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La universidad en la era digital

 

EL CAMBIO DE siglo y de milenio ha deparado también un nuevo período de desarrollo social y humano, la era digital. Los vertiginosos cambios a los que se está enfrentando la humanidad en las últimas décadas plantean una serie de nuevos retos, que a todos nos afectan en nuestra vida diaria, a nivel personal, social, empresarial e institucional.

La era digital está transformando nuestras vidas, no hay duda. Vivimos pegados a un Smartphone o un iOS, nos relacionamos por WhatsApp, nos informamos por alertas y prensa digital, trabajamos con dispositivos móviles, conducimos vehículos con ordenadores y nos bajamos Apps para momentos de ocio. Los portátiles y las tabletas se han convertido en parte del mobiliario doméstico y laboral y parte fundamental del equipaje para viajar. Y ahora también nos formamos y nos reciclamos online.

En el reciente Mobile World Congress de Barcelona hemos escuchado decir a Mark Fields, presidente de Ford, que los vehículos sin conductor los veremos por nuestras carreteras en una década; a César Alierta, presidente de Telefónica, que la industria digital es una parte fundamental del actual crecimiento económico mundial; a Mark Zuckerberg, el creador de Facebook, que todo el mundo merece acceso a internet; o a la patronal de las operadoras de telecomunicaciones (GSMA) que tres cuartas partes de la población mundial tendrá un móvil en 2020. La era digital extiende su manto de influencia sobre todos nosotros. Ineludiblemente, los retos que plantea el uso intensivo de las TICs, el aprovechamiento de los avances tecnológicos requiere de decisiones muy meditadas y a la vez ágiles basadas en el análisis de datos, pues no hay tiempo que perder.

Internet, las redes sociales, la tecnología están globalizando el mundo y, cómo no, también la enseñanza superior, las universidades. El funcionamiento del Sistema Educativo Español, y por tanto el de Castilla y León, se rige por los principios de calidad, cooperación, equidad, libertad de enseñanza, mérito, igualdad de oportunidades, no discriminación, eficiencia en la asignación de recursos públicos, transparencia y rendición de cuentas. Esta definición de la educación española se recoge en la Ley Orgánica de Universidades, que también define el Sistema Educativo Español como un conjunto integrado por todas las instituciones o agentes que desarrollan funciones de regulación, de financiación o de prestación de servicios para el ejercicio del derecho a la educación en España, así como por los titulares del mismo. Igualmente, se engloban también en este concepto el conjunto de relaciones, estructuras, medidas y acciones que se implementan con el objetivo de garantizar el ejercicio de este derecho.

Tratando de alcanzar los referidos principios y objetivos, la Universidad del siglo XXI no puede ser la misma que la del siglo XX. Castilla y León, entre otros retos a resolver a corto plazo, debe encarar con decisión política, responsabilidad económica, y el máximo acuerdo social posible los cambios profundos e imprescindibles para renovar el sistema de enseñanza/aprendizaje de nuestras universidades. Y hay que hacerlo cuanto antes, entre otras razones porque otros ya lo están haciendo. El Espacio Europeo de Educación Superior, al que pertenece nuestro sistema universitario, debe marcar el camino a seguir, Bolonia nos indica la dirección.

Pero para saber hacia dónde queremos ir, antes hay que conocer de dónde venimos. Actualmente, en Castilla y León hay ocho universidades presenciales y una universidad online, además de otras universidades a distancia que pueden operar en nuestro territorio. En total, once campus públicos (las nueve capitales de provincia, más Ponferrada y Béjar), cuatro campus privados (Valladolid, Salamanca, Segovia y Ávila) y un campus íntegramente virtual (La Universidad Isabel I). Estos datos dan cuenta del potencial universitario de la Comunidad que debemos aprovechar para hacer de la industria cultural y educativa un sector tractor de la economía regional, como los son la industria del automóvil o la agroalimentaria, y para retener y atraer talento que es otro factor estratégico para el desarrollo.

El futuro, no sólo del mundo académico universitario, está en la especialización, la innovación constante, la internacionalización y la colaboración y hacia ese objetivo deben aspirar profesionales, instituciones y empresas de todo ámbito. El Marco Bolonia ha variado sustancialmente, o al menos lo ha intentado, los procesos metodológicos. Hemos entrado, o deberíamos haberlo hecho, en una nueva etapa, principalmente debido a los avances tecnológicos, que permiten unas posibilidades que ni siquiera existían hace un par de décadas. El mundo avanza a un ritmo frenético y el sistema universitario tiene necesariamente que ir, al menos, a un paso similar. La universidad históricamente siempre fue a la vanguardia de la sociedad y en 2016 no podemos permitir que esta tendencia varíe porque ahora la sociedad muta y avanza a una mayor velocidad.

La globalización también nos obliga a un cambio de mentalidad, de cultura del profesorado y de la gobernanza universitaria. Se hace ineludible innovar, superar la burocracia, la endogamia, la apatía y la rigidez en el sistema de enseñanza superior, obligándonos a cambiar en una sociedad en constante evolución y asumiendo nuevos retos. Ahora el protagonista es el alumno, ahora hablamos de aprendizaje, cuando hace poco más de una década el protagonista era el profesor y hablábamos de enseñanza.

Los nuevos retos profesionales que requiere el mundo laboral, las empresas e instituciones, exigen a las universidades una profunda transformación en lo que se enseña y cómo se enseña. Hay que formar en conocimientos, sí pero más aún en competencias y habilidades profesionales, que es lo que necesita hoy en día una sociedad tan dinámica como ésta. Algunas de las profesiones que se requerirán en el horizonte de 2030 aún ni se conocen.

La necesidad de especialización es el lugar de encuentro para la mayor parte de los analistas y éste debe ser uno de los pilares de nuestro planteamiento de futuro. Las universidades de Castilla y León debemos tener cada cual nuestro ámbito de distinción, haciendo así más fructífera nuestra ineludible colaboración, pues hacer todos de todo nos va a perjudicar. En esa sincera filosofía de especialización, colaboración, innovación e internacionalización que expongo, cada cual debe aportar su experiencia, sus fortalezas, su talento y sus virtudes. Es momento de sumar sinergias, de trabajar juntos en determinadas áreas.

En el sistema universitario de Castilla y León es igualmente conveniente la especialización en las áreas científicas y en la metodología (presencial, semipresencial, online), debemos innovar en la investigación y en la docencia para poder transferir conocimiento a la sociedad y hay que seguir en la fundamental tarea de la internacionalización, coordinada a ser posible. Todo ello redundará en una dinámica de colaboración desconocida hasta la fecha en la enseñanza superior de nuestra Comunidad Autónoma.

¿Cuántos alumnos universitarios de Castilla y León se van a estudiar a otras comunidades e incluso a otros países, cuántos estudian en universidades online de otros territorios y cuántos alumnos de fuera atraen el conjunto de nuestras universidades? La respuesta a estos tres interrogantes debería hacernos reflexionar porque, mientras otros territorios rearman a sus universidades para competir en un mundo global, aquí seguimos mirando de reojo la raya que divide a las provincias de la Comunidad.

Recupero cuatro de los pensamientos que expresó José Ortega y Gasset hace más de ochenta años y que continúan plenamente vigentes en la era digital: «La universidad debe formar buenos profesiones, hombres y mujeres cultos; la cultura (también digital en esta era) es el sistema de ideas vivas que cada tiempo posee; las disciplinas y estudios deben ser ofrecidos en forma pedagógicamente racionalizada, de forma sintética, sistemática y completa; la universidad tiene que estar abierta a la plena actualidad, más aún tiene que estar en medio de ella, sumergida en ella».

La Universidad es, entre otras cosas, educación, inversión en capital humano, instrumento imprescindible para la formación, el desarrollo, el empleo, la libertad y la equidad en la sociedad del siglo XXI. Ese es el futuro sobre el que debemos trabajar. Como dijo Aristóteles hace ya algún tiempo: «Enseñar no es una función vital porque no tiene el fin en sí misma, la función vital es aprender».

 

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