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España 4.0: ¿realidad o ficción?

TOMÁS CASTRO TOMÁS CASTRO
14/03/2016

 

Corren tiempos de cambio. Tiempos plagados de movilizaciones, revoluciones y pactos. Días convulsos, en los que la política, con el permiso del fútbol, copa los periódicos y las televisiones, en un discurrir intermitente, entre lo forzado y lo antinatural. Vivimos un período incierto en el que los ciudadanos somos cada vez más protagonistas, o eso queremos pensar, en la búsqueda de nuevos derechos. Vivimos en la era del conocimiento y, en ella, las TIC son esenciales; tan prometedoras, como incomprendidas desde el poder.

Pasan los años, como pasan los partidos políticos, electos o no, sin que se tomen medidas para fomentar el desarrollo de uno de los sectores más prometedores de nuestra economía: el sector TIC. Nos sentimos decepcionados ante la pasividad y el ninguneo; desamparados, casi huérfanos, por el olvido al que nos vemos sometidos. El tema digital no es protagonista, ni tan siquiera un secundario y apenas un figurante.

Los empresarios del sector TIC nos vemos en un país donde el talento que precisamos no se genera al ritmo que demandamos. La gestión educativa del Estado no produce profesionales con la calidad adecuada a las necesidades del sector, lo que está lastrando el desarrollo de la economía digital.

Se sigue sin entender que la innovación que propicia la revolución digital es una cuestión de Estado y que las inversiones han de multiplicarse con carácter inmediato. Sin una revolución digital no seremos capaces de incrementar nuestra competitividad, estando cada vez más distantes de otras economías avanzadas.

Es hora de que España sea parte esencial de la revolución en curso: la revolución 4.0. En un mundo globalizado, claramente enfocado al conocimiento, muchos países buscan ser los más preparados. Sin embargo, en España, donde el talento resulta ser excepcional, la educación sólo acompaña en campos como la medicina, pero en ningún caso en el que nos ocupa.

Somos un claro ejemplo de procrastinación: desatendemos cuestiones esenciales, para atender otras irrelevantes, e incluso improductivas. Lejos de retener el talento mediante

programas específicos, especializándolo en tecnologías emergentes, las universidades viven ajenas a las necesidades reales del mundo empresarial; sus programas no siguen el ritmo de nuestra demanda y, como resultado, somos los empresarios quienes acabamos formando a los profesionales. En definitiva, nuestra educación queda reducida a un título y apenas unas pocas capacidades y conocimientos, mínimos y poco prácticos en muchos casos, que permiten entrar en el mundo laboral, más por la necesidad de este que por los conocimientos del demandante de empleo. Comienza así una larga travesía de 6 a 18 meses, centrada en la formación y especialización financiada por la empresa que, por desgracia, en ningún caso asegura el éxito y menos la permanencia del ya formado en su plantilla.

El mundo nos desborda con redes sociales y nuevas formas de comunicación. Sin embargo, ningún centro ofrece una formación de calidad que vaya más allá de los aspectos técnicos. ¿Alguien se ha parado a pensar cómo afectará esta carencia a nuestro futuro? Lo mismo ocurre con la ‘ciberseguridad’. En unos pocos años, quizá meses, todos los aparatos electrónicos estarán conectados. Sin embargo, eso implica que de no existir una protección adecuada, cualquier ciudadano del mundo, llamémosle ciberciudadano, podrá acceder a nuestra casa con sólo girar el pomo de una puerta mal protegida. En nuestro mundo real, casi no ocurre, pues han sido muchos años de perfeccionamiento de cerraduras, candados y puertas, pero en el virtual es una realidad acuciante, pues quien lo hace se enmascara detrás de un seudónimo desconocido para el mundo, difícil de perseguir e identificar. ¿Alguien se preocupa de educar a los niños desde la edad escolar en la importancia de

aplicar métodos y procedimientos de ingeniería social? O ¿acaso lo dejamos para más adelante? Cuando todo sea mucho más complicado…

Las empresas seguimos buscando profesionales ya formados, sin necesidad de recurrir a canibalizarnos entre nosotros. Es decir, sin tirar de talonario para conseguir contratar a un

trabajador de nuestra competencia e iniciar así una burbuja salarial en el sector. Buscamos savia nueva; más aún, una fuente inagotable de savia. Buscamos personal formado por las universidades y centros educativos, que no requiera años de inversión, en muchos casos inútil.

Ante la pregunta de si alguien ayuda a las empresas a financiar estos costes, la respuesta es no. Es la empresa, con su financiación, quien forma al personal que seguirá en el mercado una vez finalizada la relación contractual.

Día tras día, vemos en los periódicos noticias sobre las iniciativas que se están llevando en este campo por parte de instituciones educativas públicas y privadas. A pesar de todo, es realmente poco. Unas prácticas de unos pocos meses no son la solución. La formación en el desempeño ha de ser permanente. Es más, me atrevería a decir que a muchas empresas y corporaciones privadas, no nos importaría cofinanciar este modelo, mientras exista un compromiso de permanencia de estas personas en plantilla.

Ya es hora de que despierten los ciudadanos que quieren estudiar materias relacionadas con el sector TIC. Olvídense de las inmensas fortunas de Bill Gates o Steve Jobs. En nuestro sector, los márgenes son muy bajos, pues los precios están en continua deflación, dada la inmensa competencia, en muchos casos desleal. Mejores máquinas, a precios cada vez más reducidos, son fiel reflejo de nuestra realidad.

Que nadie se lleve a engaño. En este sector, si eres bueno, vives bien, pero si lo que buscas es ser millonario, incluso multimillonario, te animo a que sigas buscando tu unicornio, aunque no sin recordarte que, como alguien me dijo hace unos meses: «millones de caballos (startups) nacen cada año en el mundo. De esos, muchos valen para trabajar en el campo (son viables); apenas unos pocos son caballos de carreras (escalables); y todavía no he conocido ningún unicornio (startups valoradas en más de 1.000 millones de dólares), aunque sé que existen».

Nuestros medios de comunicación están plagados de programas de cocina, cuya pujanza impulsa la creciente generación de profesionales para el sector turístico, gran motor de nuestra economía. Sin embargo, es momento de buscar otros pilares sobre los que construir la tan manida «marca España». Hagamos lo posible para lograr una economía colaborativa, en la que la coopetencia (cooperación competitiva) marque el discurrir del sector TIC, hasta convertir a España en uno de los protagonistas principales en esta inminente revolución industrial, la 4.0. Hagamos de esta oportunidad una realidad, apostando por el bienestar y el progreso.

 

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