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Colaborar para progresar

 

EL PROCESO DE globalización de la economía mundial, con la pujanza del eje Asia-Pacífico y el desarrollo de los países emergentes, hace que Europa, la vieja Europa, tenga que replantearse su lugar en el mundo. En efecto, los europeos hemos asistido a la destrucción de millones de puestos de trabajo debido a que nuestros sectores económicos primario (agricultura, ganadería y minería) y secundario (industria y energía) deben competir con los de otras partes del mundo en las que los costes laborales y las exigencias de producción (seguridad, calidad, etc) son muy inferiores a las nuestras. El desarrollo del sector terciario o de servicios (educación, sanidad, finanzas, administración, comercio,…) y una apuesta decidida para competir en el sector cuaternario (investigación, desarrollo, innovación,…) parece que es el plan de negocios para esta empresa llamada Europa que tiene en el Estado del Bienestar una de sus características diferenciadoras.

Si realizamos una Mirada a Castilla y León vemos que este planteamiento general es, por supuesto, válido. Sin embargo, para realizar un proyecto de futuro es necesario tener en cuenta dos características esenciales como son la estructura poblacional y la situación económica actual. En efecto, nuestra Comunidad Autónoma en el quinquenio 2010-2015 ha sufrido una pérdida de población del 3,37% (2.558.463 habitantes en 2010 a 2.472.052 en 2015), con una edad media de 47,3 años (junto a Asturias la más alta de España) y con una media de población de 26 habitantes por kilometro cuadrado (la más baja de España junto a Castilla la Mancha y Extremadura). En otras palabras, estos indicadores demográficos indican que nos encontramos ante una población dispersa y envejecida (factores que encarecen y dificultan los servicios sociales), y con clara tendencia descendente en cuanto al número de habitantes. De otra parte, en cuanto a la tasa de actividad según las sucesivas EPA (encuesta de población activa), Castilla y León figura en los últimos lugares entre las comunidades autónomas, ninguna de sus provincias supera la media nacional y León tiene el dudoso honor de cerrar el ranking. Por ello, no es extraño que nuestros jóvenes emigren, bien a otras zonas de España bien al extranjero, en busca de oportunidades que aquí no tienen, lo cual generará mayor despoblación y menor actividad. Estos son los datos, fríos y duros datos, que describen un panorama sombrío que, por otra parte, es el reflejo de la realidad que, día a día, se observa en nuestras ciudades y pueblos.

Efectivamente, nuestro presente está plagado de dificultades pero, sin embargo, soy optimista respecto del futuro de Castilla y León. Estoy convencido de que poseemos los mimbres necesarios para realizar un plan estratégico que, en línea con la apuesta europea, potencie el desarrollo en los sectores económicos terciario y cuaternario. El Sistema Universitario Público de Castilla y León junto con la puesta en valor de los bienes intangibles que poseemos deben ser piedras fundamentales sobre las que asentar el plan mientras que, desde el punto de vista metodológico, es esencial desarrollar una cultura de colaboración e integración de esfuerzos.

En reiteradas ocasiones he manifestado que España, y por ende Castilla y León, tiene un sistema público universitario de calidad que además de cumplir con su objetivo inicial, formación de profesionales cualificados para la administración y la empresa, contribuye al desarrollo social mediante la investigación y la transferencia del conocimiento. En la etapa democrática actual se ha apostado, con la creación de universidades, por facilitar el acceso a la formación en un entorno cercano, lo que ha provocado la dispersión de los recursos humanos y económicos con el correspondiente debilitamiento de los grupos de investigación. La construcción de la actual universidad española ha tenido un marcado carácter social, con el que personalmente estoy de acuerdo, y no ha perseguido alcanzar los primeros puestos de los rankings internacionales. A pesar de ello, ciñéndonos a Castilla y León, nuestras universidades se encuentran en puestos superiores a los que por PIB nos correspondería. Así en el ranking webometrics, en el que figuran 12.000 universidades, la de Salamanca ocupa el lugar 400, Valladolid el puesto 531, León el 901 y Burgos el 1415, mientras que en el National Taiwan University ranking las universidad de Salamanca y León figuran entre las 300 primeras del mundo en el campo de Agricultural Sciencies.

La relación universidad-empresa es esencial para crear riqueza y en León tenemos dos buenos ejemplos de ello. El primero, que se forja a partir de la quinta década del siglo pasado, se inscribe en lo que hoy se denomina sector biotecnológico mientras que el segundo, desarrollado en los diez últimos años, está inmerso en el campo de las tecnologías de la información y comunicación. En ambos campos se ha generado un gran número de puestos de trabajo, parte importante del parque tecnológico es ocupado por estos sectores, y los buenos resultados obtenidos propician que se incorporen nuevas empresas, algunas de ellas de base tecnológica con participación de la universidad, o se amplíen las existentes. Desde nuestro punto de vista, en línea con el desarrollo europeo a través del sector económico cuaternario, este es el camino a seguir: unión de instituciones y empresas para generar riqueza de alto valor intelectual que induzca la creación de empleo en nuestra tierra, pues es necesario que la inversión en formación, realizada con tanto esfuerzo por la Comunidad, redunde en beneficio de quien la financia.

Para transitar este camino es necesario realizar cambios significativos en nuestra sociedad. Hoy es imprescindible un pacto nacional por el conocimiento que se plasme, entre otras, en leyes de educación superior, mecenazgo e investigación y transferencia. También es necesaria una mayor financiación para el sistema universitario de Castilla y León pues, como se pone de manifiesto en los sucesivos informes de la Fundación CyD, la inversión aquí realizada es inferior a la nacional la cual es, a su vez, inferior a la media de la Unión Europea y a la de la OCDE. A pesar del contexto económico y social en el que nos encontramos creo que, por parte de quien corresponda, se debe hacer un esfuerzo para cumplir estos objetivos pues en ello nos va una parte importante del futuro.

Pero también es necesario un cambio en el modo de hacer del sistema universitario público de Castilla y León. Es preciso sumergirnos en una cultura de colaboración entre universidades públicas, un germen de ello lo tenemos en “Campus de Excelencia Internacional E3. Los horizontes del hombre” de las universidades de Burgos, León y Valladolid, en el que entre otros temas se aborda el tema del envejecimiento que, como ya se ha dicho, es una característica de nuestra Comunidad. Colaborar significa mejorar la oferta docente (mediante las tecnologías de la comunicación), fortalecer los grupos de investigación, ascender en los rankings internacionales, generar ahorro, afrontar nuevos proyectos que de forma individual no se podrían llevar a efecto o su costo sería cuatro veces superior, etc. En definitiva, estaríamos en disposición de crear una marca, asociada a nuestro sistema universitario, reconocida internacionalmente que tendría en el español y en el patrimonio artístico y cultural dos líneas fundamentales de colaboración que, en unión de otros agentes, permitiría potenciar así el desarrollo dentro del sector terciario.

En resumen, la colaboración entre instituciones, empresas y universidades es imprescindible para que Castilla y León encuentre su lugar en un mundo que ha cambiado y pueda ofrecer empleo a sus jóvenes.

 

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