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Castilla y León se construye desde abajo

 

LAS MUJERES Y los hombres de Castilla y León hemos ayudado a construir España con esfuerzo, con entrega y con mucha generosidad. Como la patria común e indivisible de todos los españoles.

Actualmente, vivimos un periodo de incertidumbre, de confusión, de máxima reivindicación. Pero no mayor que en la Transición Democrática cuando, en aquellos momentos, la sociedad española dio una nueva lección al mundo entero de tolerancia, de respeto y búsqueda de la concordia bajo la figura de Su Majestad, el Rey Don Juan Carlos, y de nuestro paisano, Adolfo Suárez.

El principal legado de aquel momento histórico es la Constitución de 1978 aprobada por el Congreso y el Senado y ratificada por el pueblo español en referéndum.

Desde esta tierra, también ayudamos a realizar la Transición Democrática; desde cada rincón, desde cada municipio y desde cada provincia de Castilla y León. En nuestra región, al igual que en España, se respiraba y se practicaba el respeto a las ideas del otro. Había ganas de libertad, de democracia, de justicia social y del reconocimiento a la autonomía de las nacionalidades y regiones.

Desde la unidad de España se quería, se creía y se necesitaba un Estado de las autonomías que reconociera las diferencias y peculiaridades de cada territorio. Es en este momento en el que se elabora y aprueba el Estatuto de Autonomía de Castilla y León de 1983, nuestra base más sólida para conseguir una región más próspera, dinámica y solidaria. El Estatuto, además, reivindica nuestro carácter histórico sobre la base de los antiguos reinos de León y Castilla.

Explica desde el presente lo que hemos construido entre todas las mujeres y todos los hombres a lo largo de los siglos. Nosotros y nuestros padres y los padres de nuestros padres formando parte todos de un mismo proyecto: Castilla y León y España.

En 1983, los castellanos y leoneses asistimos con ilusión, con curiosidad (yo el primero) e incluso algunos con escepticismo al nacimiento de nuestro actual sistema de autogobierno: el Estatuto de Autonomía abría una nueva etapa política en nuestra comunidad.

Cuando se aprobó el Estatuto, yo aún no tenía 18 años. Los cumplí dos meses después y pude votar, por primera vez, en las elecciones autonómicas que se celebraron aquel 8 de mayo. Todo era nuevo: los candidatos, la estructura y hasta el funcionamiento de las autonomías.

Sin embargo, ya teníamos capacidad de decisión para elegir nuestro Parlamento Autonómico porque el Estatuto había dado paso al surgimiento de instituciones entonces nuevas, como la Junta de Castilla y León, con su presidente al frente, las Cortes regionales o el Tribunal Superior de Justicia.

Empezamos a oír hablar de transferencias de competencias con todo lo que este cambio supuso en nuestras vidas. La responsabilidad de prestar los servicios públicos más importantes pasaba ahora del Gobierno central al regional, nuestras Cortes aprobaban las leyes y nuestro Gobierno regional tomaba las decisiones.

Y este cambio político se reflejó también, lógicamente, en nuestro día a día: Desde entonces acudimos a una oficina de la Junta para hacer muchas de nuestras gestiones, en lugar de a una oficina de la Administración del Estado; del INSALUD o del INEM pasamos al SACYL y al ECYL. Una administración más cercana resolviendo nuestros asuntos más cotidianos.

Un gran cambio que fue posible gracias al acuerdo de las fuerzas políticas y que se ha mantenido en las sucesivas reformas; la última de finales de 2007 con un amplísimo consenso social y político.

De ahí venimos. Ése es el legado de quienes nos precedieron y es también el legado que nosotros defendemos. Desde aquel 25 de febrero de 1983 en el Colegio Mayor del Arzobispo Fonseca de la ciudad de Salamanca esta Comunidad ha crecido mucho, económica, social y culturalmente a través de nuestro autogobierno. Porque hoy las personas disfrutamos de mayor bienestar y calidad de vida: mejor sanidad, educación y servicios sociales, se han multiplicado las infraestructuras y nuestros pueblos y ciudades se han modernizado.

La Historia es cíclica. Hace 40 años este país protagonizó su transición democrática con una nueva Monarquía Parlamentaria, un Rey como nuevo Jefe de Estado y un Parlamento que votamos en libertad. Ahora, cuatro décadas después, la sociedad española busca nuevos cauces de participación. Y somos los castellanos y leoneses de hoy, al igual que en 1983, los que seguimos decidiendo cada día qué somos y qué queremos seguir siendo como protagonistas de nuestra Historia.

Tenemos que ser conscientes del nuevo panorama que las mujeres y los hombres de este país hemos votado libremente. Una nueva representación política y social que nos pide entendernos, dialogar, escuchar y ceder en beneficio del interés público.

Con independencia de la pluralidad de voces y visiones de nuestro parlamento regional, la clave es recordar que lo esencial en las políticas son las personas. Durante los últimos años, los más difíciles de nuestra historia democrática, la crisis nos ha obligado a ejercer la política con mayúsculas. El Gobierno regional ha garantizado la sociedad del bienestar en sanidad, en educación y en políticas sociales, que han concentrado el mayor gasto de las consejerías de la Junta de Castilla y León.

Pese a las serias dificultades económicas, en esta Comunidad Autónoma tenemos una Sanidad pública, gratuita y de calidad. Nuestro sistema educativo está entre los mejores de España. La excelencia de nuestra educación la ratifica el informe PISA con unos datos muy por encima de la media de España y de la OCDE. Una comunidad también en el pelotón de cabeza en políticas sociales.

Otra vez todos juntos, como sucedió en la aprobación de nuestro Estatuto, con generosidad y con esfuerzos compartidos hemos trabajado para que nadie se quedara atrás en la crisis, como también estamos haciendo desde los Ayuntamientos. A la altura de las dificultades y con sensibilidad porque la política social no es cuestión de cifras, sino de personas. Poniendo todos los recursos necesarios encima de la mesa, en coordinación con entidades como Cáritas, Cruz Roja o el Banco de Alimentos, para cubrir las necesidades básicas, evitar los desahucios y ofrecer alternativas de vivienda para los que menos tienen.

Ahí es donde estamos. Hacia dónde queremos ir depende de nuevo de todos nosotros. Debemos asumir nuestra responsabilidad como parte activa en la construcción de nuestra historia colectiva y apostar por lo que nos hace más competitivos. Porque las comunidades autónomas, las ciudades y los municipios tenemos que competir. Hoy nuestra comunidad está mejor comunicada.

Recientemente muchas ciudades nos hemos subido al tren del siglo XXI, y somos una referencia en turismo interior, patrimonio cultural y riqueza medioambiental, en la transmisión del conocimiento, en la enseñanza del español y disfrutamos de una gastronomía en auge apoyada en unos productos agroalimentarios de primera calidad.

Competir pero al mismo tiempo recordar que las políticas sociales deben ser nuestra prioridad junto con la creación de empleo, y luchar contra el cambio climático impulsando políticas medio ambientales sostenibles. Ciudades vivas, ciudades para las personas, accesibles y con un urbanismo de las pequeñas cosas que mejore el día a día de nuestros vecinos. Educar a nuestras niñas y niños en igualdad y tolerancia cero contra la violencia machista. Son necesarios unos impuestos justos para mantener la calidad de los servicios públicos, además de apoyar a los emprendedores, retener el talento para dar a nuestros jóvenes su primera oportunidad laboral, y apostar por la investigación.

Por último, la situación de inestabilidad política actual también nos obliga ahora a dar lo mejor de nosotros mismos y actuar con responsabilidad, con unidad y con cercanía. Todos tenemos que hacer un llamamiento a la sociedad de Castilla y León para defender la base de nuestro sistema de convivencia: Nuestro Estatuto y la Constitución española. Recuperando la actitud de diálogo y de entendimiento de la Transición.

Si Castilla y León y España se construyen desde abajo, debemos ser conscientes de nuestra responsabilidad, defender la Historia de nuestros padres y construir el presente desde el consenso para mejorar las instituciones democráticas que nos hagan ciudadanos con mayor libertad e igualdad. Pensando en el interés general, como siempre sucedió en los grandes episodios de nuestra Historia, y dejar a un lado los intereses particulares o partidistas para seguir avanzando en la construcción de una región más próspera y con más oportunidades para todas y todos.

 

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