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TIENE TELA

Travesía del desierto

ANTONIO PIEDRA ANTONIO PIEDRA
13/05/2019

 

«LA GALIA está dividida en tres partes: una que habitan los belgas, otra los aquitanos, la tercera los que en su lengua se llaman celtas». Así empieza –en latín, claro– La Guerra de las Galias de Julio César, que antes aprendíamos de memoria en vez de marketing de empresas. Con el célebre libro no sólo supimos latín, sino cosas muy interesantes de historia, batallas y enemigos. Dicho esto, pensarán que esta vez, como dice mi psicólogo, se me ha ido la pinza del todo. Puede, pero sigan leyendo, pues tiene que ver con la situación actual.

En plena segunda etapa de la guerra electoral, conviene recordar alguna de las reglas que refiere Julio César. Así lo hicieron Napoleón y cuantos estrategas libraron batallas importantes en este planeta. No nos engañemos. Inmersos en mil batallas electorales, disfrazadas de agradables actos cívicos, tenemos abierta una durísima guerra de consecuencias evidentes.

Según Julio César, la primera ley de la guerra es que los vencedores traten a los vencidos a su antojo. Es decir, que a los que perdieron las elecciones en la primera etapa, y vuelvan a perderlas en la segunda, se les aplicará a rajatabla el Vae victis! de Livio: ¡Ay de los vencidos! Se hará así aunque el vencedor, hasta el día 26, se vista de seda como la mona. Las consecuencias de dos derrotas electorales seguidas serán letales y se pagarán durante años, aunque los electores no se lo crean o se hagan los tontos.

Otro principio básico que señalaba Julio César es que «la esperanza nunca ha cambiado el tiempo que ha de hacer mañana». Es decir, si se pierde la guerra, no vale con tener esperanzas, sino un buen paraguas para cubrirse de los chuzos que lanza el cielo. Y de aquí, otra contundencia complementaria del amigo Julio: «los hombres tienden a creer aquello que les conviene». Cuando oigan hablar a los políticos de esas formulaciones ideológicas tan complejas, idealistas y buenistas que van a cambiar el mundo, están haciendo lo de Julio César: lo que les conviene.

Por encima de cualquier otra consideración, las pugnas electorales entre los diferentes ejércitos son batallas de intereses. En sus discursos señalan siempre los políticos el gran sacrificio que hacen por el bien de la humanidad. Lo que recuerda el chiste del monaguillo pidiendo limosna para el culto. Al preguntarle quién era el culto, respondió el chavea: leches, pues quién va a ser, el cura que sabe latín. Sin ser Julio César, latín saben muchos políticos que se llevan tan limpio el culto y el cepillo.

Lo cierto es que el 26 terminará la batalla y recogerán a los muertos y heridos, políticamente hablando, claro. Para unos llegará el momento de repartirse el botín, y para otros el de la travesía del desierto. Y aquí quiero llegar, pues da la impresión que el 50% de los ciudadanos, como lagartos, tendrán que adentrarse en las arenas del desierto por una larga temporada como castigo o ejemplar destierro impuesto por los vencedores.

Arreglados irán si piensan los vencidos que alguien les pondrán nevera o grifos en el desierto. Habrá ley seca rigurosa. Volverá Julio César en puridad: los vencidos serán el antojo de los vencedores, serán insultados por muertos de sed, retrógrados, decadentes, anti progresistas, anti feministas, y lo que les dé la gana. En el horizonte ni siquiera habrá un Publio Syrio que le cante a Julio César las verdades del barquero así: «vencer al enemigo es suficiente, pero que desaparezca del todo es una auténtica desgracia» para la humanidad, para la democracia y para la república.

Hoy día, en esas batallas arrasantes, los ejércitos no tienen como armas las flechas, las lanzas, los caballos o las espadas, sino algo mucho más letal y totalitario: las cadenas de televisión, los sondeos electorales, los publicistas, los creadores del lenguaje, las estrategias políticas, y la manipulación de la moral. Se habla mucho de buenas intenciones, pero se arrasa como en el fútbol: que desaparezcan incluso las consecuencias.

Los que pierdan el día 26, si además ya han perdido la primera etapa del 28A, les aconsejo seriamente que vendan cuanto tienen lo antes posible, que se compren un buen camello, y que empiecen a hacer cursos intensivos de adaptación al desierto, porque las van a pasar moradas. Y más si uno de los vencedores tiene ese color en su escudería. El resto será como dice Mateo en 3, 3: Vox clamantis in deserto, voz que clama en el desierto.

Dentro de la crueldad bélica, Julio César tenía principios: respetaba el lenguaje, las leyes, y no mentía a los vencidos. Ahora, los vencedores en la guerra electoral, como representantes de los principios teológicos inmutables, dicen que todo ocurre por tu bien, que escarmientes, y que tienes la misma mente perturbada que tu partido. Hay que tener morro para decir esto. ¿Cómo es posible que medio país piense que el otro medio es un degenerado mental? ¿Y convivir con los vencidos? Suena a risa. La Hispania de los vencidos también la ha dividido Julio César en tres partes: desierto, camello, y manta. Y es que las noches son terribles por estos parajes.

 

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