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Castilla necesita herejes

FRANCISCO IGEA FRANCISCO IGEA
21/03/2016

 

APENAS 2,5 MILLONES de habitantes en casi 100.000 kilómetros cuadrados. Así es casi imposible generar una identidad común. Esa identidad que dan la cercanía, el paisaje común y cerrado, el idioma exclusivo y la tan socorrida afrenta histórica. Todos esos elementos que cohesionan a las tribus nacionalistas están afortunadamente ausentes de nuestro vivir cotidiano. Al contrario, esta tierra de amplios horizontes nos ha empujado siempre a vivir más hacia lo universal que hacía lo local, más hacia el escepticismo y la humildad que hacía el chauvinismo y la soberbia nacionalista. Es difícil sentirse importante cuando uno se sube al mirador de tierra de Campos y ve la inmensidad de la planicie. Esa gigantesca llanura amarilla de cereal, salpicada por pequeños pueblecitos, que apenas adornan el paisaje sin alterarlo en lo esencial. Siempre que viene algún amigo catalán, o cualquier otro médico que se sienta importante, le subo a Autilla del Pino para que se le bajen un poco los humos. Allí arriba, con el viento en la cara y mientras intentas adivinar a lo lejos la silueta de los Picos de Europa, es difícil no sentirse limitado y mortal. En ese momento es tentador entregarse complacido al misticismo.

Es probable que ese sí sea un rasgo distintivo de quienes vivimos en la meseta. Esa resignación, fruto de la aceptación de lo limitado de nuestra mísera existencia. Una existencia destinada, al fin y al cabo, a ser barrida por el viento de la historia. Esa conformidad y ese conocimiento conducen a veces directamente al pesimismo. Miguel Delibes, a quien dedico hoy este humilde artículo, solía decirle a mi padre: «Paco, para ser optimista en este país hay que ser imbécil». Esta ausencia crónica de vanidad es una de las limitaciones con las que está tierra ha lidiado los últimos lustros. Porque aquí la vanidad no es que sea despreciada por pretenciosa o egoísta, sino que lo es simplemente por idiota. Y es ese punto de orgullo lo que a veces hace moverse a los hombres hacia delante. Esa idea de que no existe ninguna razón para que mi trabajo valga menos que el de cualquier otro. Esa pretensión de situarte por encima de tus pares, que tan frecuente es por otras tierras, mueve esfuerzos, dineros y voluntades, que empujan al progreso colectivo. Quizás eso explica en algo nuestra situación en el conjunto de la escena nacional.

Pero no quiero que piensen que soy un nacional-pesimista. Todo lo contrario. Creo que existen motivos sobrados para el optimismo y más aun si mantenemos una prudente distancia de las tentaciones nacionalistas que subyacen debajo de todos esos que hablan de «nuestra tierra» y «nuestros paisanos». Porque Castilla fue grande cuando miro más allá, cuando no se centró en su lamento histórico. El lamento del 98 es quizás una de las más pesadas losas que hemos soportado. Ese lamento centrado en nosotros mismos, esa terrible e injusta frase machadiana de: «Castilla miserable ayer dominadora envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora» Hubo un tiempo en esta tierra que apreciábamos el pensamiento, que leíamos a Erasmo o decorábamos nuestras iglesias con las mejores pinturas flamencas. Visiten Santa María la Blanca o Paredes de Nava si quieren entender de qué les hablo. Hubo un tiempo donde soñábamos ir más allá de nuestros límites. Salamanca daba pensadores universales, Valladolid sentaba las leyes o León soñaba el espacio imposible de piedra luz, color y grandeza de su catedral. Hay en esta tierra fértil abono para los que reflexionan sobre la ontología y el futuro del hombre. Quizás nadie como Delibes expresa con esa precisión las posibilidades de lo castellano. Delibes es sin duda el más universal de nuestros escritores de los últimos siglos. Sin salir de Valladolid, ni de sus personajes, recreó en sus novelas la naturaleza del hombre.

La realidad de su relación con el tiempo y el medio ambiente, la complejidad de las batallas entre las ambiciones humanas y la pequeñez de su existencia. Todo el universo está en sus libros y sobre todo en sus personajes. Personajes locales pero eternos, pequeños pero esenciales. De todos los habitantes de sus novelas quizás hay uno que hoy está más de actualidad que nunca. Un hombre que debería de servir para darle a esta tierra el empuje que necesita. Me refiero, naturalmente, a Cipriano Salcedo, el inolvidable protagonista del hereje. Porque si hay algo que nuestro país, no solo nuestra comunidad, precisa hoy en día es el apego por la libertad y la autonomía de pensamiento. Este país, tan huérfano de afectos como él, necesita también del respeto por la libertad, el amor por la verdad y la capacidad de abrirse a las nuevas ideas de aquel hereje abandonado y quemado en la esquina del Campo Grande. Sobra en esta tierra el desprecio por las ideas que «viene de fuera» y la apelación constante a «nuestras virtudes» y a «nuestras gentes» como llamada a un nacionalismo afortunadamente ajeno a nuestra idiosincrasia. Necesitamos de herejes de mente abierta, personas capaces de pensar fuera de la caja, como dicen los anglosajones. Necesitamos ciudadanos capaces de salir del gregarismo de los suyos, del sectarismo, del soy del Madrid o del Barsa. Decía Muñoz Molina en su genial ensayo: Todo lo que era sólido que no hay nada más difícil en España que llevar la contraria a los tuyos. Pues bien, esto es lo que más necesitamos hoy en España y más concretamente en Castilla. Pensamiento crítico y reflexión. Gente dispuesta a decir a los de su partido o a los de su tribu que no siempre están en lo cierto. Gente capaz de ver en el otro una parte de razón. Hombres y mujeres valientes capaces de abrazar la herejía por amor a la verdad y a la libertad. Necesitamos políticos, pensadores y profesionales dispuestos a leer a los Erasmo y Melanchton de nuestros días. Requerimos de personas dispuestas a aprender de las experiencias de los mejores. Hoy muchos hablamos de Dinamarca, hablamos de los modelos europeos de administración pública, de la importancia de la rendición de cuentas, de la racionalización y despolitización de nuestra administración pública, de las ventajas de un gobierno de reformas más que de revoluciones. Sin embargo, hoy como ayer, España está llena de inquisidores que abominan de las lecturas extranjeras, está llena de intolerantes que claman por mantener las esencias. Inquisidores de uno y otro signo que tildan de herejes a quienes están dispuestos a andar otros caminos. Caminos de concordia y no de fe inmutable y sumisión a lo antiguo. Caminos de progreso que no olviden nuestro pasado sino que lo utilicen como herramienta para conquistar el futuro.

De nosotros depende. Necesitamos de herejes con urgencia o deberemos aceptar resignadamente que solo nos queda, como a Minervina, acompañar a Cipriano al quemadero mientras agarramos mansamente el ronzal del pollino.

 

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