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El oval de la eterna juventud

El buque insignia de El Salvador celebrará en 2018 tres décadas ligado al mismo club en el que, con 42 años, sigue siendo una pieza fundamental

GUILLERMO SANZ / VALLADOLID
06/12/2017

 

Cuentan las leyendas que el explorador español Ponce de León escuchó hablar de la fuente de la que manaba la eterna juventud de los nativos puertorriqueños y decidió emprender viaje para encontrarla. El conquistador de Tierra de Campos descubrió Florida, pero no dio con la ansiada fuente. No es de extrañar, estaba ubicada en Pepe Rojo y se topó con ella Manu Serrano, que como si de un pacto con el diablo se tratara, mantiene (tres décadas después de su primer envite con el oval) la esencia del primer día.

Es difícil dibujar en la mente una imagen de Manu Serrano despojado de un balón de rugby y de su eterna sonrisa: marcas de identidad de la casa. Sin embargo hubo un tiempo en el que el oval no entraba en casa de los Serrano. Como buen alumno de La Enseñanza comenzó en el balonmano (forjado en la disciplina de los hermanos Colmenero), deporte que compaginó con el judo. Sin embargo, su primo le empezó a empujar hacia un timón que guiaría su vida: el rugby.

Sus primeros pasos en el oval los dio a hurtadillas. «Mi primo me decía que lo tenía que probar, pero mi madre no me dejaba, porque decía que era de brutos (hoy es una acérrima aficionada al Chami) y empecé yendo a escondidas», recuerda. Como agente doble; así fueron sus primeros pasos con el oval en el patio del colegio El Salvador. Con su padre como cómplice, Manu Serrano iba a Pepe Rojo a jugar al rugby y luego a La Enseñanza a jugar al balonmano. Cuando llegaba al partido el barro y las heridas en las rodillas se ocultaban peor que las medias negras debajo de las de La Enseñanza.

Han pasado casi 30 años (los que cumplirá el año que viene en la disciplina colegial) y los grilletes no han cedido ni un centímetro. Con 42 años sigue fiel (a pesar de que tuvo una tentativa para probar suerte en el 1860 Múnich) al club que le vio debutar en el primer equipo en un partido de Copa ante el Getafe.

Fernando Lavín fue el que tuvo el honor de poner el lazo blanquinegro a Manu Serrano: «Íbamos ganando de mucho y dijeron... que juegue el niño», recuerda. Lo hizo sin miedo de enfrentarse a 15 hombres ni nervios del debut: «Yo creo que cuando eres joven eres más inconsciente. Crees que puedes con todo. Te mandan calentar y no piensas en otra cosa que no sea salir a jugar», admite.

Desde entonces, la vida del primera línea se convirtió en un agujero negro en el que han acabado cientos de partidos. Tantos que reconoce haber perdido la cuenta. Tantos como para dibujar el mapa de los 21 tesoros, uno por cada título conseguido con El Salvador (todos menos los tres primeros inquilinos de las vitrinas del club colegial). Tantos como para convertirse en el jugador más laureado del rugby nacional, un mérito que Manu Serrano se sacude como se sacude el barro después de un partido: «En un deporte colectivo como es el rugby el único mérito que he tenido ha sido el de mantenerme en el equipo y tener la suerte de estar con jugadores como Alvar Enciso o Flequi», destaca entre una larga lista.

Todos los títulos han grabado en la memoria de la leyenda colegial recuerdos a fuego... o a tinta, como el primer título de Liga, que acabó con Lesmes, Mata y Serrano pasando por la aguja para tatuarse un diablo maorí que le acompaña desde entonces. Aunque de todos, Manu Serrano se queda con la primera Copa del Rey que consiguió su amigo Juan Carlos Pérez como primer entrenador.

En su viaje, Manu Serrano ha tenido también la posibilidad de sellar su pasaporte a golpe de rugidos, como miembro durante 36 veces del XV del León. «Es algo que voy a recordar toda mi vida. Era la recompensa al trabajo bien hecho. Yo aprendí de los pilieres del equipo. Les veía y quería trabajar como ellos porque quería llegar a la selección», recuerda. El primer partido ante Rusia da cuerpo a un recuerdo que quedó enmarcado (al menos su camiseta) en la pared de su casa. En el segundo, la camiseta fue a parar a manos de su mentor Pirulo.

Con un álbum lleno de recortes de periódicos aún por rellenar, la retirada de este ‘one club man’ no se deja ver en el horizonte. «Si no tuviera ese hambre de ganar no estaría en el equipo. Siempre a final de temporada hablo con Juan Carlos y Mar y les pregunto si puedo aportar cosas. Me quiero retirar yo, no que se me retire. Es más digno», entiende un jugador sin fecha de caducidad capaz de pegarse cada día con chavales a los que dobla la edad. ¿El secreto?: «Hago los mismos entrenamientos del equipo y mis extras para mantenerme», confiesa Manu Serrano.

 

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