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En buenas manos

JESÚS POSADA JESÚS POSADA
17/03/2016

 

En el año 2016 se habrán cumplido 33 años desde que inicia su andadura la Comunidad Autónoma de Castilla y León, que es tiempo suficiente para echar la vista atrás y reflexionar con objetividad. Desde la perspectiva que aporta esta experiencia, ha sido importante el camino avanzado desde aquella primera legislatura en el Castillo de Fuensaldaña hasta hoy, sobre todo en el reconocimiento de que nuestra Comunidad es útil para los ciudadanos y se ha convertido en una administración de referencia para los castellanos y leoneses.

Desde aquel año 1983 en que se creó nuestra Comunidad, me he mantenido siempre unido a nuestra tierra como procurador, senador, o diputado por Soria. Entre los años 1989 y 1991 tuve el honor de presidir la Junta de Castilla y León, una de las tareas más apasionantes de mi carrera política. Otra fecha importante para mí fue la investidura de Juan Vicente Herrera a la que asistí en nombre del Gobierno, como Ministro de Administraciones Públicas, en el año 2001. Analizando los cambios que se han producido en nuestra tierra en este amplio período, vemos que muchas de las transformaciones y mejoras de nuestra región se deben a estos últimos quince años, y todos debemos agradecer al actual Presidente que nuestra región haya alcanzado el impulso y la transformación que nos diferencian positivamente de otras regiones, y la esperanza que podemos transmitir a nuestros conciudadanos sobre el futuro.

En las últimas elecciones generales, millones de españoles expresaron su voluntad de cambio y lo manifestaron aupando a nuevas formaciones políticas, a las que reclaman, como también a los partidos hegemónicos, hacer el esfuerzo de diálogo necesario para no perder nada de lo conseguido. Sin embargo, a la hora de escribir este artículo no tenemos ninguna certidumbre de que eso se consiga en el gobierno de la Nación, algo que contrasta con la situación de Castilla y León, donde el diálogo ha funcionado y contamos con un gobierno estable y un programa de gobierno obtenido con el acuerdo de varias formaciones políticas, que va a permitir aumentar el empleo y profundizar en la transformación de nuestra región, con una razonable expectativa de mejora.

Nuestras Cortes en Castilla y León deberían ser ejemplo a nivel nacional. He sido Presidente del Congreso en la pasada legislatura y, al dejar esta responsabilidad a mi sucesor, he pedido a todos los partidos en esta nueva etapa tan complicada que mantengan la cabeza fría y busquen una fórmula de encuentro que permita cerrar el capítulo de la inestabilidad y analizar qué es lo que interesa a España y a su futuro. Porque que los españoles esperan de la nueva composición del Congreso de los Diputados en esta legislatura creo que no es otra cosa que capacidad de diálogo y que dejen a un lado los intereses partidistas para trabajar, cada uno desde su propio ideario, por el bien común de todos los españoles.

Las Cortes de Castilla y León se han comprometido en un programa de gobierno, que incluye cuatro grandes objetivos: reformar el Estatuto, mejorar la financiación autonómica, ordenar el territorio y acometer la reindustrialización; ya que estamos en una fase favorable, en la que las exportaciones y la balanza comercial es positiva. Todo esto será posible si a nivel de la nación se consigue una amplia mayoría que permita consolidar la recuperación económica y volver a unos niveles de empleo como los que tuvimos antes de la crisis. El objetivo para esta legislatura en Castilla y León es un millón de ocupados, un objetivo alcanzable en una situación de estabilidad, pero que se vería amenazado si a nivel general se producen pactos excluyentes, gobiernos inestables, o la repetición del proceso electoral.

Es mucho lo que hemos avanzado, pero también mucho lo que podemos perder si las formaciones mayoritarias no alcanzan acuerdos. Lo conseguido en España, evitando el rescate y superando la peor de las crisis, ha influido favorablemente en la economía de nuestra región, que ha sabido aprovechar mejor que otras Comunidades las herramientas que teníamos a mano y crece en estos momentos al 3%, mientras que el empleo y la afiliación a la Seguridad Social muestran signos de recuperación. También tenemos la confianza de nuestros socios europeos aunque todo esto, tan difícil de conseguir y mantener, puede perderse.

El Gobierno de Juan Vicente Herrera se ha marcado como objetivo irrenunciable mejorar la calidad de la política y para ello ha emprendido la reforma del Estatuto de Autonomía y otras medidas de carácter legislativo o reglamentario. Ésta es también una demanda de todos los ciudadanos en la que los avances todavía no se notan, porque muchos de los escándalos que se producen ahora tuvieron su origen hace bastantes años, y cuya lenta digestión judicial, nos presenta como actual algo que tuvo su origen en momentos muy diferentes. Con todo, éste tiene que ser un objetivo irrenunciable: acabar con la lacra de la corrupción. Otra cuestión fundamental será blindar un suelo de gasto social en el nuevo Estatuto de Autonomía para mantener y mejorar los servicios fundamentales como la sanidad, la educación y la asistencia social. Para ello es necesario contar con un nuevo modelo de financiación autonómica y nuevamente necesitamos para ello un gobierno estable en España, que sea capaz de escuchar a todas las Comunidades Autónomas y afrontar este reto, que hasta ahora no ha podido resolverse.

Decía antes que estamos en un momento en el que es posible hacer una reflexión serena de lo que ha ocurrido desde 1983. Y siendo objetivos, aunque muchas cosas han cambiado en tres décadas y nuestra autonomía se ha consolidado ante la sociedad, asumiendo nuevas competencias y demostrando que podía ejercerlas con mayor cercanía, también ha habido sombras en el proceso.

Los problemas de nuestra región tienen mucho que ver con el hecho de que Castilla y León sea una región extensa y con desequilibrios territoriales importantes, pero también tenemos la necesidad de fortalecer y regenerar nuestras instituciones en estos tiempos en los que hay una corriente de cambio. Y es obvio que, aunque contamos con mayor estabilidad política que otras regiones, no sería suficiente nuestro esfuerzo en un panorama adverso de inestabilidad general. Sin embargo, un clima favorable en el resto del Estado nos proporcionaría una ventaja competitiva para seguir avanzando en bienestar, servicios, infraestructuras y calidad de vida.

La conclusión global es que nuestra región ha mejorado notablemente, que hemos abandonado definitivamente el desánimo y la incertidumbre de otros tiempos; que nuestra sociedad está imbuida de un dinamismo real, y que nos disponemos a afrontar los problemas sabiendo que podemos resolverlos, y afrontamos el futuro, con una nueva ilusión.

Una de las razones por las que en Castilla y León podemos mirar el futuro con optimismo es precisamente porque nuestra sociedad está dispuesta a asegurar nuestro modelo de convivencia y abordar con generosidad los retos que tenemos planteados, sin sectarismos ideológicos y con el objetivo de avanzar juntos. Otros han aprovechado la crisis para plantear un órdago secesionista, pero nosotros compartimos los grandes objetivos nacionales y luchamos por ellos.

Si la situación actual es complicada para todos, para Castilla y León quizá lo sea un poco menos, porque en estos años ha prevalecido la austeridad, uno de nuestros signos distintivos, y también porque las reformas que se están acometiendo hacen presagiar un crecimiento, al menos, como el de los años precedentes y la posibilidad de aumentar la calidad de nuestros servicios públicos. La crisis pasará, claro que sí, y Castilla y León, como me gusta repetir, seguirá siendo un buen lugar para prosperar y para vivir.

 

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