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ESPEJOS PARA LA BASE / PABLO LAVANDEIRA

Príncipe en el reino del aro

El primer diamante salido de la cantera del Fundación Grupo Norte ha vivido una meteórica carrera en la que luce un bronce europeo con España

GUILLERMO SANZ / VALLADOLID
05/12/2018

 

La historia mundial tiene escritas varias líneas protagonizadas por reyes y reinas que recibieron una corona antes incluso que su primer juguete. Luis XV, Isabel II, Ivan el Terrible o María Estuardo pasaron de príncipes a reyes casi con su bautismo. El don de la precocidad ha saltado de siglo en siglo, regando varios campos, entre ellos el baloncesto adaptado, donde Valladolid presume de un príncipe capaz de hacer de la silla de competición un trono desde el que promete reinar en este deporte.

Su nombre es Pablo Lavandeira, jugador del Fundación Grupo Norte, que a sus 18 años ya ha probado casi todas las mieles que ofrece el buffet del deporte, una puerta que ha derribado a golpe de trabajo y pasión, ingredientes para conjugar la fórmula del éxito. Ahora, Pau (como es conocido en el mundo del aro) es una pieza importante en el tablero del Fundación Grupo Norte, pero la primera casilla no se ubicaba en un parqué con dos canastas, sino en el patio del colegio El Pilar, donde empezó a practicar deporte.

El fútbol era su asignatura favorita hasta que en 2006 sufrió una lesión medular. La silla de ruedas se convirtió desde los seis años en un compañero de vida y al tiempo que Lavandeira supo ver en ella un vehículo para moverse hacia nuevos horizontes. «Cuando tuve el accidente me dijeron que era bueno hacer deporte. Empecé en natación, pero vi que no me gustaba y comencé a hacer equitación», recuerda.

Un día se encendió una bombilla de color naranja y el baloncesto se convirtió de repente en una ventana con un paisaje que nunca le resultó atractivo... hasta que formó parte de él. «Había jugado al baloncesto en educación física, pero me parecía un deporte aburrido... ahora soy un fiel seguidor del hastag #dormiresdecobardes (usado para las madrugadas de la NBA)», bromea el internacional.

Su primera toma de contacto con el baloncesto adaptado fue en una actividad de sensibilización en El Pilar. «Me monté por primera vez en una silla de juego y me gustó», admite, pero no fue hasta más tarde cuando se lanzó a vestirse con la coraza morada. «En 2013 me compré una silla de juego de octava mano por 50 euros. Ya tenía lo más complicado, era el momento de probar para ver si se me daba bien», asegura. No falló en su apuesta. Después de entrenar un año solo y de hacerlo otro con el equipo pero sin jugar llegó la oportunidad soñada: el debut en División de Honor contra el Ferrol. La escuela del BSR Valladolid, fundada tres meses después de que él llegara, ya había encontrado a su niño prodigio.

Lavandeira abandera una escuela que es motivo de orgullo para el club morado (que ya ha hecho debutar a Álvaro López, también alumno): «Todo deporte, si se basa en fichar y no crear a los tuyos, pierde dinero y no tiene gente de la casa que sienta los colores», entiende el jugador, que pone en alza el valor de la base del Fundación Grupo Norte: «Es importantísimo que no nos quedemos en casa, que nos relacionemos y tengamos vida más allá de nuestra discapacidad, que no vivamos en ella. A mí, el baloncesto me cambió la vida. Las ganas de afrontar la vida, aprender a superarme día a día... Los miedos que les guarden en un baúl y tiren la llave, que disfruten de la oportunidad que tenemos de vivir y practicar deporte», recomienda a las personas en silla de ruedas.

El jugador aún no ha votado, es novato en la Universidad (donde estudia Ingeniería informática) y acaba de cumplir la edad para sacarse el carnet de conducir, pero Pau ya ha vivido más que la mayoría de chicos de su edad. Su camiseta está colgada en el colegio Lourdes (donde estudió y al que Lavandeira muestra todo su agradecimiento) y es que no todos sus alumnos tienen en sus manos dos medallas internacionales. «En mi carrera tengo tres recuerdos imborrables: el subcampeonato en la Willi Brinkmann de Turquía, el bronce de Italia (en el Mundial de Venecia) y el debut con la absoluta», reconoce.

El vallisoletano ya es un joven veterano en Europa, por donde ha viajado con la mochila morada del Fundación Grupo Norte (con el que ha jugado una André Vergauwen y una Willi Brinkmann) y con la roja (de la selección nacional). Con España disputó un Europeo sub 23, con quien consiguió este año una medalla de bronce en el Europeo, la línea de salida de un camino lógico que le llevó a la absoluta, donde quedó quinto en el Mundial. «Debutar con la sub 23 fue como hacer un examen que llevas mucho tiempo preparando y cuando te dan la nota tienes un 9,5 o un 10. Jugar un Mundial sería como sacar una matrícula», confiesa un jugador que ha alimentado su crecimiento con la proteína del aprendizaje continuo: «Tengo capacidad de captación. De cada jugador con el que juego o me enfrento me quedo con lo mejor... y con lo peor, para no repetirlo», confiesa.

Como buen estudiante, Pablo Lavandeira tiene la agenda al día. Con su club lleva los deberes al día, pero más allá se prepara continuamente para dar el gran salto, un sueño que duerme entre aros de colores: unos Juegos Paralímpicos. «Hasta que eso no se cumpla lo voy a tener como objetivo», promete el joven MVP.

 

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