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Mucho que aprender y mucho que enseñar

JOAQUÍN S. TORNÉ JOAQUÍN S. TORNÉ
03/05/2016

 

CASTILLA Y LEÓN es una región que abriga por dentro y empapa por fuera. Abriga por dentro porque quizá su gran valor sean las propias gentes que reciben al extraño con la confianza del que no tiene malicia; empapan por fuera porque el frío y la nieve humedecen los huesos pero también ayudan a restañar las heridas. Estas dos características son las que han hecho que Castilla y León haya aprendido a convivir en una Comunidad Autónoma que nació con fórceps y que, pese a ello, ha logrado mirar al vecino de al lado con cierto cariño. Es verdad que era complicado encontrar el sentimiento de Comunidad por mucho que se bucease en cada una de las nueve provincias, pero también lo es que la constancia, otra de las señas de identidad del castellano y leonés, ha hecho que consumida década y media del siglo XXI cada vez haya menos fronteras internas. Todavía quedan, sí, pero ya son mucho más difusas que cuando el expresidente Juan José Lucas clamaba por «coser» la Comunidad a fuerza de igualar unas provincias a otras hasta hacer desaparecer no las rayas fronterizas pero sí las disputas. De todos modos, no hay que ser ingenuo. No queda más remedio que reconocer que las costuras de Lucas primero y Herrera después se deshilachan a la menor oportunidad que la política y el dinero ofrecen a aquellos que son recalcitrantes en la división. León y Valladolid saben mucho de eso porque lo sufren a diario a pesar de que hay costureros en ambos lados que se aplican con ahínco en hacer visible aquello que la memoria está obligada a recordar, es decir la Historia con mayúsculas, de la que sería una indecencia renegar, y al mismo tiempo ser capaces de observar el futuro con la mirada limpia de quien ya se siente castellano y leonés por encima de cualquier otra consideración.

No es sencillo poner la mirada en esta Comunidad Autónoma sin dejar de reconocer los problemas que nos aquejan. En muchos de los artículos que han precedido al que tienen entre manos se ha hecho cumplida referencia a la despoblación, al envejecimiento, al desempleo, a la fuga de jóvenes en busca de oportunidades, a las necesidades de inversiones productivas o a las diferentes sensibilidades que hay en el mapa regional. Conviene no olvidar que todos esos problemas y muchos más conviven en Castilla y León, pero también es necesario observar que de ningún modo son exclusivos de esta región, sino que más bien son comunes al resto del país y varios de ellos similares a países de nuestro entorno.

Pero una vez golpeado el pecho con fuerza, mirado el ombligo con ánimo crítico y entonado el mea culpa por lo que a cada uno le toque de responsabilidad, es obligado lanzar la vista hacia adelante.

Y aplicarse a ello con optimismo para tratar de eliminar cualquier vestigio del sempiterno victimismo patrio regional. Tampoco debería ser tan difícil conseguirlo. De hecho, es suficiente haber nacido fuera de la región y visitar de vez en cuando el resto del país para darse cuenta de los valores de una tierra que cada día que pasa está más abierta al visitante y, afortunadamente, al inversor. Castilla y León tiene futuro, mucho futuro, pero está obligada a redefinirlo para obtener los mejores resultados.

El ingente Patrimonio Cultural y Natural es un valor en sí mismo pero no hay que olvidar que este tesoro necesita de inversiones para enseñarlo con orgullo y no con la timidez del que sabe que no ha cuidado los detalles en su casa y se avergüenza ante el visitante. No hay ni una sola provincia de las nueve que conforman la Comunidad que no tenga tanto que enseñar que se necesiten varias visitas para verlo todo y disfrutarlo todo de tal manera que aun así queden ganas de volver. Para alcanzar la excelencia es obvio que es necesario dinero, ese que escasea en los últimos años, pero el vil metal no lo puede todo. Si no existen planes de desarrollo turístico en los que se vuelque más talento que dinero no será posible nada. En este capítulo, no debemos olvidar la Gastronomía y, por ende la Agricultura y la Ganadería que salpican de excelente materia prima las cocinas de una gran hornada de cocineros y de restaurantes.

Quizá sea el turismo uno de los factores de desarrollo económico que más evidentemente se nos ha colado en los análisis. Sin embargo, no podemos olvidar la Industria. El eje Burgos-Valladolid-León sigue teniendo grandes empresas en sectores tan potentes como el del automóvil, la biotecnología o las tecnologías de la información. Y de esos sectores se nutren también el resto de las provincias.

Sin embargo, es necesario un mayor esfuerzo de las administraciones para lograr que el tejido industrial se potencie en la faceta de generación de riqueza, porque no es necesario decir que sería un error convertir Castilla y León en una región exclusivamente de servicios. Desde luego, el apoyo no debe llegar sólo de las administraciones públicas sino que es el sector privado el que debe dar el primer paso.

El tercer factor a tener en cuenta al hablar del futuro de Castilla y León debe pasar por las universidades, públicas y privadas. Como en el resto de asuntos, es necesario que se busque la complementariedad en lugar de la confrontación. La pelea por nuevas titulaciones que luego apenas atraen alumnos es tan estéril como ridícula. Las universidades deben realizar un profundo análisis de la situación real de la región y volcar sus esfuerzos en aquello en lo que somos fuertes, individualmente y como colectivo. Se ha repetido ya hasta la saciedad que hay que vincular la Universidad a la empresa y sin embargo no se ha dicho tanto que lo inteligente es potenciar los valores propios que ya han merecido reconocimiento ajeno. Burgos tiene Atapuerca, ¿por qué no se potencian los estudios relacionados con ese área del conocimiento? Lo mismo ocurre con el Español en Burgos, Salamanca, Valladolid o León. En definitiva, el futuro pasa por fortalecer las virtudes en lugar de tratar de tapar las carencias consumiendo energías que a la postre serán inútiles.

Como el resto de las regiones del interior de España, Castilla y León tiene un endiablado número de municipios, 2.248 para ser exactos. La mayoría de ellos depende en gran medida de las diputaciones provinciales y en pleno debate sobre la posible supresión de esas instituciones parece obligado reclamar debate, mucho debate, porque se corre el riesgo de dejar al pairo de las recientes mareas políticas el futuro de un enorme porcentaje del territorio de la Comunidad y a una población a la que es prioritario defender. La muerte de los pueblos podría ser el propio certificado de defunción del concepto que ha definido Castilla y León, antes y después del nacimiento de la Comunidad como entidad jurídica y administrativa. Puestos a encontrar otro factor de futuro, la supervivencia de los pueblos es uno de ellos; no es concebible una región como la nuestra sin mantener sus raíces vivas. Es la naturaleza del terruño y de sus habitantes.

El diálogo que será necesario para defender a quien defiende a los pueblos, las diputaciones, es también una de las características que nos han colocado en el actual panorama político como un referente. Castilla y León es un ejemplo de debate político, vivo, reivindicativo y plural, donde la negociación y el acuerdo han tenido un gran protagonismo a pesar del aplastante dominio del PP en el Gobierno de la región, de las diputaciones y de muchos ayuntamientos durante más de dos décadas y media. Como muestra valga el botón del Diálogo Social en el que los partidos políticos, los empresarios y los sindicatos llevan unidos –con los naturales desencuentros- desde hace años.

Es importantísimo que seamos capaces de exportar la forma de hacer de Castilla y León al resto del país en un momento en el que la estabilidad económica de España está en entredicho y como consecuencia hay cientos de millones de euros en proyectos que están paralizados en los cajones de multinacionales o fondos de inversión. No es necesario para quienes están en la vida pública hacer referencia a los aspectos positivos que tiene la estabilidad política en esta región pero sí lo es para que quienes no están en el día a día de los medios de comunicación. Por supuesto, no sólo el PP tiene el patrimonio de la estabilidad. A ella han contribuido históricamente el PSOE, UPL e IU, y lo hacen ahora Ciudadanos y Podemos, cada uno con su ideología pero con el mismo objetivo.

Es preciso terminar este artículo con una reflexión muy general pero aperturista. Es cierto que los castellanos y leoneses tienen que estar orgullosos de esta tierra, en la que también surgen grandes oportunidades para alcanzar metas y sueños personales, pero se antoja absolutamente necesario que abramos la mente en busca de copiar lo bueno de otros lugares al tiempo que ofrecemos a los demás lo mejor que tenemos. El mundo es global y como tal es necesario que lo entendamos para darnos cuenta de que Castilla y León no tiene mucho que envidiar a los demás, pero sí mucho que copiar. Y también mucho que ofrecer.

 

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