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Tierra de orígenes, tradición y vanguardia

 

COMO NOS RECUERDA Gonzalo Santonja «Nada más desatinado, pocos clichés tan injustos, como el de esa identificación monocorde, cansina y repetitiva, de nuestra tierra, Castilla y León, con un espejismo de tradición que, supuestamente, negaría la vanguardia, ajeno tan mostrenco esquema a la cristalina evidencia de que, en literatura y arte, nada que en su tiempo fue de verdad vanguardia hoy deja de ser tradición».

Y es que en una época como esta, cuando se gastan energías en tantas querellas prescindibles, Castilla y León representa la tradición, sí, pero también la modernidad y aun la vanguardia. La imprenta, ese vehículo para la cultura, madre de la verdadera modernidad, entró en España por Segovia, donde el impresor Juan Párix estampó por encargo del obispo Arias Dávila el Sinodal de Aguilafuente hacia 1472, y también fue en Castilla y León donde se acrisoló la gramática en lengua romance, con la impresión salmantina de la de Nebrija.

Castilla y León ha sido (des)conocida a lo largo de la historia de la literatura como una región de secas y áridas letras, de escasa innovación y ruptura. La imagen tópica de los Campos de Castilla, de ese hombre –castellano- tradicional, duro y ajeno a los nuevos movimientos ha hecho mella en el imaginario colectivo y ha deformado nuestra identidad regional.

Imagen que tiene poco de cierto si tenemos en cuenta que Castilla y León fue origen y fuente de diversos movimientos artísticos y literarios de vanguardia que hoy estudiamos, como tradición.

Castilla y León ha sido y es vanguardia desde los Becerros de Valpuesta a la imprenta. ¿Dónde sino aquí nacieron el Cantar de Mio Cid, La Celestina, el Lazarillo o las Coplas de Jorge Manrique o la mística católica, con Santa Teresa y San Juan como cumbres? La lista de obras y autores decisivos sería interminable, revelándose especialmente abundante en el siglo XX: Soria de Machado, Gerardo Diego y Gaya Nuño; Segovia de María Zambrano, Antonio Machado y, por qué no, Jaime Gil de Biedma, que escribió la parte esencial de su obra en Nava de la Asunción; Zamora de León Felipe, Agustín García Calvo, Claudio Rodríguez; Salamanca de Unamuno, Carmen Martín Gaite y Aníbal Núñez; Burgos de María Teresa León y Eduardo de Ontañon; , Ávila de Claudio Sánchez Albornoz y Olegario González de Cardedal; Palencia de César Muñoz Arconada y Francisco Vighi; León de Victoriano Crémer, y Ramón Carnicer, Valladolid de Rosa Chacel, Jorge Guillén, Francisco Pino y Miguel Delibes.

Y a su lado se dio una ebullición de revistas literarias innovadoras, fenómeno inexplicablemente desapercibido, marginado de los manuales y de las historias de literatura y rescatado por la Junta de Castilla y León a través del Instituto Castellano y Leonés de la Lengua. Estas publicaciones marcaron la vanguardia, llevando a la calle y a las tertulias, en el papel nuestro de cada día, el aliento del futuro. Su florecimiento en Castilla y León no admite replica. Ejemplos como Parábola, en Burgos, Claraboya en León, El Cobaya en Ávila, La Cotorra en Soria, El Estudiante en Salamanca, Artesa en Burgos, Meseta en Valladolid, la página literaria del Diario Palentino o Manantial en Segovia, entre otras muchas constituyen pruebas mucho más que sobradas de que la socialización de las nuevas tendencias literarias encontró en nuestra tierra su lugar adecuado.

Tradición y vanguardia, cambio y continuidad. Castilla y León, región de los orígenes que desde el proyecto Atapuerca transforma el peso de su patrimonio en un recurso creativo para el futuro. Y es que resulta obvio que desde la inauguración del Museo de la Evolución Humana, Burgos y Castilla y León han experimentado un importante incremento turístico y todo ello en un contexto de extrema complejidad. Como también lo es que en el proyecto Atapuerca se ha conseguido, desde el consenso, aunar conjuntar esfuerzos y sumar voluntades en base a una temática universal en la que Castilla y León supone una clara referencia a nivel internacional.

Vanguardia, investigación y cultura como la mejor línea estratégica para reflejar una imagen distinta y atractiva de un territorio -referencia de los orígenes del hombre-, aprovechando así unos recursos que le diferencian del resto de Europa y del mundo y que son vitales para su posicionamiento en la percepción mental de nuestro público objetivo, entendido este posicionamiento como la singularidad que netamente distingue a nuestra Comunidad de las que plantean competencia como alternativa turística.

Desde esa perspectiva la actividad cultural constituye una verdadera palanca de desarrollo económico turístico y cultural para Castilla y León, territorio en el que la cultura, el patrimonio, el turismo y el deporte representan porcentajes superiores al 10% del PIB de la Comunidad y del empleo y las empresas asociadas a ellos suponen el 14% del total. Y donde uno de cada cuatro contratos laborales se formalizan dentro de estas ramas de actividad.

Socialización y evolución como concepto inspirador para nuestra tierra de los orígenes del español y del hombre, siempre a través de la cultura y de los espacios públicos. Y es que nunca debiéramos perder de vista que la cultura no sólo se justifica por sus efectos económicos, porque ello sería decir, parafraseando a Nuncio Ordine en La utilidad de lo inútil, que únicamente tiene utilidad y merece protección aquello que produce un beneficio económico inmediato, aplicando al arte y a la cultura una lógica apropiada a las mercancías: «Si dejamos morir lo gratuito, si renunciamos a la fuerza generadora de lo inútil, si escuchamos únicamente el mortífero canto de sirenas que nos impele a perseguir el beneficio, sólo seremos capaces de producir una colectividad enferma y sin memoria que, extraviada, acabará por perder el sentido de sí misma y de la vida. Y en ese momento, cuando la desertificación del espíritu nos haya ya agostado, será en verdad difícil imaginar que el ignorante homo sapiens pueda desempeñar todavía un papel en la tarea de hacer más humana la humanidad.»

Como recuerda la Convención de Unesco sobre la protección y la promoción de la diversidad de las expresiones culturales (2005), adoptada por España, “la cultura posee un gran valor en sí mismo, a la vez que desarrolla valores esenciales para una sociedad democrática como el conocimiento crítico, la memoria, y la creatividad”. En un contexto de incertidumbre, la cultura, entendida como el principal instrumento de la ciudadanía para comprender escenarios de transformación, toma un valor aún más determinante.

Los gestores culturales no podemos ni debemos, y tampoco queremos, renunciar a nuestra responsabilidad transformadora al servicio del bien común. Por eso tenemos que desarrollar, en palabras de Santiago Eraso, “una cultura de valores sociales” desde el desarrollo de todas aquellas actividades que, iniciadas en las bellas artes tradicionales, desde la complementariedad y la cooperación interdisciplinar, creen cada día más sociedad o lo que es lo mismo lazos perdurables entre los individuos.

En fin una cultura, al servicio de la construcción social donde la interacción con el conocimiento sea la llave para el desarrollo de los derechos fundamentales, y donde la experiencia vital de los individuos constituya el impacto social buscado por lo normativo, sin quiebras entre el espíritu y la realidad de las normas.

Una cultura, al fin, que huyendo de lo meramente, numérico nos recuerda su valor de proyecto en lo que nos une, que son nuestras señas de identidad, permitiéndonos así encarar el futuro desde la diferencia. O sea, nuestro camino, de la tradición a la vanguardia, en Comunidad.

 

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