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EL SIGLO DE DELIBES

Ámbito atribulado

Aquella década sombría y pazguata, que trenzaron los cuarenta con vicios privados, golpes de pecho ostensibles y atronadores desfiles callejeros, apenas iluminó sus tinieblas con la luz de algunos versos sonoros y rotundos, como los dedicados a nuestra tierra por su recluido poeta Francisco Pino

ERNESTO ESCAPA ERNESTO ESCAPA
11/06/2018

 

EN LA ISLA DEL DIABLO

En aquella atmósfera de atónito silencio, percuten las apelaciones lejanas y angustiadas de Max Aub:
¿Dónde estás, España? Monte, río, meseta…
¿Dónde estás, España? Viejísima meta.
¿Dónde estás, España? Cresta desierta.
¿Dónde estás, España? Siempre, siempre España.
Este llano, León. Esta aguanieve, Ávila.
Aquel alto, Burgos. Ese albor, Medina…

Son años que acumulan en estratos rigurosamente incomunicados biografías estragadas por la represión. El sibilino policía vallisoletano Pedro Urraca Rendueles (1904-1989) actúa en Francia y al cobijo de la Gestapo nazi como jefe de una banda dedicada a la caza y despojo de relevantes republicanos exiliados, a quienes, una vez desplumados de dinero y joyas, conduce hasta la frontera para su entrega a Franco, preparados para su fusilamiento. Es el agente 447, que trae al presidente catalán Companys, al cuñado de Azaña Cipriano Rivas Cherif, al ex ministro Zugazagoitia y a otros cuantos dirigentes republicanos. También dirigió la caza y entrega en Francia del jefe de la resistencia Jean Moulin (1899-1943).

Cipriano Rivas Cherif (1891-1967) salvó la vida por la presión internacional, incluida la muy relevante de la Iglesia francesa. Fue detenido por Urraca el 10 de julio de 1940 en Pyla-sur-Mer, cerca de Arcachon, y llegó a coincidir con Zugazagoitia y Companys en los calabozos de la Puerta del Sol, de donde salió para recibir su condena de muerte el 21 de octubre, conmutada dos meses después por 30 años de cárcel, de los que cumplirá un lustro de pesadilla en el penal de El Dueso, que entonces se conocía como la Isla del Diablo. En aquel lugar maldito, al que llega el 23 de septiembre de 1942 después de meses de turismo carcelario, recupera el espíritu maltrecho del Teatro Escuela de Arte que fundara en 1933 en el María Guerrero.

Gracias a Juan Sánchez Ralo, alcaide del penal amante del teatro y a la pasión por aprender de sus compañeros de presidio, pone en marcha el Teatro Escuela en El Dueso, que cotiza para la redención de penas por el trabajo. Y en aquel ambiente sin más control que el político, incorpora los hallazgos de su sueño escénico, como la Cúpula Fortuny, un sistema de luz indirecta para dar la impresión de luz natural, que su equipo construye con planchas de metal blanco. Pero en marzo del 44 trasladan a Sánchez Ralo a Talavera y llega a El Dueso Justo Herráiz, «el cojo maldito», quien aprovecha el envío ingenuo de un par de fotos de los montajes a O’Neill para robarle la pluma a Rivas y componer una respuesta suya apócrifa «como hermano moro» (moro por cherif), rehusando un ofrecimiento subversivo contra Franco.

Aquel 6 de febrero de 1945 cesó toda actividad teatral y Rivas fue sometido a un encierro aislado dentro del penal. Durante esos once meses le destruyen a martillazos su cúpula Fortuny y él aprovecha para escribir más que nunca: poesía, teatro, memorias y algún texto narrativo. Allí lo retrata en 1946 Santiago Montes Languas, adornado con abrigo diplomático y un libro con el dedo marcando su punto de lectura. El cuadro puede verse en el museo de Santander. El 18 de enero de 1946 recibió en El Dueso su “certificado de libertad definitiva”, pero no pudo salir hasta el 16 de marzo en dirección a Madrid, donde lo persigue con inquina el inspector Madroñal, de la brigada político-social. Esos dieciséis meses en el Madrid ceniciento de mediados de los cuarenta vivirá acuciado por las delaciones intestinas y perseguido por los malentendidos del exilio. En septiembre de 1947 embarca en Cádiz para sus veinte últimos años de exilio americano.

COLA DE CATÁSTROFE

Incluso un intelectual de acreditada trayectoria como Narciso Alonso-Cortés (1875-1972), a quien la guerra fratricida cobró el tributo de un hijo asesinado en Paracuellos, director de libros convertidos en manuales para los bachilleres de todo el país, tuvo que pasar por las horcas caudinas de la depuración, a causa de su militancia republicana en las filas de Lerroux. Previamente, había presidido la organización vallisoletana de la Agrupación al Servicio de la República, creada por Ortega, Marañón y Pérez de Ayala, en la que también participó Antonio Machado, que le había dedicado un poema para frontispicio de su libro Árbol añoso (1914). Alonso-Cortés iba a ser uno de los académicos elegidos durante la etapa intervenida de la Academia de la Lengua (1939-1947), aunque es preciso matizar que en su caso lo respaldaba el prestigio de su trayectoria intelectual y no la camisa azul ni los escapularios falangistas, como el ministro Sánchez Mazas y Eugenio Montes. Después de agavillar todas las academias en el Instituto de España promovido por Eugenio D’Ors (8 de diciembre de 1937), que requería un nuevo y estrafalario juramento de los académicos presentes en territorio nacional, Ramón Menéndez Pidal, que la dirigía desde 1925, cesó de su responsabilidad en 1939. Aquel mismo diciembre fue elegido director José María Pemán, en una sesión presidida por Franco. Pero Pemán, miembro de varias academias, no mostró el suficiente entusiasmo en la de Jurisprudencia al referirse a Calvo Sotelo como precursor del Movimiento Nacional, y fue destituido el 23 de julio de 1940, sustituyéndole Rodríguez Marín hasta su reposición en 1944, antes de proceder a la normalización en 1947, con la reelección de Menéndez Pidal. Entre medias, un decreto de 5 de junio de 1941 declaraba obligatoria la expulsión de 6 académicos electos por desafección al franquismo, que ni olvida ni perdona. Integraban la lista Niceto Alcalá Zamora, Blas Cabrera, Ignacio Bolívar, Tomás Navarro Tomás, Enrique Díez Canedo y Salvador de Madariaga. En un gesto de dignidad corporativa, la academia no expulsó a nadie ni cubrió sus sillones vacantes, provocando en los electos azules la mala conciencia de suplantadores, que llevó a Sánchez Mazas a no leer nunca su discurso de ingreso y a Montes a posponerlo hasta el fallecimiento de su conmilitón vigilante. Sólo Madariaga sobrevivió a la purga para leer su discurso de ingreso en mayo de 1976, una vez muerto Franco. En la imagen de ingreso de don Narciso, para ocupar el sillón B entre Ricardo León y el lingüista vallisoletano Emilio Alarcos Llorach, le acompañan el director Pemán y su promotor Ángel González Palencia (1899-1949), catedrático en la universidad de Madrid y firmante con su colega Juan Hurtado (1875-1944) del manual de Historia de la literatura española más obtuso de aquel tiempo, sometido a escarnio intelectual. La pareja se conocía como los Juanitos y fue objeto de bromas y descalificaciones satíricas por Pedro Salinas, Francisco Ayala o Ramón Carnicer.

Otra aventura intelectual de aquel tiempo fue la protagonizada por el filósofo vallisoletano Julián Marías (1914-2005), nacido en el número 8 de la calle Colmenares, cuya madre era descendiente de la heroína liberal Mariana Pineda (1804-1831). Marías confiesa en sus memorias cómo su madre fue pretendida por uno de sus vecinos Delibes de la generación anterior al novelista, para acabar casándose con el apoderado de la banca Jover y padre del pensador. Su travesía en soledad por la etapa más hosca del franquismo produce sensación de escalofrío. Sobre todo, después de comprobar su juvenil protagonismo republicano como estudiante en ‘la mejor Facultad de Europa’, con Ortega, Zubiri, Besteiro y Morente. En 1933 participó en el crucero estudiantil por el Mediterráneo, que relataría un año después en Notas de un viaje a Oriente. Hubo un concurso para los participantes que ganó su amigo Carlos Alonso del Real y los textos se recogieron en el volumen Juventud en el mundo antiguo (1934). El barco partió de Barcelona, visitando Túnez, Malta, Egipto, Israel, Creta, Turquía, Grecia e Italia. También participaron en aquel viaje los estudiantes Vicens Vives, Díaz-Plaja o Salvador Espríu, junto a los hijos de Ortega, de Marañón, de Menéndez Pidal y la hermana de Lorca.

Pero no fueron las de Marías unas memorias a la altura de su recorrido vital. Al contrario, quedan como un desmedido y desafortunado desahogo. Le pesaba en exceso el reconcomio hacia quienes optaron con decisión por el exilio y su empeño tenaz en desmentir el erial de la España interior. Una y otra actitud se reflejan tanto en su Diccionario de literatura española (1949), donde aplicó el barrido de nombres inconvenientes para el Régimen, como en afirmaciones que evocaban la España de 1960 con su sociedad «bastante bien orientada, mejor que ahora».

Pero ni siquiera estos deslices deben empañar su trayectoria cívica e intelectual. Porque hubo un tiempo en que el filósofo Marías agitó pasiones incontroladas. Más tarde, se incorporó a la docencia americana, fue senador real y el primer hispanohablante del consejo pontificio creado por Juan Pablo II. Afinidades que lo relegaron del aprecio de los jóvenes cuando en España se instaló la libertad. Su hijo el novelista Javier Marías avivó las brasas de aquella remota ignominia publicando en Tu rostro mañana (2002) los nombres de los delatores que lo metieron en la cárcel en 1939 y le arruinaron para siempre la posibilidad de una vida académica en España. Fueron los más tarde catedráticos complutenses Carlos Alonso del Real y Julio Martínez Santaolalla. Alonso del Real había sido íntimo amigo de Marías y con el tiempo se convertiría en letrista de ripiosos himnos falangistas: Voces que anuncian pregoneras / nuestra Revolución. / Tierra durísima, / tus combatientes ejemplo son; / siempre en combate fortísimo, / por la Revolución. Por su parte, Santaolalla fue el arqueólogo de los nazis y cicerone de Himmler durante su estancia española de octubre de 1940. También ayudó en la persecución el novelista y censor vallisoletano Darío Fernández Flórez (1909-1977), autor de Lola, espejo oscuro (1950). La denuncia no fue una broma porque Marías había sido colaborador de Besteiro en el último suspiro republicano de Madrid. Así que le tocó pasar quince meses a la sombra y arrastrar aquel estigma en los años más inclementes de posguerra. Sobrevive traduciendo y publicando a marchas forzadas. En 1941 ve la luz Historia de la Filosofía, que se convierte en un éxito irritante para sus colegas. En 1942 el fascismo eclesiástico aprovechó que estaba a sus anchas para suspenderle la tesis doctoral. Es el único caso de esta especie en la historia universal de la infamia. Nunca más se ha suspendido una tesis doctoral a nadie. Sólo Morente, que presidía el tribunal, votó a su favor. Firmaron el suspenso el dominico Barbado, Vela Utrilla y el pedagogo Víctor García Hoz. Resarcido en 1951, siendo decano Sánchez Cantón, cuando finalmente la universidad le abrió las puertas, se mantuvo alejado a causa de su rechazo a pasar por la depravación de acreditar su adhesión al Régimen. Puso en marcha Aula Nueva, con Soledad Ortega, y más tarde el Instituto de Humanidades, con su padre. En 1964 accedió a la Academia, donde nueve años más tarde recibió a Miguel Delibes. Quien nunca ingresó en aquella corporación fue Jorge Guillén, uno de los más altos poetas del siglo. En su primer retorno a Valladolid del verano de 1948, para despedirse de su padre, resumió mejor que nadie los tropiezos de la catástrofe silenciada:

Fracasó la monarquía,
ay, fracasó la república,
fracasó toda la historia
de España en aquella furia
final. ¡Oh, guerra civil
en demoniaca yunta!
quedó, cola de catástrofe,
un rastro de dictadura.

 

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