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Revolución digital

ANTONIO FERRERAS ANTONIO FERRERAS
09/05/2016

 

SIN LUGAR A dudas el hecho más importante que ha ocurrido en estas dos últimas décadas es la irrupción de la revolución digital, también llamada tercera revolución industrial. Como toda revolución, está suponiendo un cambio de nuestro estilo de vida y una redefinición del statu quo. Una revolución que es global a escala planetaria, es imparable una vez que ha comenzado (a pesar de las voces en contra) y será irreversible, sin marcha atrás. Por lo que es mejor asumirlo y adaptarnos cuanto antes.

La revolución agraria duró varios cientos de años en establecerse, y pasaron más de cien años hasta que se completó la revolución industrial del siglo XIX. A pesar de todos los cambios radicales que sucedieron, entonces era muy difícil para nuestros antepasados darse cuenta de que algo estaba pasando. Su estilo de vida y las formas de producción cambiaron muy lentamente con el transcurso de las décadas. Por contra, lo que más llama la atención de la actual revolución es la increíble velocidad a la que está ocurriendo; en apenas unos años los cambios están siendo sorprendentes, y ese cambio, lejos de pararse, se está incluso acelerando de forma exponencial. Se dice que en esta década el mundo cambiará más que en los 200 años anteriores. Lo mejor, aunque parezca increíble, está por llegar.

Muchos han sido los motores del cambio, robótica, nanotecnología, nuevos materiales…, pero nada nos ha afectado tanto como la informática y las comunicaciones. Somos felices con nuestra dependencia del teléfono móvil, ninguna empresa sería capaz, no ya de competir, sino siquiera de sobrevivir sin la informática y una conexión a Internet. Muchas cosas han cambiado en la economía mundial con esta revolución tecnológica; hoy en día las mayores empresas mundiales son fabricantes de tabletas y teléfonos, desarrolladores de software, buscadores o redes sociales en Internet; gigantes empresariales se han creado en una década a partir de sus orígenes en garajes, mientras que otros muy poderosos han caído por no saber adaptarse al actual espíritu de los tiempos caracterizado por un cambio global y vertiginoso.

En estos últimos 25 años, nuestra región ha intentado seguir el paso de los cambios y aprovechar las oportunidades que esta revolución está trayendo consigo. Dice el refrán que «a toro pasado, todos somos Manolete», pero es difícil no sonreír al recordar los ingenuos intentos de crear fábricas para la creación de chips y otras tecnologías básicas en la región, donde los costes de las inversiones y las economías de escala necesarias son excesivas para nuestras modestas posibilidades financieras públicas. No hay ninguna empresa tecnológica relevante en la región, pero es que tampoco las hay en nuestro país. Y apenas las hay a nivel europeo. Los grandes del sector son todos americanos y orientales. Europa no cuenta en este mundo de Internet. Quizás es la consecuencia lógica de preocuparse más de la regulación que de la innovación y el crecimiento, pero esa es otra historia.

Pero tampoco hay que verlo todo en negro. A pesar de tener una región comparativamente extensa y poco poblada, contamos con una infraestructura de comunicaciones que nos ha permitido mantener el paso tecnológico sin descolgarnos de las regiones del entorno. Se han realizado inversiones importantes en tecnología con la apuesta por los parques tecnológicos y científicos. El empeño de diversas instituciones por el emprendimiento de base tecnológica está permitiendo desarrollar bastantes negocios prometedores. Pero lo que es más interesante, contamos con estudios universitarios de Informática y/o Telecomunicaciones en casi todas nuestras capitales de provincia, lo que nos proporciona un capital humano excelente que debemos intentar que no abandone la cuenca del Duero para el desarrollo de su actividad profesional.

Siguiendo con el símil taurino, «hasta el rabo todo es toro», nos falta todavía mucha revolución por jugar. El mayor cambio está aún por llegar. Se dice que en esta década el mundo va a cambiar más que en los 200 años anteriores. Queda mucho por innovar y desarrollar en multitud de campos. Se nos echa encima el Internet de las Cosas, donde todo (o casi) va a estar conectado a Internet, desde nuestro coche hasta los electrodomésticos de nuestro hogar. Seguiremos encontrando nuevos usos para el móvil, ahora combinándolo con una nube, donde residirá gran parte de nuestra vida digital. Compraremos más cosas por Internet, y los pagos, la publicidad y el ocio serán temas que todos los negocios deberán dominar. Las ciudades se están volviendo inteligentes con el uso de la tecnología. Las empresas tomarán sus decisiones en base al Big Data y del aprendizaje automático. Nuestra visión del mundo cambiará con la realidad virtual. Incluso existen otros campos como los Nuevos Materiales o la Computación Cuántica, donde ni siquiera imaginamos dónde podemos llegar. El 60% de nuestros hijos trabajarán en profesiones que ahora mismo no existen. Un motón de líneas tecnológicas que debemos asimilar y aprovechar lo antes posible si queremos que nuestra economía sobreviva en un mundo globalizado y plano. Los negocios serán digitales o no serán.

Llega el momento en el artículo de consejos y propuestas sabias. No me voy a referir a las grandes estrategias regionales, y dar consejos a nuestros políticos sobre lo que deben hacer. Ni por supuesto voy a recomendar a nadie que agarre «ningún toro por los cuernos» (Aviso: Como lo hagas te cuelgan en YouTube). Pero sí me atreveré a dar algún apunte. Recomendaría a nuestros jóvenes que cuando elijan una carrera se informen bien sobre las salidas profesionales y los índices de empleo de cada una, y que lo de «lo importante es estudiar lo que te guste» es mentira, eso no es lo importante, como han descubierto demasiado tarde muchos de nuestros jóvenes parados. Las ingenierías tienen una tasa de empleabilidad muy alta, pues cada vez se requieren más profesionales en todo tipo de tecnologías. A nuestros empresarios, aunque ya tienen bastante con sobrevivir y mantener las ventas (y luego incluso intentar cobrar, lo más difícil), les recomendaría que mantuvieran siempre un ojo puesto en las nuevas tecnologías, y entender como les pueden ayudar a ganar ventajas competitivas; aun siendo un invento extraordinario, hay muchas más cosas que el teléfono móvil inteligente que ayudan a mejorar los procesos; hay que sacar tiempo para documentarse y conocer qué es lo que hacen los mejores del sector. Nuestras Universidades, con una enseñanza ejemplar, son sin embargo muy pequeñas para lo que se estila por el mundo; en una sociedad dominada por el conocimiento, los grupos de investigación deben ser más grandes si quieren ser competitivos; especialización y foco en el conocimiento para atraer los mejores profesionales y alumnos, en un entorno donde cada vez se utiliza más Internet. Y a nuestras ciudades, pues algo parecido; demasiado pequeñas para soportar las inversiones necesarias para volverse inteligentes con la tecnología, las recomendaría que compartieran recursos y experiencias y así desarrollar más y mejores servicios e incrementar la calidad de vida de los ciudadanos.

Durante la primera revolución industrial del siglo XIX, mientras el resto de Europa se preocupaba de invertir en locomotoras y máquinas de vapor, en España estábamos enredados en las Guerras Carlistas y en echar a Isabel II. Llegamos cuando estaban recogiendo. A comienzos del siglo XX, también estábamos sacudiéndonos y preocupados por echar a Alfonso XII (nieto de la anterior), sin enterarnos que el resto de países estaba en plena segunda revolución montando siderurgias y plantas eléctricas. Aquí no llegamos ni a los postres. Esta revolución digital, de más trascendencia que las anteriores, está sucediendo en medio de una de las peores crisis económicas que recordamos. Es por ello que en esta década deberíamos hacer un esfuerzo redoblado, como país, como región, como ciudad o como negocio, para que este momento histórico no sea otro tren de oportunidades que salga sin nosotros y le veamos alejarse en el horizonte…

 

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