino las revistas, con su pedrea de reportajes banales dedicados a folclóricas, actores y actrices del Madrid de las coproducciones.

Sin despreciar nada, pero cultivando simultáneamente y de forma decidida su anclaje en la vida literaria madrileña. En esta época de travesía lo recuerda el memorioso Pepe Esteban (1935) «mendigando por las redacciones, para quedarse con los artículos y colaboraciones que nadie quería».

Las dos cartas de Miguel Delibes, que Umbral traía como aval, surtieron el efecto deseado. La primera, dirigida a Carmen Laforet, abre al escritor las puertas de Vida mundial, un semanario efímero y ligero puesto en marcha por Lara a comienzos de los sesenta, con Manuel Cerezales (1909-2005), entonces casado con Laforet, como director. Cerezales había sido carlista en la guerra, de la que salió con inquietud literaria y un espíritu cristiano beligerante frente a la oleada opusdeísta.

En La noche que llegué al Café Gijón (1977), evoca Umbral aquel contacto en su casa de O’Donnell 32: «Cerezales, fino periodista, intuitivo crítico, y Carmen, en aquella salita, un poco envarada por el mito y la timidez, por el éxito y la soledad. Cerezales me dio trabajo en una revista de vida fugaz y alegre, como tantas».

Editor y periodista, Cerezales fue subdirector de Informaciones y dirigió sucesivamente España de Tánger y Faro de Vigo, antes de recluirse en la edición y en la crítica literaria. Acabó dirigiendo la colección Novelas y Cuentos de Magisterio Español y trabajando como documentalista lejos de las cámaras en Televisión española. Entre sus propiedades familiares contó con el castillo de Balboa, faro de la novela militante católica La mujer nueva (1955), que malogró la espléndida trayectoria de novelista de su mujer. Casado con Carmen Laforet (1921-2004), desde 1946 a 1970, tuvieron cinco hijos.

El sumario de Vida mundial combina entrevistas y reportajes de actualidad, reuniendo entre sus colaboradores a plumas de lustre, como Azorín (1873-1967), Laforet o Carmen Castro de Zubiri (1913-1997), mientras reserva la portada a rostros con carisma, desde Farah Diba o la duquesa de Alba a las más domésticas Nati Mistral, Sara Montiel, la Chunga o María Albaicín.

En sus páginas aplica Umbral el mismo esquema de debate con el que triunfara en la emisora de León, metiendo ahora en liza el torbellino de la novela histórica, desatado desde Planeta por el requeté José María Gironella (1917-2003) con Un millón de muertos (1961).

La encuesta le vale a Umbral para darse a conocer entre los escritores a quienes pregunta, siempre con la cautela de no molestar al patrón Lara. Cela (1916-2002), García Escudero (1916-2002), Fernández Almagro (1893-1966), Hierro (1922-2002), Torrente Ballester (1910-1999), Juan F. Figueroa (1919-1996) y Vicente Marrero (1922-2000) intervienen en el debate. Umbral cobra 75 pesetas, mientras Azorín recibe cien, y estira el procedimiento para abordar, en el número 25 de Vida mundial, el debate de las coproducciones cinematográficas, con las que Samuel Bronston (1908-1994) ha convertido a Madrid en plató del cine grandilocuente. La encuesta de Umbral se prolongará durante varios números, interrogando a Fernando Rey (1917-1994), Manuel Mur Oti (1908-2003), Juan Antonio Bardem (1922-2002), Fernando Fernán Gómez (1921-2007), Manuel Summers (1935-1993), Antonio Casal (1910-1974), Carlos Saura (1932) y José Luis Sáenz de Heredia (1911-1992).

El gancho del cine le sirve a Umbral para convertirse en corresponsal cinematográfico con su sección Un curioso en los estudios, a través de la cual entra en contacto con triunfadores y personajes célebres de los que echar mano, si preciso fuera, ante futuros apuros: «Reporterismo triste del joven reportero que quiere servir a los lectores una vida brillante, deslumbrante y cambiante que él solo ha entrevisto, y que ha de elaborar luego en el monacato de la pensión» (Trilogía de Madrid, 1984).

Para su segunda percha de colaboraciones, en la integrista Punta Europa (1956-1967), no necesitó Umbral echar mano del aval de Delibes, que quizá tampoco le hubiera servido de mucho, por el palo recalcitrante y extremadamente conservador de esta publicación, muy generosa en sus retribuciones.

En este caso, funcionó la cercanía seductora de Umbral, residente entonces en un apartamento de general Oráa, la misma calle en cuyo número 59 tenía su redacción la revista, que presidía Lucas María Oriol Urquijo, un industrial valedor del espíritu de cruzada, que había enredado en su consejo a nombres ilustres, como López Ibor (1906-1991) o el mismo Gregorio Marañón (1887-1960). En sus plúmbeas páginas ultraderechistas, Umbral publica relatos y reseñas literarias, siempre a un precio inusual para el mercado de la época: el cuento dialogado Gumersindo, rey de oros, por 300 pesetas de la época, y reseñas de las novedades de sus próximos José García Nieto (1914-2001), José Hierro, Diego Jesús Jiménez (1942-2009) y Miguel Delibes (1920-2010).

También aprovechará la vecindad para anticipar (octubre de 1964) un adelanto de su Balada de gamberros (1965), antes de enviarla a competir y perder el premio Guipúzcoa con Primera piedra (1966), de Enrique Cerdán Tato (1930-2013).

Sobre las entrañas de esta publicación integrista, jaleada por Pérez Embid como director general de Propaganda y obcecada con dar la batalla póstuma a Ortega y Gasset (1883-1955), reflexiona el periodista Carlos Luis Álvarez Cándido (1928-2006) en sus memorias, recordando la obsesión concertada del sibilino teólogo padre Ramírez, especie de fray Salmón galdosiano, con el vehemente Marrero, a la hora de embestir muy poco cristianamente al filósofo, a quien negaban su condición de pensador. «La razón vital, decía el dominico Ramírez, es la filosofía de las raposas».

Y no paraba en Ortega aquel zurriburri destemplado, porque el «buey suelto dentro de los cuadros intelectuales de la derecha que fue Marrero» también enfiló a sus coetáneos Laín, Aranguren y Marías. Sobre todo, Marías, por el legado orteguiano, con quien se enzarzó en una obtusa «polémica acerca de si Dios es o no una cosa». T

an jugosas disquisiciones se dilucidaban con generoso respaldo económico, hasta que Oriol se cansó de pagar facturas y echó el cierre a este círculo de recreo intelectual, en el que también participaron con relevante protagonismo los hermanos Antonio (1929) y Carlos (1931) Murciano, poetas de Arcos de la Frontera, así como el escritor rumano nacionalizado español Vintila Horia (1915-1992), despojado del Goncourt 1960 a su novela Dios ha nacido en el exilio por filonazi, e iniciador en la estrategia de representación literaria de la mismísima Carmen Balcells (1930-2015), que empezó en ese gremio mediador como empleada suya.

Marrero iba a reaparecer como jefe de prensa del general ferrolano Camilo Alonso Vega (1889-1971), apodado don Camulo, en su larga temporada de doce años como ministro de Gobernación.

Todo esto sucedía antes de que Umbral usara la carta de Delibes para García Nieto, el poeta municipal que lo incorporó a las publicaciones del Instituto de Cultura Hispánica: Poesía española y Mundo Hispánico (1948-1977), en cuyas oficinas trabajará Umbral a diario durante diez años, entre 1962 y 1971.

Y de aquella percha va a colgar un nutrido racimo de otras colaboraciones oficiales, como las de una Estafeta literaria (1944-2001) que entonces dirigía Luis Ponce de León, con su pistola sobre la mesa para ahuyentar discrepantes. Aquel nudo de férreos compromisos llevaría a Umbral, años después, a rechazar a los escritores que regresaban del exilio o a tomar un partido incomprensible por García Nieto frente a Delibes en su disputa del sillón académico.

 

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