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Escultor de discóbolos

Julio Calvo, a sus 75 años, se encarga de formar a las nuevas generaciones de lanzadores vallisoletanos del Club Atletismo Valladolid / El veterano suma cinco medallas en mundiales y tres oros europeos en categoría máster

GUILLERMO SANZ VALLADOLID
06/11/2019

 

El griego Mirón esculpió su obra más conocida en bronce. Al menos eso es lo que estiman los historiadores, ya que la obra original no se conserva. Su figura perfectamente plasmada ha sido imitada en infinidad de ocasiones, incluso Dalí sirvió su surrealismo al legado del heleno. Sin embargo, una vez esa escultura tomó vida en Valladolid y fue bautizada como Julio Calvo: el discóbolo vallisoletano.

Cuando un hombre sale de una jaula suele hacerlo con grilletes de hierro en las manos. El veterano lanzador cruza esa línea con medallas de oro, plata o bronce en su cuello. Así lo ha hecho desde que en 2005 acudiera a su primer Mundial en San Sebastián. Desde entonces ha amasado un botín de dos oros, dos platas y un bronce mundial y tres oros continentales, el último conseguido el mes pasado cerca de los canales venecianos.

A sus 75 años no sólo es capaz de conquistar el mundo armado con un disco que lanza más allá de los 46,27 metros (récord de España), también es capaz de contagiar su amor por esta disciplina atlética a los jóvenes del Club Atletismo Valladolid, club con el que colabora desde hace más de una década.

«Me comprometí porque mi hijo empezó a hacer atletismo hace 14 años. Empecé con él y otra chica», recuerda. Hoy son 16 los chicos y chicas que se acercan a la jabalina, el peso, el martillo y el disco, materias en las que Julio Calvo imparte clases magistrales. «Ver a un chico o una chica que no han tocado un disco en su vida y ver que progresan, da una satisfacción más grande que las mías por hacer marcas o ganar mis medallitas», asegura.

Los lanzadores son un bien preciado en los equipos de atletismo. La falta de especialistas hace que los puntos conseguidos en esta modalidad coticen a la alza en competiciones en las que un punto arriba o abajo pueden poner una frontera entre la División de Honor o la Primera División. «El punto flaco de todos los clubes, menos los de élite como Barcelona o Playas de Castellón, son los lanzamientos, porque no hay especialistas que los entrenen», analiza.

Valladolid tiene la suerte de contar con la sabiduría de Julio Calvo, la cual comparte con sus pupilos con la misma naturalidad con la que lo hace en una conversación con amigos. «Soy un amigo de los que están lanzando conmigo. Nada de voces, nada de enfados… Es un trato familiar, que es como me lo paso mejor», explica el veterano atleta. Esta filosofía da muestras de que no es necesario alzar la voz para ganarse el respeto que sus alumnos le procesan.

Su ‘modus operandi’ como entrenador da sus frutos. La muestra la da Mariví Álvarez, su alumna más aventajada hasta el momento. La joven promesa del martillo ha conseguido ya dos veces la mínima para el Campeonato de España y ha dejado a la orilla del tartán una estela que ahora siguen otras chicas como la infantil Nerea López, campeona de Castilla y León.

La lección que da Julio Calvo va más allá de las técnicas de lanzamientos. Es el vivo ejemplo de la eterna juventud. «A los chavales les digo que si hacen deporte con regularidad el cuerpo lo agradece». Él mismo ha visto cómo el deporte se ha convertido en la mejor medicina para ayudarle a superar, hace ya seis años, un cáncer de próstata; una enfermedad que no logró tambalear el semblante del discóbolo.

Con esta batalla ganada Julio Calvo continúa preparado para continuar escribiendo una historia que comenzó hace más de 60 años en el patio del colegio El Salvador como un escolar. «No lo he dejado nunca y seguiré hasta que me caiga de viejo», ‘amenaza’.

Su secreto descansa en la constancia y la perseveración. «De niño entrenas de otra manera que cuando empiezas a trabajar y tienes otras responsabilidades o que ahora, pero siempre con la misma ilusión. No lo he dejado nunca y ahí está la gracia de mantenerme bien. Acabo un entrenamiento y estoy tan pancho. No tengo pereza para salir a tomar unos vinos», bromea el incansable discóbolo, que nunca falta a la cita con el entrenamiento.

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