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El futuro es nuestro

JOSÉ CARLOS PASTOR JOSÉ CARLOS PASTOR
22/04/2016

 

LA POSIBILIDAD QUE me ofreció este diario de poder expresar algunos de mis pensamientos sobre el presente y el futuro de nuestra tierra, era una tentación demasiado fuerte como para resistirse, cosa que la prudencia me aconsejaba. Pero una vez aceptado el encargo ya no valen las quejas. Así, pues, vamos con la tarea.

He elegido el tema de Medicina y Ciencia, o si se prefiere de Sanidad e Investigación Biomédica, que no son exactamente lo mismo. Y me voy a permitir identificar algunos aspectos no resueltos que se me antojan necesarios para que nuestro futuro sea aún mejor. Y a pesar de las incertidumbres políticas aquí y allá, 2016 parece un magnífico año para iniciar su solución.

Creo, honestamente, que los temas relacionados con el cuidado de la salud y la investigación aplicada a los mismos son una clara oportunidad para una Comunidad como la nuestra cuya población se ha visto mermada y envejecida en los últimos veinte años. Además, los efectos de la crisis han sido demoledores para muchos sectores y entre ellos el de la investigación, y no solo en cuanto a la pérdida de recursos para proyectos sino, y especialmente, en lo que atañe al impacto sobre el factor humano y su efecto negativo sobre las generaciones más jóvenes.

Tenemos una modesta infraestructura en investigación biomédica, repartida en cuatro campus, sin proyectos comunes y sin una orientación unitaria. Esta dispersión, crónica en España, debería corregirse al menos en nuestra Comunidad. Creo que no podemos competir seriamente si no se agrupan los equipos de excelencia, que los hay, si no se salvan las barreras administrativas que impidan formar equipos a instituciones diferentes, y si no se financian de forma adecuada las actividades y proyectos encaminados a sumar. Claro que eso exige tomar decisiones, olvidarse del sopa para todos (poca sopa), y decir no a algunos grupos con mucho predicamento social y poca o nula productividad científica. Porque no se puede seguir dando cientos de proyectos, en las convocatoria regionales, con cantidades ridículas, cuyos resultados finales a nadie importa.

Y habrá que seleccionar varios (pocos) temas en los que la Comunidad esté dispuesta a destacar y a apostar. No podemos ser buenos en todo, y el riesgo que corremos es que acabemos siendo mediocres en todo. No es fácil que se tomen esas decisiones, pero a los políticos encargados de ello habría que recordarles dos cosas: una, que la propia sociedad ya va marcando lo que percibe como bueno. Y otra, que recuerden que están puestos para gobernar, y eso implica tomar decisiones que en algunos casos serán equivocadas, pero que serán mejor que la ausencia de ellas.

En cualquier caso, aquí va mi pista: apuesten por los grupos e instituciones que han sobrevivido a la crisis económica más brutal, profunda y prolongada que se ha vivido en los últimos 60 años. Si esos grupos aún mantienen su actividad después de la recesión, es que, como sucede con los buenos militares, han demostrado el valor.

Pero hay que ser más ambiciosos. Esta idea de trabajar juntos, de no duplicar esfuerzos, de sumar, debe extenderse a comunidades vecinas con las que las relaciones son o deberían ser magníficas. Y me van a permitir que ponga como ejemplo a mi querida Galicia y a mí no menos querido norte de Portugal, con Oporto a la cabeza.

Hubo planes de desarrollo interregional auspiciados por la Unión Europea los que, hasta ahora, ni han llegado ni se les espera en este ámbito de la investigación. Supongo que los fondos se habrán empleado correctamente y que se habrán reforzado aspectos económicos y empresariales claves para nuestra tierra, pero me cuesta creer que la investigación biomédica, en enfermedades como la diabetes, el cáncer, o las ligadas al envejecimiento como las que afectan a los ojos no haya sido motivo de atención por parte de los responsables de su gestión.

Y ya que toco este tema no quiero dejarme en el tintero las oportunidades que abren a este sector las relaciones fluidas y serias con las empresas. Solo hay un pequeño problema que conviene tener en cuenta: las empresas de este tipo no suelen estar en Castilla y León y ni siquiera muchas veces son de ámbito nacional. Eso no debería ser un problema ya que nuestro “campo de juego” es, como poco, la Unión Europea, pero las sorpresas que nos deparan muchas convocatorias dejan claro que los que redactan las bases de las mismas siguen pensando que en esta tierra hay de todo y que somos el ombligo del universo. O peor aún, que a base de celebraciones de centenarios de santos, que bienvenidas sean, vamos a tener un futuro más despejado.

Una vez aclarado que la investigación biomédica debe contribuir a mejorar las perspectivas de futuro, si la Comunidad se especializa en algunos campos y si se estimula de verdad, es decir: con dinero, los proyectos conjuntos de las cuatro universidades, me gustaría destacar el aspecto más aplicado de esta investigación, que no deja de ser la atención sanitaria.

Hace algunos meses, el anterior equipo del Ayuntamiento de Valladolid se interesó por el denominado «turismo sanitario», del que no se ha vuelto a hablar. Sería una pena que se echara al olvido una iniciativa que está dando tan buenos resultados en otros sitios.

Hace bien poco algunos medios de comunicación recogían una información relacionada con esta actividad. Según esas noticias, el sector se expande a un ritmo del 20% y generó en el pasado año, en España, un negocio de 500 millones de euros. Las mismas fuentes aseguran que la cifra se duplicará en el 2020.

Más del 30% de esos turistas provienen del Reino Unido, seguidos muy de cerca por Alemania y otros países europeos. Pero no hay que mirar fuera de nuestras fronteras. Tenemos una gran urbe, con más de 5 millones de personas, a 50 minutos de nosotros, ávidas de buenos servicios médicos, y en un entorno que una gran ciudad no puede dar. Las prisas, las aglomeraciones, los problemas relacionados con el tráfico, la velocidad que las grandes ciudades imprimen a cualquier actividad de sus ciudadanos son incompatibles, en muchos casos, con el sosiego, la calma y el estado de ánimo que es capaz de generar una ciudad como Valladolid.

Es obvio que para que el «turismo sanitario» funcione es necesario sumar varios ingredientes, y entre ellos el principal son unos servicios médicos de alta calidad y si es posible ligados a la investigación. Pero los hay. No todos y no en todas las especialidades, pero sí en unas pocas que habría que potenciar.

No se trata de estimular un mercado masivo basado en precios bajos, sino un sector de pacientes con problemas serios que aprecian sobremanera que los médicos les dediquen tiempo y que además lo hagan en un entorno agradable y sosegado como el que aún se respira en nuestra ciudad.

Un paciente al que no se le ha resuelto un problema grave no tiene inconveniente en viajar, incluso si la distancia no es razonable, que en este caso lo es. En la ciudad, además de intentar resolver su problema médico, utiliza transportes, restaurantes, hoteles, etc. Y desde luego si tiene tiempo libre, y se le facilita la información necesaria, visitará con gusto nuestros museos, degustará la cocina y los excelentes vinos, admirará una ciudad limpia como pocas y hasta es posible que decida volver con otro motivo.

¿Tan difícil es imaginárselo?. Claro que una vez más la clave está en sumar, en colaborar, en aunar esfuerzos, en no hacer la guerra por nuestra cuenta y en tener una dirección clara y concreta y que las autoridades locales asuman la tarea de coordinar.

No quisiera terminar estas líneas sin recordar el potencial de generación de riqueza que tiene la investigación biomédica en general más allá de su aplicación a la medicina curativa.

Hace muchos años que está fuera de duda que las inversiones en esta parcela tienen una rentabilidad que para sí quisieran muchos productos financieros. Baste un solo ejemplo para ilustrar estas palabras: en 1998 se publicó un trabajo (J Health Polit Policy Law) sobre el impacto económico de este tipo de investigación en el área metropolitana de Nueva York. En 1991 las seis instituciones más grandes de investigación biomédica de la ciudad gastaron 1.150 millones de dólares, que supusieron unos beneficios de 2.300 millones, casi 20.000 empleos directos y más de 12.500 empleos indirectos. No está mal.

Ahora bien, más allá de la economía, supongo que alguno pondrá también en un lugar destacado la percepción de los ciudadanos sobre su salud y sobre las instituciones encargadas de cuidarla. No solo deberíamos contribuir a que nuestros conciudadanos tengan la sensación de que su salud está en buenas manos gracias al plantel de buenos profesionales sanitarios que existen, sino que también tengan la seguridad de que pueden afrontar su futuro con cierta tranquilidad gracias a un entorno de investigación. Ambas sensaciones deberían ser motivos más que suficientes para tomar las medidas de apoyo y estímulo a la investigación biomédica que esta tierra reclama a gritos.

Y 2016 puede ser un buen año para iniciar ese cambio. De esa forma el futuro será mucho mejor, y será enteramente nuestro. De eso estoy seguro.

 

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