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Contentos de ser de aquí

ERNESTO ESCAPA ERNESTO ESCAPA
04/04/2016

 

UN TERRITORIO DE casi cien mil kilómetros convierte a Castilla y León en el espacio regional más extenso de Europa Occidental. Desde esta perspectiva, somos la Comunidad Autónoma más grande de España, ocupando casi el veinte por ciento del territorio nacional, y nuestra extensión es mayor que la de países como Irlanda, Portugal, Austria, Dinamarca, Bélgica, Luxemburgo, Holanda o Suiza, por citar sólo algunos ejemplos europeos. Un escenario tan amplio acumula y combina, por un lado, la herencia de una historia natural modelada a lo largo de millones de años y, por otro, el legado patrimonial derivado de su historia humana, que ofrece en Atapuerca el testimonio del primer habitante europeo, una peripecia cuya antigüedad ronda el millón de años.

Diversidad y riqueza son pues las características que singularizan en España y en el marco europeo tanto el patrimonio natural como el cultural que integran la herencia secular recibida por la joven Comunidad Autónoma de Castilla y León. Un espacio político y administrativo que geográficamente se corresponde con la unidad física de la Meseta norte. La diversidad es el resultado de un proceso dilatado en el tiempo y fertilizado por la encrucijada de contrastes complementarios. La riqueza es el fruto de una historia milenaria, alimentada por la sucesión y el mestizaje de diferentes colectivos humanos, de paso o estables, capaces de aprovechar el legado precedente y dispuestos a incorporar desde la tolerancia y el respeto las aportaciones y peculiaridades de los demás.

Así que nombrar Castilla y León es pronunciar la contraseña que evoca una sucesión de términos vinculados con la variedad natural y con la riqueza cultural. Su territorio se resume en la imagen de una amplia plataforma ceñida por un cinturón de montañas que sólo se suaviza y esfuma en su ángulo suroeste. Las planicies suavemente onduladas y abiertas de las áreas centrales suponen alrededor del setenta por ciento de su extensión territorial, pero estos anchos horizontes son los que han forjado su silueta literaria, de perfil imaginario monocorde. Y sin embargo, para desmentir el tópico, la topografía muestra un relieve regional con cotas que oscilan entre los 2.648 metros del pico leonés de Torre Cerredo y los 150 de la hendidura fronteriza trazada por el Duero en los Arribes salmantinos. Sólo la amplitud del territorio puede explicar que las aguas de sus ríos se repartan por cinco cuencas fluviales, alimentando tres mares diferentes. Pero también conlleva que sea nuestra Comunidad la que articule las comunicaciones terrestres de un mayor número de regiones españolas, así como la conexión más directa de Portugal con la Europa transpirenaica.

El patrimonio forestal de Castilla y León ofrece entre otros endemismos la singularidad ecológica de la dehesa y combina ancestros botánicos como el enebro, la sabina albar y la encina con diferentes variedades de robles, el castaño, el haya, el alcornoque, el pino piñonero y el silvestre, multitud de arbustos e incontables especies de ribera, que componen un espectacular repertorio vegetal. El paisaje de sus comarcas naturales concilia los espacios de alta montaña con las llanuras cereales y los cuencos y quebradas fluviales que cobijan una vegetación mediterránea.

Una circunstancia que es preciso tener siempre en cuenta, para entender la excepcional riqueza del patrimonio natural de Castilla y León, es que la presión poblacional nunca ha sido agobiante en nuestro espacio geográfico para el equilibrio ecológico. Incluso podría decirse que a lo largo de la historia la actividad agrícola y ganadera tradicional se han ido acompasando sabiamente con los ciclos biológicos estacionales.

La mayoría de nuestros núcleos de población responden, como la propia trama y estructura del poblamiento, a la herencia medieval. El desarrollo reciente de núcleos urbanos y la modernización de infraestructuras han servido para resaltar los cascos históricos de las villas y ciudades, así como para apreciar los itinerarios turísticos y enclaves culturales que recorren y jalonan los cuatro puntos cardinales de la Comunidad. No en vano Castilla y León acumula en su territorio el mayor número de parajes, ciudades, itinerarios y monumentos españoles distinguidos con la declaración universal de Patrimonio de la Humanidad.

De este modo puede decirse que la identidad de los castellanos y leoneses del tercer milenio se destila de una relación fecunda con lo mejor de nuestro pasado. Entre nosotros la historia sigue siendo un punto de apoyo a la hora de gestionar los proyectos del presente. Y el más noble y visible de sus legados, el patrimonio artístico reunido a lo largo de los siglos, constituye nuestra seña de identidad más relevante.

Cuando acabamos de estrenar el tercer milenio, la historia de España y de Europa esclarece sus balbuceos más remotos con los hallazgos que año tras año deparan los yacimientos de la Sierra de Atapuerca. Las culturas prehistóricas de la cuenca del Duero, los testimonios de la romanización y las huellas de la época visigoda dan paso al esplendor medieval de las miniaturas de los Beatos, de las construcciones mozárabes, románicas y mudéjares, de los grandes monasterios, de las aéreas catedrales y de los castillos que desafían al vértigo. Luego Castilla y León conocerá la prosperidad renacentista y barroca, un siglo de las luces disuelto en tentativas reformistas de más ambición que eficacia y una época contemporánea zarandeada por contiendas civiles y malograda por el progresivo estancamiento. El proceso autonómico iniciado hace treintaitrés años, que dotó de autogobierno a la Comunidad, marca un punto de inflexión decisivo en la relación de los castellanos y leoneses con su tierra.

Uno de los primeros resultados de ese nuevo talante colectivo es la defensa y aprecio del patrimonio artístico. A potenciar el nuevo clima contribuyó de forma decisiva la secuencia de exposiciones de Las Edades del Hombre, iniciadas en la catedral de Valladolid en 1988. Es indudable que la parte más significativa de nuestro patrimonio es la de inspiración y carácter religioso y a ella se dedica de modo preferente la iniciativa de difusión consolidada con Las Edades del Hombre. Pero a lo largo de su dilatada historia, que vincula los trazos cromáticos de Caneja con los grabados paleolíticos de la Cueva de la Griega, Castilla y León han ido cosechando un patrimonio artístico que supone cerca del cincuenta por ciento del español.

Junto a este patrimonio material, que día a día recupera su valor a través del esfuerzo conjunto de la administración y de la sociedad en su rehabilitación, Castilla y León forjó el castellano o español, una lengua nacida con vocación de universalidad. Desde sus primeros balbuceos, hace más de mil años, el castellano supo incorporar términos de otras lenguas y del resto de los romances peninsulares, poniendo de manifiesto su capacidad integradora. Con ese mismo espíritu abierto alcanzó la madurez al extenderse por América y convertirse en la lengua común de más de trescientos millones de hablantes. Y no es casual que en su configuración como una de las primeras lenguas de la literatura universal la referencia geográfica originaria tenga una consideración secundaria. Obedece al talante integrador y universal que es seña de identidad de la cultura castellana y leonesa de todos los tiempos.

 

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