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Más vale trocar

RAFAEL MONJE RAFAEL MONJE
16/03/2016

 

Creerse a pies juntillas lo que los analistas económicos predican, sobre todo desde que anunciaron al mundo que iba a haber una gran crisis económica cuando ya había caído Lehman Brothers, no se lo recomiendo. Como sucede con los estudios demoscópicos, apuntan tendencias, dibujan la gama de grises de una foto fija y condensan las percepciones generales de un momento concreto. Pero nada más. Conviene, por tanto, analizar con mesura los indicadores con los que nos inundan las firmas especializadas. Digo todo esto porque, según el índice de confianza que publica cada tres meses la todopoderosa J. P. Morgan –otra prestigiosa compañía financiera de rango planetario-, Castilla y León es la comunidad autónoma más pesimista respecto al futuro cercano de la economía entre las siete analizadas y que incluye a las más pobladas como Cataluña y Andalucía.

Curiosamente, las ínfulas independentistas no han hecho más feliz a Cataluña, que viaja junto a nosotros por el tortuoso camino del desánimo, mientras que Andalucía y Aragón nos llevan la contraria por la amplia senda del optimismo. Eso sí, a pesar de todo, estamos en dígito positivo dentro de esa negatividad, al menos desde el cuarto trimestre de 2014. Al parecer, los inversores castellanos y leoneses consultados por J. P. Morgan piensan que la crisis económica no terminará hasta 2020.

Lo que no han debido tener en cuenta ‘nuestros amigos’ de J. P. Morgan es que, por motivos que nunca he llegado a comprender, en Castilla y León tendemos atávicamente al pesimismo. Tenemos una clara inclinación a flagelarnos, tanto con tintes religiosos como sin ellos; a alimentar las preocupaciones y a recrearnos en las dificultades, pensando que el mundo es injusto con nosotros. Y por si esto fuera poco, existe, además, un sentimiento patológico de culpabilizar a las instituciones y a los políticos de todos los problemas que padece la Comunidad, mientras sentados en un cómodo sillón, mano sobre mano, esperamos a que la vida nos dé un inopinado empujón para subir los peldaños que nos separan del éxito.

Pero no voy caer en esa generalizada y vacua tentación. Prefiero centrarme en las posibilidades de relanzar, de una vez por todas, una tierra de acogida por la que merece luchar con determinación, sintiéndonos orgullosos de nuestra contribución a la cultura y al conocimiento universal que han propiciado la esencia del mundo que hoy conocemos. Me quedo con esas miles de personas que, como la infantería, nunca retrocede, porque lo realmente vital es nuestra actitud ante los retos, nuestra fortaleza ante las adversidades y nuestro empeño en crear un espacio común de convivencia y progreso. El problema, créanme, no es tanto lo que nos sucede, sino cómo nos enfrentamos a lo que nos sucede.

Tampoco comparto esa reiterada invectiva fútil con la despoblación como arma arrojadiza contra las administraciones, pólvora de cañón entre partidos políticos y, lo que es peor, munición nociva contra nosotros mismos. Nadie en su sano juicio quiere ni persigue la despoblación ni el envejecimiento de los habitantes de un territorio. Esto no quiere decir que haya que invocar la autocomplacencia, por supuesto que no, máxime cuando habrá que sentarse a analizar con rigor el futuro de Castilla y León a medio plazo desde el punto de vista demográfico. El crecimiento vegetativo indica que la sociedad castellana y leonesa envejece, pero algo tendrá que ver también la excelente sanidad pública de la que disfrutamos. Porque, aun en los peores momentos de la crisis, el sistema ha funcionado y poco sentido tiene centrarse en la casuística más desfavorable si se pretende hacer un análisis serio de situación, salvo que se intente rentabilizar políticamente a costa de eclipsar las cifras empíricas y razonables. Nos atienden muy bien, aunque todo sea mejorable. Y eso, sin contar con que la estadística otorga al habitante de Castilla y León una esperanza de vida que ronda los 84 años.

Y qué decir de esa otra magnitud tan inherente a esta tierra como es el posicionamiento al alza en materia de turismo, alejándonos por fin de conceptos trasnochados para apostar con acierto por la combinación de experiencia e innovación en uno de los sectores más pujantes de nuestro potencial industrial. Solo nos falta que a la creciente mejora de las vías de comunicación en la comunidad, con la alta velocidad ferroviaria como punta de lanza, se una la necesaria chispa de la comercialización del producto y consigamos cerrar el ciclo de forma integral. El turismo de calidad es un sector clave, especialmente para las provincias que disponen de un tejido empresarial menos tupido. Y cierto es que la gestión con mayúsculas conlleva críticas también mayúsculas, pero siempre será mejor afrontar el riesgo a quedarse en el limbo de la inanición.

Seamos también precisos en nuestras apreciaciones. Castilla y León supera en unas décimas el objetivo anual de déficit pero eso no la convierte tampoco en una región irresponsable, sobre todo cuando estos años ha sujetado ese corcel con riendas firmes para que luego el Estado apenas valorara el esfuerzo. Bastaría con preguntar a un pequeño empresario o a un autónomo para conocer el mundo de la economía real. Sin embargo, el futuro, por definición, no es tal bajo la óptica del pesimismo, de ahí que haríamos bien en desechar esa incesante idea de mirar el futuro con un cansino pesar, instalados en la estéril queja.

Negar la evidencia nos conduce del mismo modo a la melancolía. Y, como en casi todo en la vida, la balanza presenta contrapesos que exigen un mínimo compromiso con la verdad. En el lado del positivismo podemos colocar indicadores claramente importantes. Me refiero, entre otros, a la paz social, a la existencia de organizaciones sindicales sensatas, a la riqueza patrimonial y paisajística, al impulso del conocimiento universal, a la defensa de las raíces de un idioma, a la puesta en valor del diálogo y al ejemplo vital de las personas. Mimbres todos ellos de un tejido autonómico en el que cabe añadir también el alto nivel en la prestación pública de los servicios esenciales: educación, sanidad y atención social. Son, como digo, una parte innegable de esa balanza en la que, por supuesto, hay otra que nos arrastra aún por el sendero opuesto, el que, lamentablemente, dibuja nuestra personalidad colectiva. ¿O no coinciden conmigo en que solemos hablar mal de nosotros mismos, otorgando mayor importancia a los efectos de la crisis que a los esfuerzos que hacemos por salir de ella? O ¿no creen que nos regocijamos hipócritamente y en exceso en el fracaso ajeno?

Por ello, una mirada a Castilla y León sería equivocada si no somos capaces de detectar nuestras carencias y debilidades, esas que conforman la otra cara de la misma moneda. Un decálogo que, si me permiten, pasa de forma indefectible por los siguientes ejes vertebradores para que, precisamente, la balanza no acabe desnivelada por su peor lado. Y que, con toda humildad, paso a enumerar: 1) Eliminación de las incontables trabas administrativas para la implantación de un tejido productivo más eficaz. 2) Creación de un marco fiscal sencillo, capaz de convertir la codicia recaudatoria en oportunidades de desarrollo. 3) Apoyo a la innovación estratégica, con medidas que hagan competitivas a nuestras empresas y sectores estratégicos para generar más empleo. 4) Impulso de una legislación equitativa entre la necesaria dimensión empresarial y el respaldo a los más desfavorecidos. 5) Aprobación de un nuevo modelo educativo que acorte la brecha entre lo aprendido y lo realmente demando por el mercado laboral. 6) Renovar las viejas políticas para que, de verdad, apostemos por el emprendimiento, la capacitación de nuestros jóvenes y el talento. 7) Incentivar la colaboración entre el sector público y el privado para luchar contra el desempleo. 8) Favorecer la formación continua con la que aprender del éxito y también del fracaso. 9) Confianza en aquellos responsables públicos comprometidos con la vocación de servicio público, y 10) Una sociedad civil implicada y activa como parte de las soluciones globales.

Quizá en ese cambio de actitud ante la vida, ante nosotros mismos y ante las próximas generaciones estaba pensando el poeta Juan del Enzina cuando compuso aquello de ‘Más vale trocar plazer por dolores que estar sin amores’.

 

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