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Más allá de la memoriade los libros y museos

ALBERTO CAGIGAS ALBERTO CAGIGAS
25/04/2016

 

EN LA MISMA semana viajo al Polígono de Villalonquéjar de Burgos y a Madrigal de las Altas Torres (Ávila), a quien un siempre certero Unamuno dedicó el poema Ruinas perdidas en campo: «ruinas perdidas en campo/ que lecho de mar fue antes de hombres/...». En sólo siete días, paso de una zona dinámica, próspera, con un futuro prometedor y que forma parte de la economía globalizada; a otra decadente que con dificultad logra apuntalar su época gloriosa. De un área industrial sin apenas pasado pero con mucho futuro, a una comarca de esplendorosa historia, pero con un mañana incierto. De hablar con empresarios y directivos con experiencia en proyectos internacionales, a intercambiar secas palabras con abandonados ancianos que «sostienen con sus hombros la ruina de una tierra», según la afortunada expresión del escritor leonés Julio Llamazares. De comprobar las obras de ampliación en enormes fábricas, a observar el desmoronamiento de históricas construcciones que serían el orgullo de otras patrias. Burgos y Madrigal de las Altas Torres como reflejo de los universos paralelos que cohabitan, sin apenas rozarse, en esta vasta región que camina a dos velocidades. En pocos territorios como en éste se puede observar la lacerante diferencia entre unos habitantes que compiten con éxito en un mundo globalizado con otros que sólo esperan el último soplo de los tiempos.

Ante esta realidad quebrada, ¿qué hacer? ¿Seguir lamentándonos del inexorable avance del desierto poblacional?, ¿afligirnos por la falta de oportunidades para los más jóvenes, con lo que se mantiene la endémica maldición de estos pagos, antes exportadores de la fuerza bruta de la mano de obra y ahora de talento?, ¿lloriquear por nuestra escasa influencia en la capital del Reino?, ¿criticar cómodamente a nuestros dirigentes instalados en un monocultivo político por la falta de alternativas viables según certifica la ciudadanía en las urnas cada cuatro años?, ¿insistir en las demandas cainitas que devoran y malgastan nuestros escasos recursos al querer todos tener de todo, como esos aeropuertos mantenidos con artificio para el majestuoso aterrizaje de las aves?, ¿permanecer orillados de los grandes cambios que transforman las economías más desarrolladas de la tierra por apego a una malentendida tradición?, ¿resignarse al ocaso?

Pues no. Esta tierra posee unos grandes activos que debemos vender, que hay que promocionar en los mercados tanto nacional como internacionales, donde se deciden las inversiones. Conviene abrir las ventanas de Castilla y León, renovar el flujo sanguíneo, atraer savia nueva como única vía para cortar la fatal tendencia de la pérdida y envejecimiento de la población, que para mí es el principal problema. Fíjense bien, en los últimos 20 años el número de habitantes en España se ha incrementado un 16,7%, mientras que en Castilla y León ha descendido un 1,4% hasta situarse por debajo de los 2.475.000 habitantes, de los que casi el 25% tiene más de 65 años. Según los últimos datos disponibles, el 80% de los 2.248 municipios de nuestra comunidad autónoma tiene menos de 1.000 habitantes; de ellos, la mitad entre 100 y 500 personas y el 30% menos de 100 vecinos. No son sólo números, dense una vuelta por las plazas de los pueblos y las calles de algunas ciudades de nuestra comunidad autónoma para observar el paisanaje, y reflexionen sobre lo que acaban de ver. Con esa estructura demográfica menguante, ¿a quién vender productos y servicios?

¿Qué hacer entonces? Pues pongamos el foco en nuestras fortalezas, hablemos de ellas al resto de España y del mundo para intentar captar proyectos empresariales, porque sólo las personas permanecen en un territorio cuando comprueban aliviados que se les ofrece un futuro laboral. Y quien genera empleo sostenible es la iniciativa privada. ¿Cuáles son nuestras ventajas? Pues la estabilidad política de la que no pueden presumir muchas regiones españolas, la paz social por la madurez de los agentes sociales y económicos, la existencia de un caladero de ‘cerebros’ al disponer de nueve universidades (cuatro públicas y cinco privadas), la proximidad al mayor y más dinámico mercado de nuestro país (Madrid), la disponibilidad de suelo industrial a bajo precio, las buenas comunicaciones por autovías y Tren de Alta Velocidad -al menos en una parte de nuestra geografía-, la seguridad, el enorme potencial de la enseñanza del castellano, el acceso a excelentes directivos acostumbrados a gestionar eficientes filiales de multinacionales, la presencia de proveedores competitivos en industrias tan importantes como la automoción o la agroalimentación y la ausencia de devaneos nacionalistas en plena expansión en otras regiones, entre otras.

¿La vieja Castilla se acaba?, tal como denunció en su aclamada obra el escritor soriano Avelino Hernández. Puede que sí, si permanecemos con los brazos cruzados en una actitud que nos condena a perpetuarnos arrinconados en la memoria de los libros y los museos; o puede que no, si sabemos vender nuestras excelencias para atraer capitales y gentes y, cómo no, retener a los nuestros, que no se vean obligados a emigrar como hicieron sus ancestros. En nuestras manos está, ahora, qué destino queremos.

 

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