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JUANJO FERNÁNDEZ ‘FEÑE’

La arquitectura de los sueños

Testigo directo del ascenso del baloncesto vallisoletano a la élite y cofundador del CB Valladolid, el exjugador brinda ahora su experiencia al servicio de la cantera del Ciudad de Valladolid

GUILLERMO SANZ / VALLADOLID
20/12/2017

 

Crear vida de la nada es un milagro que no está al alcance de todo el mundo. Empezar a escribir un best seller cuando la primera hoja está arrugada es un ejercicio de persistencia, una carrera detrás de los sueños en la que Juanjo Fernández, Feñe dentro del mundo del baloncesto, ha demostrado ser incansable. Con la misma paciencia con la que logra revivir de cero una maqueta (su gran pasión) de Valladolid en el siglo XVIII comenzó a diseñar su camino con un balón naranja.

Su primer gran amor, como el de casi todo el mundo, «acabó en decepción», como reconoce. «Empecé en el San José y en las pruebas de selección no me cogieron. Fue muy duro», reconoce Feñe que, en vez de dar un paso para alejarse de la canasta,dio un paso más hacia ella. Como lo que quería era jugar no dudó en hacer un equipo con otros compañeros. Cuando dio el estirón, el baloncesto fue el que le llamó a filas.

Feñe derribó puerta por coraje: «Lo mío ha sido a base de trabajo y esfuerzo, nunca he sido un buen jugador. Sólo los privilegiados tienen un don... y yo no he sido de ellos». Primero, la selección de Valladolid. Después llegaron el San Carlos y el Castilla, con el que sellaron una ascensión meteórica llegando a Primera (actual ACB) coincidiendo con la llegada de Manolo Castrillón, «un jugador contrastado que dio mucha más proyección», recuerda. Todo ello cocinado en unos fogones congelados como eran los del pabellón de la Feria de Muestras. A Feñe aún le entra el frío en el cuerpo sólo con revivir con palabras y una pizca de memoria esos años: «Teníamos que calentar fuera porque dentro se nos quedaban las cejas blancas. Ahora voy a la Feria, veo la calefacción y se me caen las lágrimas...¡Con la de sabañones que he tenido yo, que he llegado a quitar el hielo del tablero».

El Castilla y el San Carlos unieron fuerzas para crecer... y vaya si lo hicieron. Tres escalones en tres años subidos con gasolina casera, una fuerza que daban jugadores como Moncho Monsalve, Vicente Lafuente, Morti, o Arturo Seada, Samuel Puente o Martín de Francisco. El equipo llegó a la cima y las ilusiones se tiñeron de morado, color del CB Valladolid, club que nació en 1976 y en el que la casa de Feñe en Viana se disfrazó de paritorio: «Los primeros pasos se dieron en mi casa con Rafael Viloria, Javier Fernández y Teodoro Rodríguez», recuerda.

Cuando ocurrió el milagro de la vida, Juanjo Fernández Feñe aún vestía de corto y firmaba uno de sus tres años que disputó en la élite nacional, luciendo su rol de sacrificado peón en un tablero en el que coincidió con reyes como Nate Davis o Carmelo Cabrera. Ambos fueron compañeros en un viaje a las alturas: «Me llamó mucho la atencíón la magnitud de los campos. Imagínate, un provinciano como yo jugando en el pabellón del Madrid o del Barcelona... Para mí era una maravilla. Al principio me impresionaba un poco. Me tenía que pegar con Sibilio o Luyk... para mí era muy fuerte».

La exigencia de la élite desgastó a un jugador tallado con trabajo. «Tenía que dejarlo porque la exigencia era máxima. Tenía que estar como una bestia y yo sufría problemas de espalda», reconoce. Así decidió sacar la carne del asador de la ACB y llevarlo, reclutado por Mario Pesquera, al Universitario, con el que ganó en el 1988 la Liga Nacional Universitaria y llegó a varias finales del campeonato de España. Cuando tocó la corneta de despedida, Feñe no se fue muy lejos de la pista: cogió las riendas del equipo.

La desaparición del CB Valladolid fue «un desastre, algo terrible». Sin embargo, ese corazón roto se reparó con la llegada de un nuevo reto. Feñe es de esas personas que siempre aprieta el botón verde cuando recibe la llamada del baloncesto. Lo hizo cuando le propusieron crear con Gustavo Aranzana y África Lesmes la escuela municipal de baloncesto y lo hizo cuando Mike Hansen pensó en él cuando comenzó a dibujarse el esqueleto del Ciudad de Valladolid, donde ejerce los roles de directivo y de encargado de la cantera. «Tras la desaparición del CB Valladolid Mike Hansen me llamó y me dijo que no podíamos dejar a tantos niños en la escapada y yo, como soy un ‘friki’ del baloncesto dije... ¡Adelante!. Esto ha sido un milagro. Montar un club de esas dimensiones es brutal», reconoce un fabricante de sueños con sello de calidad.

 

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