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En las antípodas de la edad y las siglas

Virginia tomará el bastón de mando de San Pelayo por Toma la Palabra como alcaldesa más joven de la provincia. Rufino será el más mayor de los regidores en Nueva Villa de las Torres por el Partido Popular. Les separa medio siglo. Juventud frente a veteranía. A la izquierda y a la derecha

LAURA G. ESTRADA NUEVA VILLA
10/06/2019

 

Entre Rufino y Virginia hay más de medio siglo de diferencia. Les une el mismo apellido, Hernández, pero poco más comparten. Él, a punto de convertirse en el regidor con mayor edad de la provincia vallisoletana, nació en febrero de 1935, a las puertas del Franquismo, unos meses después de que las mujeres pudieran introducir por primera vez el voto en las urnas. Ella, la más joven de las alcaldesas, vino al mundo en diciembre de 1988, en plena Democracia, ya bien iniciada la carrera por la conquista de derechos sociales.

La edad supone un abismo entre ellos, como queda patente en un encuentro en Nueva Villa de las Torres, donde Rufino (84) hace de anfitrión en su localidad y recibe a Virginia (30), quien viaja aproximadamente 60 kilómetros desde San Pelayo. «¿Te acuerdas de mí?», pregunta Virginia sonriente al llegar. «Claro que sí», responde Rufino también risueño. Ambos se saludan y rememoran los escasos actos donde han coincidido.

La diferencia generacional es tan evidente que podría tratarse de abuelo y nieta. De hecho, él es de la misma quinta que la abuela de ella. Pero la edad no es la única brecha que les separa. También sus credenciales políticas están en las antípodas. A él le amparan las siglas del Partido Popular. A ella, las de Toma la Palabra.

Quizá por eso no es de extrañar que, con una botella de agua mineral para ella y un mosto para él sobre la mesa de un bar, el debate sobre su manera de entender y gestionar la política municipal se torne enseguida en un intercambio de sentencias lapidarias. «Jamás te votaría; no quiero un alcalde resignado para mi pueblo», le espeta, directa, Virginia. Rufino, más diplomático, elude una respuesta clara y dice que tendría que sopesar el resto de candidaturas. «Eres muy guerrera, ¿eh?». «E inconformista», añade ella para definirse.

El intercambio de pareceres sobre financiación, desde las dispares ópticas de la edad y el ideario, acalora el encuentro. «¿Pero cómo van a dar más dinero a un pueblo pequeño que a uno grande?», cuestiona quien volverá a ostentar el bastón de mando de Nueva Villa de las Torres (301 censados) en referencia a los fondos procedentes de instituciones supramunicipales, como la Diputación. «No te eches las manos a la cabeza porque bastante sacrificio hacen con nosotros».

«¿Acaso somos un estorbo?Si no reparten fondos con criterios compensatorios, por ejemplo los geográficos, teniendo en cuenta la distancia a los servicios más cercanos, los pequeños se van al hoyo y los grandes sobreviven», refuta la que también volverá a sentarse en el sillón de la Alcaldía de San Pelayo (54 empadronados).

Ella tira de normativa europea y de informes contra la despoblación del medio rural para justificar su posición. Él, de matemática lineal. A mayor censo, mayores ayudas. Eso sí, el octogenario cree que tendrían que desarrollarse leyes para favorecer a los enclaves con menos habitantes para que, por ejemplo, los trámites para construir una vivienda no tengan los mismos costes en Nueva Villa que en Medina del Campo, su cabecera comarcal.

En este sentido los pasos de los dos ediles sí parecen más acompasados. Porque también Virginia defiende que no se meta a todos los núcleos en el mismo saco. «Tenemos muchos pequeños municipios y pocas grandes ciudades pero los plazos administrativos son los mismos para San Pelayo que para Madrid y eso es intolerable».

«No pedimos una varita mágica, sino acciones simplísimas», añade al respecto la regidora de la localidad de Montes Torozos. «Pero los de arriba se callan porque no miran por los pueblos. Dicen que sí, pero es mentira», apostilla el del municipio enclavado en Tierras de Medina.

Si es tarde o no para revertir la despoblación del medio rural depende del hoy y del mañana, de potenciar las bondades de residir en un pueblo, sin aspirar a lo que nunca fueron, aseguran. «Cuando yo nací Nueva Villa tenía el doble de gente». «San Pelayo siempre ha sido pequeñito, tenía 150 habitantes cuando nació mi abuela».

En el primer caso, el colegio se cerró hace dos años «porque las madres decidieron llevar a sus hijos a Medina». La treintañera saca punta a la expresión con un alegato feminista: «¿Sólo las madres?». La pregunta queda en el aire. En el segundo caso, la escuela se clausuró en 1971, «con quince niños que tuvieron que desplazarse a Torrelobatón».

Para buscar razones que justifiquen el éxodo a las ciudades, sobre todo Virginia ahonda en el ayer. Cree que el modelo de país impulsado por el Estado, con el foco de desarrollo centrado en la industria de Madrid, Barcelona o el País Vasco gracias a «la mano de obra barata llegada desde los pueblos», cavó la tumba de los pueblos.

Sin olvidar que «culturalmente se ha asociado lo urbano con lo moderno y lo rural con lo cateto». «A la generación de mis padres le vendieron el traslado a las capitales como una vivencia forzosa. Pasado el tiempo, con la ausencia de servicios, vivir en un pueblo se ha convertido en un acto de militancia». Rufino apoya su tesis. Parece que sus caminos siguen convergiendo. Porque dos de sus seis hijos fijaron su residencia en Medina del Campo y «hoy por hoy se han dado cuenta de que aquí se vive muy bien». Otro está en Madrid. Pero a él no le gusta ir. Le alimentan más sus raíces.

¿Hay viviendas para poder regresar? En Nueva Villa sí. «Cuatro o cinco en venta de particulares», calcula el alcalde antes de explicar que la antigua casa del maestro la tienen arrendada y otra municipal se la han cedido sin coste a un farmacéutico de Salamanca para poder disponer de botica en el pueblo. «Le pagamos las facturas para que la tenga abierta de lunes a viernes y la gente está encantada».

«Eso es más de izquierdas que de derechas», bromea Virginia. Ella no reside en el municipio del que es alcaldesa. Acude a diario pero allí no duerme. No puede porque no hay inmuebles disponibles a un precio razonable, así que recurre a la casa familiar. «Hay más gente que quiere venir a San Pelayo y no puede porque en un pueblo pequeño no hay ley de la oferta y la demanda; cuando una familia hereda quiere vender cara la casa y, si no, la dejan ahí».

Por eso Virginia confía en desbloquear esta legislatura uno de los proyectos estrella que no ha podido materializar en sus primeros cuatro años de gobierno: subastar parcelas municipales para facilitar la construcción de residencias unifamiliares, sin que se eleve tanto el precio de transacción que resulte inviable.

Sentados uno junto a otro, los dos políticos también comparten la idea de que las distancias en la actualidad no son las mismas que hace décadas, y ambos potencian esta circunstancia para que se convierta en reclamo para captar vecinos. «Es que si me pongo malo...», escucha Rufino como excusa para no establecerse en Nueva Villa de las Torres. «De aquí al hospital de Medina hay diez minutos, menos de lo que tardan algunos de los que viven dentro del propio Medina», responde entonces. «No vienen a los pueblos pero se van a urbanizaciones en medio de la nada donde no conocen a nadie», añade en la misma línea Virginia como incongruencia del modelo residencial.

Pero el trecho que el alcalde del Partido Popular y la alcaldesa de Toma la Palabra recorren ‘de la mano’ es corto y pronto empiezan a distanciarse. «Es una pena que las líneas de autobús para llegar a las cabeceras vayan medio vacías», lamenta él. Y enseguida llega la réplica: «El problema es que se contrata a las grandes empresas de autocares. ¿Por qué no favorecen los taxis comarcales?». Ella misma, ante el silencio de él, reflexiona que tiene que ver con intereses políticos.

Rufino no entra al trapo, se define como «más tranquilo» y dirige la conversación a los logros obtenidos en sus años en el Ayuntamiento –32 como alcalde y otros doce como concejal–, como el asfaltado de las calles, la realización de una ronda para liberar la travesía del paso de vehículos pesados, la rehabilitación del Consistorio o la depuradora.

Virginia, que lleva una legislatura como regidora, trata de proponer alternativas a los modelos impulsados hasta ahora y critica que cada pueblo «saque pecho» de lo que tiene para ver «quién es mejor» cuando, en su opinión, habría que apostar por las comarcas para que los pequeños «no se vayan al garete». Ella quiere romper con el continuismo. Él no comulga con esa rebeldía.

La división de pareceres no cesa. «Tenemos piscina y en verano viene todos los días un autocar que trae a los vecinos de Castrejón por un euro», ensalza él como símbolo de revitalización. Pero enseguida llega la réplica: «A nosotros también nos llevan y no lo quiero; quiero un autobús al centro comarcal para cubrir las necesidades básicas de quienes viven allí todo el año, no un servicio para los veraneantes».

«Aquí tenemos todos los servicios cubiertos: hay médico todos los días, pabellón, una tienda del Comercio Rural Mínimo», continúa Rufino. Y Virginia le interrumpe. «Fue Izquierda Unida quien propuso el Comercio Rural en la Diputación y quien forzó al PP a ponerlo». «Lo importante es pedir. Un alcalde que no pide, no es alcalde», zanja el regidor de Nueva Villa.

Sobre la mesa surge entonces la duda sobre si el color de un Ayuntamiento influye a la hora de obtener financiación de la institución provincial. «Yo no he visto nunca favoritismos», aclara rápido Rufino, que comparte las mismas siglas que los últimos gobiernos de la Diputación.

«Para cosas ordinarias o de baremos la de Valladolid es una de las diputaciones más transparentes, pero hay mucho compadreo», se apresura a explicar Virginia, en las siglas opuestas. Cree que la consigna de funcionamiento es ‘Si me das esto, yo no molesto’ y, aunque aclara que «no es que otorguen ayudas a discreción», es habitual «pasar por los despachos a pedir» y «a quien no les sigue el rollo les cuesta más esfuerzo que a otros». «Tonto el último, el que no llora no mama».

Ella tiene claro que el papel de las Diputaciones es prescindible y que los ayuntamientos deberían recibir fondos de manera directa, sin ese filtro. «¿Es normal que tengamos que hacer una plaza en tres fases? ¿No sería más barato hacer una sola licitación, comprar a la vez todos los materiales y ejecutar entera la obra?», critica la de San Pelayo.

El de Nueva Villa ni le da la razón ni le contradice sobre los proyectos por etapas. Simplemente no concibe la supresión de la Diputación. La siente como la casa donde están todos los pueblos.

Mientras dura el encuentro con el alcalde de mayor edad de la provincia y la alcaldesa más joven, la pantalla del smartphone de Virginia no para de encenderse. No interrumpe la conversación porque no tiene sonido. Pero está pendiente en todo momento de las notificaciones. Imposible contar las veces que lo ha desbloqueado. «Tenía que firmar unos documentos», justifica ante el trajín.

Rufino también se ha acostumbrado a la firma electrónica, pero no lleva encima su móvil. De hecho aclara que sólo lo utiliza para temas del Ayuntamiento. Como mucho para contactar con la familia. Pero sólo llamadas. De redes sociales ni hablamos, según confirma su nieto Álvaro, que se ha presentado como número dos en la lista que encabeza su abuelo y que le acompaña en esta jornada.

«Eso en mi pueblo no está bien visto, ¿eh?», les increpa en tono irónico la de San Pelayo. Y de nuevo queda constancia de lo alejados que se encuentran, pese a estar sentados al lado. Rufino cree que es difícil que en un pueblo alguien decida dar un paso al frente. Él comenzó en política porque le operaron de la cadera, le jubilaron con 42 años y tenía tiempo libre. «Sigo porque cuando vienen elecciones pregunto al pueblo y, si me dicen ‘ponte’, pues adelante». Por eso considera que no se ha aferrado al cargo, sino que le han perpetuado.

Virginia se presentó a la Alcaldía con 26 años movida por su inquietud. «Pedíamos cosas en el pueblo y no nos hacían caso, así que di un paso por responsabilidad». También cree que encontrar un sucesor en un pueblo pequeño es más complicado y por eso flexibiliza la limitación de mandatos, aunque remarca que «hay que colectivizar proyectos» y evitar que se personalicen, porque entiende que, como en la vida, «nacemos, crecemos y morimos».

La bienvenida fue cordial y también la despedida. Que estén en las antípodas no implica que no respeten las posiciones que les alejan. Y en el fondo Virginia sueña con que a la edad de Rufino ella también pueda juntarse en el pueblo, como hace él, con sus hijos y sus nietos.

Él vuelve al Ayuntamiento, apoyado en su bastón. Ella toma el coche para regresar a San Pelayo. Con una tarea pendiente. Reencontrarse en las fiestas de sus pueblos para bailar juntos «un pasodoble como Dios manda».

 

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