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Un ahorro del 75% si separamos la basura

La mitad de los vallisoletanos no clasifica sus residuos, generando un gasto evitable en la planta de tratamiento

ESTHER NEILA / VALLADOLID
12/03/2018

 

Una monda de naranja, la tapa de un tarro de nocilla, restos de una servilleta grasienta, un yogur, trozos de cartón, una hoja seca. El popurrí desfila por la cinta de separación de residuos. Suena clin, clin, clin. «¿Oyes eso?», pregunta Javier Ruiz Monge, responsable de Tratamiento y Eliminación de Residuos del Ayuntamiento. «Son trozos rotos de vidrio que no tendrían que estar ahí». La estampa revela lo mal que separamos las basuras.

¿Cuál es el nivel de dejadez de los vallisoletanos? «El mismo que el del resto de los españoles», responde. El principal problema no es tanto que cometamos errores con algunos residuos –que también–, sino que «muchos desaprensivos» siguen haciendo una única bolsa de basura en su casa y la tiran «en el primer sitio que ven». Calcula que en torno a la mitad de la población no separa. Y eso que la primera razón para clasificarla es «que es obligatorio». «Como no está penalizado, la gente piensa que es voluntario», lamenta.
Esa negligencia ciudadana tiene un coste. Medioambiental, por descontado. Pero también económico. El Centro de Tratamiento de Residuos Urbanos de Valladolid, situado pegando a Zaratán, nos cuesta 480.000 euros al año. Es el canon que paga el Ayuntamiento a la adjudicataria de la explotación. Pero ese servicio sería un 75% más barato en el idílico supuesto de que toda la población dividiese su basura en condiciones.
«Pensamos que el reciclaje es una cosa de los ecologistas, un reivindicación medioambiental de cuatro salvaballenas», reflexiona el responsable municipal. «El medio ambiente hay que traducirlo a dinero;si no, la gente no se lo cree», apostilla. Considera que la vía de la concienciación «hay que mantenerla, sí, pero está agotada». Hay que recurrir a «medidas económicas» para implicar al ciudadano en esta responsabilidad colectiva.

Las directivas europeas están encaminadas precisamente a implementar políticas fiscales y tarifarias que premien al buen reciclador frente al incumplidor que, por vagancia o escudándose en la falta de espacio de la cocina, se salta a la torera la división de sus desechos.

Ese ‘disparo’ al bolsillo puede realizarse de dos maneras. A través de gravámenes municipales. O directamente penalizando o premiando al propio contribuyente, una vía ya implantada, por ejemplo, en algunos cantones suizos (donde los ciudadanos pagan una tasa cada vez que compran las distintas bolsas de basura reglamentarias) o en algunos municipios del País Vasco, donde la apertura del contenedor se realiza mediante una tarjeta individualizada.

En todo caso, resulta crucial el papel de las administraciones, que tienen que facilitar la tarea para «que sea más cómodo hacerlo bien que mal», opina Ruiz. Repartir cubos de basura –como hace unos años hizo el Ayuntamiento de Valladolid– con dos departamentos para encajar sendas bolsas es un paso. Proporcionar una información clara y unívoca, otro. Y aquí queda mucho por hacer.

La concejala María Sánchez asume la responsabilidad municipal. «Hay que analizar todo en su justa medida, ver qué hace el ciudadano y ver qué hace también la administración», admite la edil al reconocer que desde el Consistorio vallisoletano hace mucho tiempo que no se hacen campañas. También admite que las indicaciones pueden resultar «confusas».

En la actualidad, varios proyectos están encaminados a corregir la mezcolanza de residuos. Por ejemplo, recientemente se ha aprobado un nuevo diseño para las pegatinas de los contenedores, más sencillas, que dividen los restos con una simple dicotomía:o son ‘orgánicos’ o son ‘inorgánicos’.
Además, en los barrios de La Victoria y Huerta del Rey se instalaron el año pasado nuevos contenedores para la basura orgánica con una boca más pequeña, que impide la entrada de bolsas grandes donde todos los desechos llegan mezclados.

Según el responsable de Tratamiento y Eliminación de Residuos, esta medida «ha sido un éxito». El año pasado se ha logrado evitar que dos millones de kilos de basura mix se depositaran en los contenedores reservados para la orgánica. A medida que sea necesario renovar un contenedor, se irán sustituyendo por estos ejemplares de boca reducida en todos los barrios de la ciudad.

Durante toda la noche y todo el día, los camiones llegados de Valladolid y provincia vuelcan sus remolques en el CTR. Yaquí, por tandas, comienza la criba de residuos.

Las instalaciones constan de tres líneas para dividir los desechos. Primero pasan por una suerte de tambor de lavadora gigante, de doce metros de longitud y tres de diámetro, que discrimina los restos más pequeños. Luego, los trabajadores realizan una segunda separación manual.

Lo último es embalar los restos separados. Y distribuirlos en función de su destino. Con la materia orgánica se producen lotes de compost. Los paquetes de briks van por un lado. Las botellas de plástico, por otro. Estas balas se venden a Ecoembes (la entidad sin ánimo de lucro creada por los envasadores, llamados por ley a responsabilizarse de los residuos que generan). Y se tarifican al peso, de ahí el interés de los productores por fabricar envases cada vez más ligeros.

Lo mismo sucede con los paquetes de vidrio, que son comprados por Ecovidrio. En ambos casos, la labor de separación se ve recompensada con ingresos para las arcas públicas. «Lo que se separa tiene coste cero para el Ayuntamiento», precisa. Cosa que no sucede con los desechos que no se pueden aprovechar. «Los envases tienen dueño, mientras la materia orgánica es huérfana», indica Javier Ruiz.

¿El reciclaje comienza en el supermercado?Mucho antes: lo empieza el señor que hace alimentos, diseñando un embalaje que genere menos residuos. Y que impida el derroche alimentario, dice al recordar que los envases, ademas de proteger el producto y hacerlo más atractivo para su venta, tienen otras funciones, como dosificarlo y albergar información del producto.

Una visita a las instalaciones permite echar por tierra esa leyenda urbana de que todos los residuos acaban en el mismo sitio. No es verdad. Los desechos de cada contenedor se vuelcan para su procesado por separado. Los incrédulos pueden solicitar una visita a la planta y comprobarlo con sus propios ojos. Y no se preocupen por el olor, que no es para tanto. Al menos en días de viento como los de esta semana.

 

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