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ESPEJOS PARA LA BASE / FERNANDO 'NANO' PÉREZ

Destino de caballero

El jinete, que con ocho años participaba en los Grandes Premios, continúa cuatro décadas después a lomos de un caballo y activo en competición

GUILLERMO SANZ / VALLADOLID
08/11/2017

 

La época medieval dibujaba un paisaje en el que los caballeros dejaban las huellas de las herraduras de sus corceles en la historia. Su vida se movía al trote o al galope, pero siempre a lomos de un leal amigo. Guerrero y caballo eran uno sólo y ninguno abandonaba al otro. Ése es uno de los siete puntos que conforman el Código del Caballero, un ideario en el que luce también la obligación tácita de no retirarse nunca de la batalla, una cadeneta de palabras que ha decidido colgarse al cuello Fernando ‘Nano’ Pérez Díez que, a sus 47 años continúa fiel a una pasión que casi le vio nacer.

Las cuadras que su tío Víctor tenía en el Camino viejo de Simancas fueron un huerto para sembrar recuerdos de infancia para sus diez hermanos, pero una primera letra para estrenar la historia de su carrera para ‘Nano’. Entre caballos de paseo, Fernando descubrió una pasión vestida de competición junto a su hermano Javier. Como si fuera cosa del destino su primer caballo llevaba el nombre de Educador, un veterano del ejército con el que el coronel Valenzuela había coleccionado honores en varios concursos, pero que a sus 18 años se encontraba en su última etapa, aún así que se convirtió en un maestro para el jinete.

Junto a Brisa , Dakar y Sobresalto (heredadas de su hermano Javier), Educador formó parte de una cuadra que empezó a brillar pronto. «Fui un jinete precoz. Con 8 y 9 años comencé a competir a nivel local y con diez a nivel nacional», narra Nano, que con una decena de años ganó el Gran Premio de Cabezón de la Sal. Era la década de los 80; un tiempo en el que un niño podía competir con los adultos, una estampa poco habitual en los picaderos: «Era un caso especial porque no había jinetes de mi edad. Llamaba la atención porque no éramos muchos y yo era muy pequeñito. Era como la mascota de los concursos», recuerda.

Los caballos se convirtieron en más que una afición para Nano Pérez Díez, que pensaba en ellos despierto y soñaba con ellos dormido. Todo fruto de cultivar su talento tarde tras tarde desde la salida del colegio hasta la hora de cenar. «Mi tío Víctor me inculcó el estar todo el día pensando en los caballos. Yo concursaba y me sentaba a ver a los jinetes buenos», recuerda; un grupo selecto en el que siempre incluyó a su hermano Javier: «Yo me fijaba mucho en él. Mi jinete favorito era mi hermano mayor. Nunca sale a la pista si no es a ganar. Es muy competitivo», destaca.

Los saltos cada vez eran de mayor altura en la carrera de ‘Nano’, que llegó a estar en el equipo español en su época de juvenil. Fue entonces cuando una bifurcación se presentó en el camino. «Ahí o das un paso al profesionalismo o no lo das. En esa época te tenías que ir a otro país como Alemania o era impensable, y yo tenía muy claro que vivir de los caballos era imposible», admite. La duda de saber qué hubiera pasado si hubiera dado el salto a profesional o si hubiera vivido en una época diferente en la que viajar por el mundo es como salir a comprar el pan, casi rutina, siempre estará volando por el ambiente. Lo está del mismo modo en el que la hípica ha estado presente en su vida.

No ha hecho falta viajar a las altas esferas para sentir el tacto del éxito. En el currículum de ‘Nano’ lucen cinco campeonatos de Castilla y León, seis Trofeos Queipo de Llano y una treintena de Grandes Premios Nacionales. Sin embargo, uno de los momentos que recuerda con más orgullo el jinete no tiene el brillo de una medalla de oro: «Hay un premio que me hizo especial ilusión. En el Campeonato de España Juvenil de San Sebastián no gané medalla, pero me dieron el premio a la mejor monta. Fue un reconocimiento que me hizo especial ilusión», recuerda.

La yegua francesa Icone St Lois ha sido su compañera muchas batallas ganadas y “con la que más he disfrutado”, como confiesa el jinete. La descendencia del equino promete una nueva hornada ganadora y a sus lomos un incombustible Fernando Pérez Díez, que no marca una fecha en el calendario para desenmontar y colgar los estribos. «Yo ahora compito bastante menos, pero no tengo idea de dejarlo. Tengo potros jóvenes y material con el que trabajar. Este es un deporte en el que si te mantienes en forma y te cuidas puedes aguantar hasta edades muy avanzadas», asegura el vallisoletano, que manda un aviso para navegantes: «El campeón olímpico Nick Skelton tiene 60 años...».

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