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TIENE TELA

La sombra del malo

ANTONIO PIEDRA ANTONIO PIEDRA
10/06/2019

 

ESTO de escribir sobre pactos, queridos amig@s, se ha convertido en una campaña electoral pero al revés: somos los tertulianos y columnistas quienes repetimos como cotorras lo que dicen los políticos. Como esta papilla colada me da un poco de repelús, el sábado me armé de valor y, en vez de evacuar consultas online con mi psicólogo, me fui a Madrid para verlo con una pregunta a bocajarro: tú que trabajas con los cocos humanos, ¿puedes explicarme el berenjenal de este país que no hay dios que lo entienda?

Con su sonrisita habitual me contestó: «No hay Dios que lo entienda porque esto es cosa del Diablo». Y sin más me llevó al Retiro ante las plantas del Ángel Caído. A ese monumento al Demonio que está, exactamente, a 666 metros –el número de la bestia, según el Apocalipsis– sobre el nivel del mar, y que explica que, constantemente, haya gente dando vueltas alrededor con la mirada extraviada. Se sacó del bolsillo una estampa plastificada y me dijo: «conviene que la llaves en la mano no vaya a ocurrirte una desgracia».

Me quedé de piedra como los bancos que nos rodeaban y mi apellido indica. ¿Pero tú crees esto? Y repuso: «Más de medio país lo cree, ¿no has visto el resultado de las elecciones?». Cogí la estampa, y empecé a leer «La sombra poderosa», que tiene tela: «Oh luz poderosa de Cristo, líbranos de la sombra poderosa del Malo. Ojos tengan y no me vean, manos tengan que no me alcancen, invisible sea yo en medio de mis enemigos, y que me transforme para que mi cuerpo no sea arrastrado por la sombra de la muerte…»

Llegado aquí, paré en seco, pensando que me había dado de plano el sol de la mañana, y le dije a mi psicólogo: ¿Me puedes decir qué tiene esto que ver con la situación de España? Sin perder la sonrisa que tanto me jode, me explicó: «Las mentes alucinadas meten todos los males de la tierra en un saco, lo atan con una etiqueta, y queman el saco con la misma facilidad que la Santa Inquisición a los herejes».

Al oírle, me pareció escuchar a Cicerón cuando escribía con rotundidad esas palabras profundas que tanto acojonan: «Umbras timere», tened miedo a las sombras. Ahora mismo todos los males de España se llaman Vox. Si pones la TV a cualquier hora, y dicen que no llueve o que llega Miguel con un temporal de aúpa, es por Vox. Si hay paro, es por Vox. Si hay listas de espera, eres, corrupción, golpes de estado, drogas que nos sitúan a la cabeza de Europa, una mala educación que nos coloca en la cola, cinismos, desvergüenza, latrocinios, falta de valores, falsedad, y un larguísimo etcétera, la culpa también la tiene Vox.

Y ahora lo más impresionante y vergonzoso como reduccionismo histórico. Siempre tuvo, tiene y tendrá la culpa porque, directamente, Vox conecta con el cadáver de Franco. Y de aquí la peste con la sombra del Malo. El Diablo se ha encarnado de tal manera en esos seres que, cada vez que salen en la tele, se funden los plomos con esa cara mefistofélica que justifican la necesidad imperiosa del poder de los izquierdistas, de los golpistas, de los narco comunistas, y de todo cuanto termine en istas, porque son necesarios para combatir al Malo.

Los mítines y los programas se dan contra el Malo. Las amenazas del próximo fin del mundo vienen de la mano del Malo. Los pactos –incluso desde los ciudadanistas de Rivera que acaban de inventarse el ocho como número mágico para ejercer en democracia–, se justifican contra el malo. El no pasarán guerra civilista da el alto al Malo y a sus legiones de malos. El Bien único –el mío– marca la lucha a muerte contra el Malo. Maniqueísmo en vena. Los votantes somos caperucitas rojas para niños aterrorizados: huir del lobo.

Tras hablar de todo esto, paré. Dejé de escuchar por un momento a mi alucinado psicólogo, miré a la cara del Diablo –que, a su vez, me miraba desde lo alto del monumento–, y les juro que me pareció oír su voz en un susurro que me decía: «Antonio, a mí ni me mires, que yo voto a los verdes, y en cuanto a Vox ni sé quiénes son. Me huele todo a chamusquina, a cortina de humo con la que tapan algunos mortales sus vergüenzas, que tienen muchas. Echarme a mí la culpa de todo, como siempre, me tiene asqueado, porque en este descampado, míralo bien, me cagan hasta las palomas, y encima no tengo un pañuelo con el que limpiarme».

Petrificado, me despedí de mi psicólogo, de Belcebú, y de los otros colgados que merodeaban por el Retiro. Con las mismas me volví a Valladolid recitando a Zorrilla: «¿No es cierto, ángel de amor,/ que en esta apartada orilla/ más pura la luna brilla/ y se respira mejor?». Me puse a escribir esta columna y saqué una conclusión: que sin ser un sabio dudo de todo y no creo a ninguno. Ni al Diablo, ni a mi psicólogo, ni a los buenos ni a los malos, ni a los columnistas. De los políticos hoy no quiero ni hablar, que luego tengo pesadillas por las noches. Así que harían bien escribir a mi Director, que es un lago de comprensión, y pedirle mi cese anticipado porque estoy endemoniado. Ya decía el Santo Job en 8, 9 que «son una sombra nuestros días sobre la tierra».

 

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