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Una tierra de oportunidades

JUAN MARTÍNEZ MAJO JUAN MARTÍNEZ MAJO
14/03/2016

 

El preámbulo de la reforma del Estatuto de Autonomía, aprobada en 2007, recoge que «la Comunidad de Castilla y León surge de la moderna unión de los territorios históricos que componían y dieron nombre a las antiguas coronas de León y Castilla». Los castellanos y los leoneses, a lo largo de los siglos, «ofrecieron al mundo ejemplos de respeto y convivencia entre las culturas diversas que poblaban estas tierras, ejemplos afianzados a menudo en los Fueros Leoneses y en las costumbres y hazañas castellanas. Ya entonces, se pusieron los primeros cimientos de la organización municipal con documentos como el Fuero o Carta Puebla de Brañosera (siglo IX), que puede considerarse el municipio más antiguo de España; y ya entonces brilló con luz propia la defensa de las libertades cuando en 1188 se celebraron en León las primeras Cortes de la historia de Europa en las que participa en estamento ciudadano y en las que se documenta, como pacto entre el monarca y los estamentos, el reconocimiento de las libertades a los súbditos del reino».

Castilla y León, tal y como recoge el preámbulo, es la suma de dos identidades históricas pero, sobre todo, un proyecto de «convivencia entre culturas» que ha enriquecido a los ciudadanos que formamos parte de ella. «Castilla y León», prosigue, «ha forjado un espacio de encuentro, diálogo y respeto entre las realidades que la conforman y definen. Su personalidad, afianzada sobre los valores universales, ha contribuido de un modo decisivo a lo largo de los siglos a la formación de España como Nación y ha sido un importante nexo de unión entre España y América».

Somos, y en los últimos meses está muy vigente, un excelente espejo en el que mirarse para darnos cuenta que la diversidad nos diferencia, no nos separa. Hemos logrado, desde la aprobación del Estatuto de Autonomía en 1983, conformar una Comunidad Autónoma donde aunamos las potenciales de las nueve provincias con sus singularidades en un proyecto común.

Partimos, y es algo que he conocido en mis últimos años como Procurador de las Cortes de Castilla y León, cómo la Comunidad más extensa de España, con más de 94.000 kilómetros cuadrados, donde la distancia entre el punto más occidental al más oriental supera los 500 kilómetros. Esto provoca que tengamos una realidad poblacional marcada por la dispersión, con muchas unidades de población gobernadas en diferentes ámbitos administrativos, como ayuntamientos y juntas vecinales, algo que también nos hace diferentes a otras regiones españolas.

Somos la Comunidad Autónoma con más sellos de calidad en su sector agroalimentario, la referencia nacional en turismo de interior; la región con el mayor patrimonio arquitectónico y cultural de España, con ocho bienes Patrimonio de la Humanidad (la que más reconocimientos de la Unesco tiene en Europa), 12 catedrales y con la mayor concentración de arte románico del mundo, donde sobresale la denominada ‘Capilla Sixtina’ del Románico en el Panteón de los Reyes de San Isidoro en León.

El Camino de Santiago, de este a oeste, o la Ruta de la Plata, de sur a norte, nos vertebran, como lo hace ahora la llegada del tren de alta velocidad (AVE) desde Madrid a Valladolid, Palencia, León, Segovia, Salamanca, Zamora… pero también compartimos problemas como el envejecimiento, la despoblación, las dificultades de dotar de servicios de calidad a las áreas rurales por la dispersión y la diversidad geográfica.

El reto de las administraciones públicas, con la Junta de Castilla y León a la cabeza, es hacer creer a los ciudadanos que el proyecto común nos hará más fuerte. Es necesario afianzar un sentimiento de Comunidad que no está demasiado arraigado. Nuestro entorno rural, nuestra auténtica seña de identidad, requiere atención y soluciones, similares pero singularizadas que apuesten, sobre todo, por ofrecer una igualdad de oportunidades a todos los habitantes de Castilla y León.

Hay que buscarle un futuro económico a nuestros pueblos porque, de ello, depende el futuro de Castilla y León. El sector agroalimentario y el turismo están teniendo un efecto dinamizador, con una relevancia significativa en el PIB y el empleo regional. Son sectores donde lideramos, que hay que mimar con una apuesta decidida por la calidad y, en esto, debemos de reforzar lo que nos une, con promociones y propuestas conjuntas, y lo que nos diferencia, apoyando con decisión la incorporación de los jóvenes y la financiación de los proyectos allí donde se gestan.

Pero también tenemos que ser capaces de poner en valor nuestro territorio y nuestro talento para convertirlo en un proyecto económico de futuro, y en esto tendrán mucho que decir las nuevas tecnologías. Hay que repetir el modelo de vertebración que hemos realizado a través de las carreteras y las infraestructuras con las telecomunicaciones porque será, sólo así, como logremos vencer las desigualdades territoriales.

Gracias a las nuevas tecnologías, con unas infraestructuras adecuadas, un proyecto de futuro, con recorrido nacional e internacional, puede desarrollarse en cualquier lugar.

Ahora la ubicación geográfica no es determinante. Este paso nos abrirá la puerta a nuevas oportunidades, a darle un giro al éxodo de población, a liderar proyectos empresariales novedosos porque disponemos del potencial humano necesario. Y es aquí donde hay que darle todo el protagonismo y los recursos necesarios a las universidades de Castilla y León. Encauzar el talento será una de las prioridades porque de ello dependerá que seamos capaces de retener a los jóvenes y qué repercuta en el bienestar de nuestra Comunidad.

La transformación en el sector agroalimentario y el aprovechamiento forestal son sectores que deben dar un salto cualitativo aprovechando nuestros recursos naturales de los que disponemos en cantidad y calidad, y eso nos hace diferentes.

Nuestra ubicación geográfica, más allá de las centralidad de unas u otras provincias, debe darnos un valor añadido como centro logístico del noroeste de España. Estar equidistantes de la costa, con grandes proyectos portuarios ejecutados, y de la Comunidad de Madrid, principal centro de población y consumo de España, es una ventaja que no debemos desaprovechar.

León refleja, en su interior, todas las potencialidades y las debilidades de la Comunidad. Es una provincia extensa, dispersa, con un claro problema de envejecimiento, con identidades muy diferentes, fruto, en muchos casos, de su cercanía con históricas referencias como Asturias y Galicia, pero que, bajo ese sello de Cuna del

Parlamentarismo, ha sabido aunar un espacio conjunto donde trabajar para solucionar, desde instituciones como la que presido, esos riesgos y enfatizar las oportunidades de futuro para sus ciudadanos con sectores emergentes y consolidados que, sobre todo, deben abrir una puerta de esperanza a los jóvenes leoneses para que sigan pensando que en León está su futuro.

Los leoneses hemos sido un ejemplo de convivencia, un referente de responsabilidad compartida, desde el respeto y la defensa de la identidad propia. Pero, ahora, el gran objetivo que tienen los ciudadanos es creerse la potencialidad de Castilla y León. La historia ha discurrido durante siglos hasta forjar, tal y como recoge el preámbulo del Estatuto de Autonomía, «una Comunidad rica en territorios y gente». Esa riqueza arquitectónica, cultural, paisajística, etnográfica tenemos que convertirla en un proyecto de futuro, en una marca de calidad y sus gentes debemos ser los primeros en caminar, hacia un sentimiento de Comunidad.

Este recorrido se lo debemos a nuestros ciudadanos, pero, sobre todo, lo debemos aportar como legado a las futuras generaciones de leoneses y castellanos. Apostar por un proyecto común, sólido de comunidad autónoma, por una tierra de oportunidades sociales, económicas y culturales es apostar por un mejor futuro para todos.

 

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