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Una apuesta por la juventud

 

YA BIEN ENTRADOS en la segunda década del siglo XXI nos vemos en la decepcionante tesitura de tener que bajar a la arena para defender el papel de la formación avanzada, la necesidad de la Universidad.

Qué dirían los primeros profesores de la Universidad de Valladolid que, a principios del siglo XIII comenzaban a enseñar en las disciplinas propias de la época. Quizá entonces tenían los mismos problemas. Probablemente algún notable de la época pensaría, y lo que es más grave, lo diría en voz alta, que la sociedad en estos reinos estaba más necesitada de jornaleros, menestrales y mesnaderos, que de geómetras, teólogos o gramáticos. En todo caso, los que recibían sus títulos de bachiller o doctor corrían después el peligro cierto de emplearse por debajo de su cualificación, ya que una sociedad agrícola y sometida al peligro constante de la guerra con los reinos musulmanes no debía ofrecer muchas garantías de empleo cualificado.

Sin embargo, como en otras cosas, los reinos de Castilla y de León fueron (quién lo diría) pioneros en establecer universidades en la península: Palencia (1212), Salamanca (1218), Valladolid (1241) y Alcalá (1293) son las universidades más antiguas en los reinos hispánicos, de manera que, al llegar el año 1300, los reinos de Castilla y de León albergaban cuatro de las cinco universidades peninsulares. La otra es Coimbra (1290).

Hace pocas semanas, reflexionando en voz alta en nuestro Paraninfo durante la celebración del Día del Doctor, señalaba que últimamente se oye mucho decir que los titulados universitarios tienen más posibilidades, pero no todos obtienen empleos acordes con su nivel de formación, y se utiliza una palabra que a mí, personalmente, me produce disgusto: sobrecualificación. Se dice que nuestros titulados están «sobrecualificados».

Para empezar, es una denominación injusta y mentirosa. El propio término ya induce a pensar que la culpa es del titulado o del sistema universitario que lo ha formado, cuando la realidad es que la sociedad en general no es capaz de ofrecer esas ocupaciones con el nivel apropiado. En otras palabras, sería más justo decir que la sociedad está infradotada o que la sociedad no está a la altura de lo esperable. No se vea en esto un ataque o un reproche a la sociedad, sino todo lo contrario. Todos los miembros de la comunidad universitaria somos miembros de la sociedad, y además un colectivo numeroso, debo recordar: unos 25.000 estudiantes, más de 2.000 profesores y casi un millar en el personal de administración y servicios. Además, en estos colectivos se incluye una variedad grande de edades, de intereses académicos y personales, y de creencias y sensibilidades políticas. Tenemos por tanto todo el derecho a opinar y toda la obligación de contribuir con nuestro esfuerzo a mejorar aquellas cosas que no nos gusten. Volviendo al tema principal de la palabra talismán: una vez que se ha colocado el concepto de que nuestros titulados están sobrecualificados solo hay un paso para decir que sobran universitarios o que no hace falta tanta cualificación.

A este respecto quisiera proponer un ejemplo, quizá un poco exagerado, pero que creo que puede ayudar a ver las cosas con perspectiva o al menos a que se entienda cómo las veo yo.

Hace ahora cien años, en los comienzos de la primera guerra mundial, España tenía la segunda tasa de analfabetismo más grande de Europa, solo superada por la Rusia de los Zares. Ante esta situación, alguien podría haber razonado que en un país eminentemente agrícola como era la España de 1916 no era necesario saber leer y escribir para trabajar como jornalero en el campo. Quiero creer que, con los años, España desarrolló un tejido industrial y de servicios precisamente porque tenía gente capacitada para ello. Quiero creer que si tenemos personas, y sobre todo personas jóvenes, bien preparadas, será más fácil crear y desarrollar nuevas empresas y atraer otras que vengan a crear riqueza y empleo entre nosotros. En definitiva, estoy seguro de que esmerándonos en la formación de nuestros jóvenes estamos contribuyendo a una sociedad más próspera y con más oportunidades para todos.

En España no tenemos, en proporción, más doctores o titulados que los países desarrollados de nuestro entorno. Quizá lo que pasa es que nuestra sociedad está menos desarrollada que los países de nuestro entorno. A veces se oye decir que la universidad está de espaldas a la sociedad o que tiene que adaptarse a las necesidades de la sociedad. Lo primero es difícil de creer si tenemos en cuenta las cifras que he mencionado antes. La comunidad universitaria es un colectivo plural y numeroso, y constituye una parte significativa de la sociedad. Lo segundo, lo de adaptarse, creo que en el caso que nos ocupa no se trata de intentar adaptar nuestra oferta a las necesidades actuales. Más bien tenemos que ser capaces de imaginar qué queremos ser, cómo queremos que llegue a ser nuestra sociedad, y formar en consecuencia personas capacitadas para llevar a cabo esa transformación.

Está claro, por tanto, que no puede decirse que sobran doctores o sobran universitarios. Más bien hay que decir que faltan oportunidades para que nuestros doctores y nuestros titulados universitarios puedan contribuir con su conocimiento y con su talento a que nuestra sociedad sea mejor y alcance el nivel que todos deseamos. En tanto que sociedad, es tarea de todos, y también nuestra, el trabajar para conseguirlo.

Es mi convicción que cualificar a los ciudadanos jóvenes, cuanto más mejor, es bueno para todos, empezando por los propios jóvenes. Hay una correlación evidente entre cualificación y empleo. A mayor formación, menor paro, y en los niveles más altos (doctorado) existe prácticamente pleno empleo. Por otro lado, desde el punto de vista de las oportunidades, los estudios sociológicos indican que la formación universitaria constituye el ascensor social más importante en nuestros días. Pero, además, si queremos que nuestra sociedad avance hacia cotas de más bienestar y mayor justicia social, es imprescindible disponer de generaciones de jóvenes bien formados.

En los últimos años hablamos y hablamos de una economía basada en el conocimiento, pero no acabamos de trasladar las palabras a los hechos. Desde hace ya tres décadas las universidades públicas españolas han dado pasos muy importantes en investigación, es decir, en la creación de conocimiento, pero tienen ante sí el reto de la transferencia, el reto formidable de transformar el conocimiento en riqueza y bienestar para nuestros conciudadanos. Investigación aplicada, patentes, fomento de los emprendedores, participación en la creación de empresas de base tecnológica, son algunas de las facetas en las que la universidad puede y debe hacer contribuciones significativas. La Universidad de Valladolid está en ese camino, y las cifras no son malas, pero hay que seguir trabajando, intensificando el esfuerzo y apoyando a los grupos que tienen mayor potencial.

Por último, la Universidad de Valladolid tiene un compromiso con el entorno más inmediato. Durante siglos fue, con Salamanca y Alcalá, una de las tres universidades mayores del reino. Tiene por tanto unas fuertes raíces que se hunden en el tiempo y una fuerte vinculación con la región. En estos momentos el ámbito territorial de la UVa se extiende a cuatro de las nueve provincias de la comunidad autónoma, y en consecuencia está llamada a desempeñar un papel importante en la vertebración del territorio y la economía de Castilla y León.

Tenemos así importantes retos ante nosotros, y espero que, como comunidad universitaria, y en colaboración con instituciones, organizaciones sociales y empresas, seamos capaces de afrontar estos retos con éxito y en beneficio de nuestros conciudadanos.

 

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