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ESPEJOS PARA LA BASE / LUIS COLMENERO

Tarjetas de brillantes

Tras medio siglo dedicado al balonmano, el exárbitro internacional abre la puerta del ‘salón de la fama’ con la imposición de la insignia olímpica otorgada por el COE

GUILLERMO SANZ / VALLADOLID
19/12/2018

 

La tarjeta de presentación de Luis Colmenero viene impregnada de colores amarillo, rojo o azul, gama cromática con la que ha pintado con pincel fino sobre el lienzo de su carrera deportiva. La vida del vallisoletano ha vivido entre las fronteras del 40x20, medidas perfectas de un deporte como el balonmano, que se convirtió en algo tan frecuente como respirar para un hombre que encontró en el arbitraje una llave para abrir la puerta del salón de la fama del deporte.

La carrera de Luis Colmenero ha sido reconocida con la entrega de la insignia olímpica del COE; un fruto que ha llegado después de labrar durante medio siglo el campo del balonmano. El prólogo de esta Ilíada no comienza con el ruido de un silbato como banda sonora de fondo. El mayor de los Colmenero dio en 1955 sus primeros pasos vestido de corto sobre unos campos de cemento, los del colegio El Lourdes de Valladolid. Allí abrió la puerta de su vida al balonmano y éste entró hasta la cocina. «En el colegio empecé a jugar, pero era muy malo y decidí hacer el curso de monitor. Empecé a entrenar equipos, pero me decanté por el arbitraje», recuerda.

Tras el ruido de la claqueta, comenzó a rodarse la película de su vida deportiva. El fútbol, deporte en el que destacaba enrolado en las filas del Betis, salió de escena cuando el balonmano cogió el guión. Desde el pitido inicial todas sus actuaciones han sido anotadas en cuartillas, desde los dos duros que recibía por arbitrar en los patios de colegio hasta las 500 pesetas que ganaba cuando se jubiló de la División de Honor, donde dirigió más de 100 partidos.

Por el camino aparecían momentos inolvidables como un Barcelona-Atlético Madrid en un «Palau con un ambiente increíble» y algunos para olvidar como el vivido en la localidad alicantina de Crevillent. «Les arbitramos una vez y nos persiguieron hasta el tren. Al poco tiempo nos tocó volver y nos pagaron en monedas metidas en una caja de zapatos. Ni lo contamos porque queríamos salir de allí. Nos tangaron», recuerda con humor Luis Colmenero.

Eran tiempos en los que la camisa negra era el uniforme de trabajo de los árbitros. Un color inconfundible que llegó a lucir, junto a su pareja Jesús Hípola, en el terreno internacional, convirtiéndose en uno de los pocos árbitros vallisoletanos (junto a Monroy y Martín Franco) en conseguir este rango... aunque fuera cerca de casa. «En aquella época, los internacionales españoles no pasábamos más allá de Francia y Portugal», afirma. Casi turismo de interior en comparación con lo que llegaría en su siguiente fase.

Tras jubilarse en la temporada 82-83, tras un inolvidable Barcelona-Helios, continuó un currículo con líneas escritas desde la presidencia del Comité Nacional de Árbitros o como delegado de EHF. «Me hacía mucha ilusión ver dónde me mandaban cuando salían las designaciones. He conocido sitios que no hubiera imaginado conocer en la vida», celebra el portador de la insignia olímpica.

Tal vez, el éxito deportivo del que está más orgulloso Luis Colmenero es el de haber sido el encargado de poner los cimientos de una saga que lleva el balonmano en la sangre. Nadie antes que él había portado este gen en la familia. Desde su desembarco al árbol genealógico le empezaron a crecer ramas con buenos frutos como sus dos hermanos Javier, actual presidente de la Delegación de Valladolid, Carlos, que desde el banquillo logró llevar al CDU hasta la final de una Copa de la Reina o a dirigir a la selección española júnior que se colgó la plata en el Mundial de Basilea. «Algo habré influido en ellos», entiende el hermano mayor.

La segunda generación continúa escribiendo el legado de los Colmenero. Sus sobrinos Diego y Cecilia dan muestras de buenos mimbres sobre la pista, pero sin embargo, el mayor orgullo de Luis tiene su mismo nombre y su misma sangre. Su hijo ha decidido seguir las huellas que su padre dejó en el camino y desde esta temporada es árbitro en la Asobal: «Él se metió muy tarde y le dije que si no era muy mayor», bromea al tiempo que recuerda el viaje a Guadalajara para verle por primera vez siendo juez en la élite: «A mí me hizo mucha ilusión. Por él y por mí. Fue muy bonito verle debutar», reconoce. Todos ellos han tenido y tienen un espejo en el que mirarse, un espejo con una insignia del COE que se suman las tres medallas de la Federación Española (oro, plata y bronce) y la que otorgaba la Junta de Castilla y León. «Es especial. Esta medalla no te la dan por haber batido un récord, sino por haber dedicado mucho tiempo», tiempo de siembra y de cosecha de historia del deporte.

 

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