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Que nadie diga que tuvimos sueños pequeños

LUIS REY LUIS REY
18/03/2016

 

DEBO COMENZAR mi panorámica autonómica desde la privilegiada posición del alto llano numantino con el regusto amargo que sienten los sorianos y sorianas por la fría sensación de lejanía y olvido que la Comunidad de Castilla y León ha venido marcando con la provincia de Soria por la ausencia de cooperación y ayuda en asuntos que desde aquí se consideran fundamentales. Desde Soria se mira hacia Valladolid con la ansiedad del hijo que pide a su madre ser tratado como a sus hermanos, no de reojo, sino de frente ante los problemas. Ciertamente, esta situación marca una distancia entre ambas que se traduce en una especie de neblina a la hora de divisar con nitidez el perfil y el contorno real de Castilla y León, pero no así el deseo de lo que debería ser.

Partiendo de este posicionamiento mesetario, lo primero que debo resaltar en torno a nuestra Comunidad es el orgullo que a todo ciudadano y ciudadana de esta tierra le aborda cuando se muestra nuestro peso a través de los libros de Historia, las gestas y los descubrimientos de nuevas tierras que han hecho que la bandera con el castillo y el león se haya izado sobre el techo de la construcción del nuevo mundo. Episodios que han dejado sobre el suelo un patrimonio artístico e histórico inigualable y, sobre el papel y el celuloide, argumentos de sobra envidiables para quienes no tienen la posibilidad de mirar por el retrovisor con suficiente perspectiva histórica.

Por lo tanto y sin dejar de pensar en que este pasado conforma una parte fundamental del motor económico de Castilla y León (el castellano, el arte, el patrimonio, la historia, etc.), lo cierto es que de nostalgia no se vive y que nuestro orgullo pasado supera de largo a un presente en crisis.

Los datos de desempleo martillean inmisericordes sobre las colas del Ecyl (Empleo en Castilla y León). El pasado año fueron más de 200.000 personas las que se quedaban sin trabajo y en buena parte pasaban a integrar la lista de las tragedias personales, cuando no familiares. En miles de familias no llega una nómina y en demasiadas se les apercibe de expropiación.

Esta misma situación obliga a miles de jóvenes a probar suerte en otros países, en ocasiones a trabajadores y trabajadoras con talento reconocido y bagaje curricular laureado que dejan un hueco sin cubrir en nuestras empresas.

Otra de las consecuencias de este decorado en nuestra sociedad es el aumento de la desigualdad que llega en los últimos meses al 1,8%, mientras que la pérdida de habitantes superaba los 23.000 durante 2015.

Cada uno de estos guarismos va esculpiendo poco a poco una población eminentemente envejecida que había trabajado toda su vida con la esperanza de legar a sus hijos e hijas, nietos y nietas una Comunidad amueblada y digna, pero que la objetividad ha deshecho sin más ilusión que la de confiar en quienes estamos ahora a los mandos de las administraciones: los ayuntamientos, diputaciones y Junta de Castilla y León, sin olvidar la labor que los colectivos, asociaciones y empresas, puedan aportar desde sus posibilidades a la reconstrucción del presente y futuro de la Comunidad.

En este sentido, concibo la Comunidad como un punto de encuentro y una tierra de oportunidades, las que nos ofrece un patrimonio natural casi virgen, que convierte en virtud lo que ha sido siempre un defecto, la sostenibilidad sin desarrollo. El futuro debe producir una inversión de las grandes ciudades buscando la calidad de vida en pueblos y ciudades más pequeñas y con el mundo al alcance de la mano gracias a las nuevas posibilidades de comunicación en red.

Nuestro pequeño sector industrial ligado a la automoción o al sector agroalimentario, el proceso de transformación de nuestros productos asociados a nuestro potente sector primario, con evidente marca de calidad; nuestro incipiente sector turístico ligado al patrimonio y a la gastronomía, y el golpeado sector energético, son algunos de los recursos a potenciar de la mano de nuestro principal valor: el factor humano.

Pero para ello quiero una Castilla y León limpia, de cristal y diáfana, en la que la energía se invierta en crear riqueza y bienestar, y un gobierno valiente e inconformista, no sólo de cara a la galería.

Creo que otra región es posible en asuntos fundamentales y básicos para los castellanos y leoneses. Habría que ocupar todas las plazas que han quedado vacantes en los hospitales y en los centros de salud para dar solución a las interminables listas de espera y dotar a los centros de tecnología cuya ausencia obliga ahora a los pacientes a realizar largos viajes para tratamientos penosos. También en los centros educativos, donde podemos perder el nivel adquirido hasta hace ocho años–reflejados en el informe PISA–. Para ello, debemos dejar de reducir lo básico, el profesorado; continuar la apuesta por el bilingüismo de los centros, contra el acoso de todo tipo entre alumnos y alumnas, y hacia los profesores y profesoras, hacia una garantía de respeto por las minorías y la diversidad, y por acabar definitivamente con el fracaso escolar.

Y en el aspecto puramente social, dotarnos de un marco normativo que ofrezca ayudas suficientes, y recalco lo de «suficientes», a los más necesitados, a los dependientes en los gastos básicos y en lo necesario para estas vidas en condiciones difíciles.

En el ámbito industrial no concibo a los pequeños y medianos empresarios peregrinando por las diferentes entidades bancarias en busca de financiación que se les niega de manera sistemática cuando a muchos de esos bancos se les ha ayudado con fondos estatales para solventar sus problemas estructurales -nunca creados por sus clientes- desde que se inició la crisis. Las PYMES son el motor económico de la región, sin que ello implique olvidar a las grandes empresas, y debemos asignar criterios valientes para su apoyo y financiación.

Continuando el repaso a mi futuro deseado, no puedo por menos que recordar que las zonas rurales quedarán desenchufadas del mundo si continúan perdiendo unos servicios que resultan básicos para mantener y fijar población, y si no conseguimos que las redes sociales, principalmente internet y la telefonía de tercera generación (3G) ocupen todas las zonas de sombra de la Comunidad. Y no tendría que nombrarlo, pero lo mismo ocurre con la señal de televisión, que aún no llega a todos los rincones y que supone buena parte de la distracción de nuestros vecinos y vecinas en zonas rurales, sobre todo en los largos inviernos.

Para concluir, tengo que echar la vista a Soria, ejemplo lamentable de despoblación en España y en Europa y ejemplo de fracaso de las políticas de cohesión territorial, que representa mejor que nadie en Castilla y León ese futuro de oportunidades del que hablamos, pero que necesita de la mirada cómplice del gobierno autonómico con una estrategia que requiere de inversiones territoriales integradas, en definitiva, proyectos y recursos que inviertan una tendencia irreversible si no se actúa con inmediatez.

Sé que lo que deseo para esta comunidad es lo básico, pero eso ya es mucho si lo desarrollamos con criterio y sensibilidad. Nuestros vecinos y vecinas no piden más para sentirse orgullosos de esta tierra. Por debajo de esto se les va la mirada a otras comunidades limítrofes. Este debería de ser nuestro presente pero me conformo con que sea el futuro inmediato, eso sí; con mayúsculas. Sobre esto añadiremos otros horizontes. No quiero que nadie diga que tuvimos sueños pequeños.

 

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