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UN HOMBRE / UN LIENZO / JOSÉ SÁNCHEZ CARRALERO

«El paisaje me habla como una brisa y con voz femenina me dice: “Poséeme, te estaba esperando”»

JAVIER PÉREZ ANDRÉS / VALLADOLID
09/02/2019

 

Berciano de Cacabelos de la quinta del 42. Desde muy niño se le iban las manos a los papeles. La constancia le permitió llegar a recorrer un camino que muchos abandonaron a la mitad. Media vida enseñando a pintar. Ha creado escuela desde su cátedra de la Universidad Complutense. Carralero ha dedicado tantas horas a enseñar como a pintar. Es de los que llevan el caballete en el maletero y le sigue inspirando hacerlo a pie de paisaje. Un pintor debe pisar, ver y estar, y no dejarse ayudar por la foto porque envicia. No es ni realista ni abstracto, es de ambos. Asegura que hay paisajes que le hablan y que una voz interior se le insinúa para que los pinte. Muchas de sus obras cuelgan todo el año en diferentes salas participando en exposiciones propias o colectivas. Fue el primer galardonado con el Premio Castilla y León de las Artes en 1984. El paisaje marca su pintura y le compaña en una viaje sin final.

Pregunta.- ¿Pintor por qué?

Respuesta.- Soy de una familia de ocho hermanos y tuve que empezar a trabajar muy jovencito y unir mi ambición de estudiar con el trabajo en una oficina. Pero la monotonía me hizo pensar que ese no era mi porvenir. Entonces me lancé a la aventura de formarme y la cosa me salió bien.

P.- ¿De niño apuntaba maneras?

R.- Sí. Aunque se me daban mejor las matemáticas, pero la mente es adaptable. Pero sí, tenía habilidades. Madrugaba mucho para pintar sobre los azulejos.

P.- Mediados de los 60. Escuela de Artes y Oficios en Madrid. Logra un premio extraordinario de dibujo. ¿Qué es lo que dibujaba entonces?

R.- Dibujaba sobre modelo de estatua, de un metro de altura, que es en lo que consistía aquel ingreso en Bellas Artes. El año que yo entré, entramos un 10%, era muy duro entonces. Más tarde, en la Escuela Superior de San Fernando, en Madrid, fui un alumno bastante disciplinado. Pensaba que había que formarse, aprender y meterme mucho en los museos e iba mucho al Prado.

P.- Pero años después, cerca de los 80, le nombran Catedrático numerario de Paisaje en la Universidad de Barcelona. ¿Es aquí donde entra el paisaje en su vida y obra?

R.- Cuando hacía Bellas Artes fui a la asignatura de Paisaje que era del último curso. Lo veía como algo secundario, pero tuve una opinión que me dio el entonces catedrático Martínez Díaz, que me dijo: “Se nota que sabes que te lo sabes”, y fue como un tirón de orejas. A partir de ahí, empecé a enamorarme del paisaje sin desdén de la figura y empecé a sentir, por apoyo de este catedrático, que el paisaje era importantísimo para la formación del pintor.

P.- ¿La docencia le sigue robando tiempo?

R.- En parte sí. Dirigí cursos de Becarios del Paisaje del Paular, en Segovia. Después, me llevé alumnos a Marruecos y, más tarde, los aterricé en Cacabelos los veranos. Más tarde, fundé los cursos de Albarracín hasta que ya me cansé y dejé a ex alumnos míos que siguieran con ello. Últimamente el curso superior de Pintura de Paisajes en Carracedo lo dirige Macarena, que es mi actual mujer. Pero sigo estando ahí.

P.- ¿Mar en su obra?

R.- Muy poco.

P.- ¿Y retrato?

R.- Bastante.

P.- ¿Autorretratos?

R.- Sí y dicen algunos que muy bien, no todos.

P.- ¿Realista o abstracto?

R.- Ni una cosa ni otra, sino las dos. Esa frontera no la comparto, es decir, yo siempre defiendo que la verdadera abstracción es una síntesis de la realidad. Todo buen cuadro tiene una buena organización abstracta. Las Meninas de Velázquez es un cuadro de una realidad abstracta maravillosa y, sin embargo, es realista.

P.- ¿Pintar desde el estudio con una foto o pisar territorio?

R.- No tengo nada en contra de la foto, pero ha enviciado mucho la comodidad de muchos pintores. Pintan un paisaje nevado desde una foto o un proyector sin las manos ateridas. Hay que ver el paisaje, hay que vivirlo, hay que sentirlo, porque hay algo que tiene que ser conducto de la propia naturaleza y la foto no tiene la culpa, pero hay muchos pintores acomodaticios que hacen que sea una pintura bonita.

P.- Urueña en Valladolid aparece en su biografía reciente…

R.- Bajaba del Bierzo una y otra vez y veía la muralla, pero nunca entraba, hasta que un día, mi coche se metió en una carretera secundaria y llegué hasta la ella. Era espectacular. Siempre cuento que hubo una brisa que me hablaba con voz femenina y me decía: “Poséeme, te estaba esperando”. Lo curioso es que, años después, me encargaron un cuadro para las Cortes. Entonces, empecé a dar vueltas, volví a la muralla de Urueña y tuve la misma sensación de “poséeme”.

P.- ¿Cuadros grandes por qué?

R.- No lo sé. Los cuadros grandes son generados por sus padres, que son apuntes pequeños. Un cuadro grande requiere pensarlo más para no perder el sentido de la espontaneidad, de la emoción, etc., y que no se imponga a la racionalización. Hay cuadros pequeños que son magistrales como, por ejemplo, El Tránsito de la Virgen de Mantegna, y otros grandes magníficos también.

P.- Se debate mucho sobre las humanidades, en la formación cultural de las nuevas generaciones y el impacto de las nuevas tecnologías, ¿qué piensa?

R.- En este momento tiene sus detractores, que son los cazadores de la ocurrencia. No estoy en contra de las tecnologías y los nuevos materiales, pero creo que la pintura siempre existirá como un arte permanente de expresión, en contacto directo con la naturaleza, con el paisaje y con el ser humano. La pintura tiene sus altibajos por razones especulativas que se mezclan con lo que llaman cultura, pero siempre estará ahí. Las tecnologías son medios para manifestar aspectos creativos, no se puede negar, pero la técnica natural de la pintura sigue siendo una necesidad que jamás se perderá. Las modas van y vienen, y la pintura no debe ser su víctima porque el estilo es lo que surge del comportamiento natural del paisaje.

P.- ¿Cómo ve el momento actual de la pintura en Castilla y León?

R.- No sabría decir. En Castilla y León la pintura, como en todos los sitios, es producto de todos los cambios y de la situación que se vive.

P.- ¿Qué obra, lienzo, paisaje o lugar, le queda por pintar?

R.- No me planteo grandes cosas. Tengo abocetadas las cuatro estaciones en El Bierzo, además de dos bocetos del interior de la catedral de León sobre el efecto de la luz en las vidrieras en lienzos de cuatro metros que me dicen: “¡Arranca ya!”.

 

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