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El sentido de los tiempos

 

CUANDO ME PREGUNTAN sobre el futuro de las energías renovables, o cuando como con ocasión de algún evento soy invitado a especular sobre esta cuestión, siempre me gusta señalar que mi percepción es positiva, y cuando trato de argumentar porqué acabo señalando que ese es el sentido de los tiempos.

Quizás sea porque de alguna manera tengo que suplir mi falta de conocimientos técnicos profundos sobre la materia, una manera de ocultar carencias en el nivel de formación e información a quien se le presume lo contrario, o porque no soy capaz de encontrar una explicación mejor. Pero lo cierto es que este recurso me funciona, me lleva funcionando desde hace ya el tiempo suficiente como para haber comprobado de manera empírica que la invocación al sentido de los tiempos es la mejor garantía, la mayor fuente de tranquilidad y confianza en el futuro con la que pueden contar las energías renovables.

Pero ¿qué eso del sentido de los tiempos?. No es fácil dar respuesta, porque en la Wikipedia esta entrada no aparece.

A conformar una percepción sobre cual es o puede ser la evolución previsible de las energías renovables ayuda la experiencia, la memoria histórica del desarrollo de las energías renovables, ya que, aun siendo un sector de relativamente novedoso desarrollo, va acumulando los suficientes trienios, y ayuda también la preocupación por nuestro futuro y una cierta atención a los signos que llegan del entorno y que hemos desarrollado los que esta cuestión nos interesa.

Esa pequeña historia del desarrollo de las energías renovables es casi coincidente con la historia de este periódico. Bonita y estimulante coincidencia.

Tiempo habrá de reconocer en esta historia de éxito colectivo, que seguro va a ser la capacidad del hombre, de su ingenio, para responder a un nuevo reto como es el encontrar una solución al problema energético y medioambiental, la aportación de los medios de comunicación como instrumentos esenciales que han ayudado a conformar un estado de opinión, sin el cual esta historia nunca hubiese sido posible.

Como tiempo habrá (¿o habría que hacerlo ya?) de reconocer la muy meritoria contribución de algunos hippies barbudos que hace 25 años, cabalgando a lomos de sus ‘zodiac’ tratando de salvar alguna ballena, nos enseñaban a querer a la Tierra. Hoy creo que podemos ver el futuro medioambiental de nuestro planeta con mayor optimismo gracias a ellos.

Hace 25 años, cuando este periódico veía sus primeras madrugadas en aquellos montones que se dejaban a los pies de los quioscos, la preocupación energética tanto del Gobierno como de ciudadanos y empresas, tenía básicamente que ver con la evolución del precio del petróleo.

Hace 25 años comenzaba la primera Guerra del Golfo. Por aquellos entonces para EEUU la geoestratégia asociada al control de los yacimientos petrolíferos le llevaba a implicarse en una guerra que arrastraba tras de sí a numerosos países, incluidos una España liderada entonces por Felipe González. Hoy, el sentido de los tiempos hace que, para EEUU, el Oriente Medio sea cada vez más un Oriente Lejano y que el antaño considerado como "oro negro", sea hoy un depreciado barril de petróleo, que no justifica más que el uso puntual de algún aséptico dron, y de vez en cuando.

Hace 25 años comenzaba el desmoronamiento de lo que había sido el antiguo bloque comunista, pero el mundo acaba de salir de un periodo en el que ni para acudir a una Olimpiada nos poníamos de acuerdo. El sentido de los tiempos ha hecho, 25 años después, que en París a finales del pasado año, y en el que probablemente haya sido el episodio histórico en el que se ha alcanzado un mayor concierto global en virtud del cual 190 países hayan alcanzado un compromiso vinculante para reducir significativamente nuestras emisiones de gases de efecto invernadero. Eso es hacer historia de verdad (y no lo que algunos candidatos estos días nos cuentan).

Hace 25 años poner de acuerdo a 190 estados que asuman, de manera vinculante, exigentes obligaciones, cuantiosas inversiones, el riesgo de sanciones y ello por razones medioambientales, no alcanzaba ni la categoría de utopía. Pero el sentido de los tiempos, y la gravedad del problema, ha jugado a favor.

Hoy ya (casi) nadie cuestiona racionalmente el cambio climático, la influencia de la especie humana en su agravamiento y en la necesidad de cambiar un modelo energético basado en la quema de combustibles fósiles, modelo que tuvo su momento, que contribuyó a nuestro desarrollo social y económico, pero que por su pernicioso efecto sobre el clima, por la contaminación que genera y porque los recursos que llevamos décadas quemando se acaban, habrá que ir pensando en darle una honrosa despedida.

Todavía quedarán durante algún tiempo, como los últimos soldados japoneses escondidos en las selvas de Filipinas, resistiendo durante décadas a aceptar la derrota, para descubrir años después que su emperador a quien defendían hasta el final, se había rendido en 1945, quienes, decíamos, por convicción o defensa de particulares intereses traten de resistir la inevitable "victoria" de las energías renovables en el nuevo modelo energético, para acabar descubriendo que su "emperador" ya se había rendido y hace años que invierte en renovables y en ahorro y eficiencia energética.

El sentido de los tiempos ha hecho que un Papa, que está llamado a marcar una época, que nos devuelve a las esencias, un Papa necesario para este siglo, le dedique su primera encíclica, Laudatio Sii, una obra trascendental, a la defensa de nuestra madre Tierra, necesitada como está de que se la quiera y la cuide por quienes en ella habitamos y a su costa nos desarrollamos.

El sentido de los tiempos hace que un Papa como Francisco tenga esta cuestión entre las primeras. La defensa de la casa común no solo es un elemental acto de supervivencia de la especie humana, es un imperativo ético que no podemos desconocer. Hace 25 años, cuando el sentido de los tiempos no había hecho todavía el efecto necesario en esta materia, Juan Pablo II, otro Papa carismático, atendía otras preocupaciones. Pero era cuestión de tiempo que también desde la ética, cristiana en este caso, se abordase de manera tan clara y explícita la defensa del medio ambiente.

Cambiando completamente de tercio, el sentido de los tiempos ha hecho que, por ejemplo, el fondo de pensiones noruego, probablemente el mayor fondo mundial, con unos activos bajo gestión de 820.000 millones de euros, equivalentes al 80% del producto interior bruto (PIB) español y conformado a lo largo de los años con los beneficios obtenidos por dicho país de la explotación del petróleo, haya establecido como nuevo criterio de exclusión de su cartera de inversión a las empresas cuya conducta sea considerada «inaceptable» en cuanto a la emisión de gases de efecto invernadero, lo cual no deja de ser una manifestación de nórdica incoherencia. Pero bienvenida sea. Esta decisión condicionará, previsiblemente, posiciones estratégicas de futuro de numerosas empresas en las que dicho fondo tenía posiciones accionariales relevantes y que, o reorientan su actividad hacia un modelo energético sostenible o perderán a este fondo como socio de referencia.

Por que es contrario al sentido de los tiempos pensar, intentar siquiera argumentar haciendo uso de esa racionalidad y de ese instinto de supervivencia y de evolución que, en principio, nos distingue de otras especies, que el futuro energético pase por el fomento y el desarrollo de las energías fósiles. Porque es contrario al sentido de los tiempos pensar un futuro energético sin el que las energías renovables tengan en el mismo un papel protagonista, relevantemente protagonista, como en su día lo tuvieron, como lo tenían hace 25 años, las energías fósiles.

Y dentro de ese futuro, desde Castilla y León y desde hace casi los 25 años que este periódico celebra, llevamos tratando de aportar lo que podemos, tratamos de cumplir con nuestra parte, de aprovechar los recursos que las circunstancias pusieron a nuestra disposición. Que no son pocos, pues conviene señalar que en esta región tenemos más energía eólica que países tan relevantes en esta materia como Dinamarca.

Y hoy podemos decir que el sector de las energías renovables de Castilla y León ha cumplido, está cumpliendo, y quiere seguir haciéndolo en un futuro, su compromiso con la sociedad, la de aquí, generando empleo, recursos, oportunidades, y con la del planeta en su conjunto, y ruego mil disculpas por si pudiera parecer una afirmación petulante y nada modesta, pero nunca hay que perder de vista que la cuestión del cambio climático, la cuestión del cambio de modelo energético, no se entiende bien si no se considera la misma como un problema global, al que todos nos concierne y respecto del que todos tenemos la obligación, insisto obligación, de atender, cada uno en la medida de sus posibilidades.

Es muy posible que mis hijos Ignacio, Javier y el pequeño Uxío, no tengan la suerte que yo tuve de ver los glaciares del Kilimanjaro, pero ojalá puedan llegar a disfrutar de un mundo parecido, en algunas cosas incluso mejor, al que sus padres. En cualquier caso no quiero que un día, cuando este periódico cumpla los 50 años, me reprochen, con razón, que los mayores no hicimos lo que debíamos, que les dejamos un planeta que no merecen por nuestra miope avaricia, que querían un lugar amable donde vivir, y no un vacuo e irresponsable incremento del 0,5% del PIB.

 

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