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TIENE TELA

Setas y votos

ANTONIO PIEDRA ANTONIO PIEDRA
07/10/2019

 

PUES NADA, que anoche me ocurrió lo contrario que al célebre Linares Rivas, un dramaturgo que murió en 1938, y al que le encantaban los maravillosos cuernos que las esposas ponían a sus maridos. Le invitaron a una lectura, y don Manuel se nos durmió. Se lo reprocharon, y protestó en público con esta genialidad: «El sueño es también una opinión». Y menuda. Desde el insomnio yo también tengo una opinión cuando no puedo dormir por problemas de difícil solución. Y es que, ante las próximas elecciones, tengo un lío de padre y muy señor mío.

Me explico. Si voto a lo que le sale de los adentros a mi alma de cántaro –es decir, con mis prejuicios y mi dosis de anarquía y de cabreo en bicicleta–, lo haré por un partido. Si voto con la mano en el bolsillo, será a otro muy distinto. Y si voto pensando en la gobernabilidad de España, a ninguno de los dos anteriores. Conclusión: que o se juntan tres partidos irreconciliables, o quien tiene que reconciliarse con la abstención y con esta partitocracia insaciable será este servidor.

En mitad de mi duermevela, me dio por contar votos como se cuentan ovejas para dormir naturalmente. Ni por esas. Cuando llegué a la 14.414 noté que tenía dolor de cabeza y + insomnio. Decidí pasar a otra cosa mariposa, y ¡zas! El subconsciente, que todo lo enreda, me plantó de sopetón en un campo de setas. Y claro, le pregunté a mi subconsciente con finura de barbacoa: ¿qué coños haces aquí, Antoñito? Y contestóme: en lenguaje freudiano las setas son igual a los votos que tanto te perturban.

Y como en mi subconsciente mando yo y no mi mujer, seguí insistiendo: ¿Que las setas son votos? Y el prodigio de mis profundidades fue inmisericorde: lo son. Está clarísimo. Observa la naturaleza. Las setas en el campo parecen todas bonitas, naturales, de colores vistosos, comestibles de entraña, y con unos pedicelos... Pero hasta un gilipollas como tú sabe que hay setas saludables y venenosas.

O sea, mi hijito, igual que los votos en los debates televisivos y en el mostrador de las mesas electorales. Todos están envueltos en papel cuché y en colores deslumbrantes para que piquen los electores exquisitos. Reciben como las setas el mismo sol, se nutren de la misma tierra, respiran el mismo aire, y se ofrecen para el bien y el placer de la humanidad. Pero ojito con la cocina. Si te comes la seta-papeleta equivocada, te vas al tanatorio tan ricamente. Fin de la explicación.

Con estas meditaciones micológicas, se me acabaron las trascendencias y lo vi tan claro como el agua del Pisuerga, que ya es decir. Los votos y las setas comparten en el fondo una misma responsabilidad ante la vida y la muerte del votante: si quieres un buen voto, elige primero una buena seta. No es lo mismo optar en este otoño copioso y clientelar en setas por una Amanita phalloides, que disimula el color y mata, o por un Níscalo del Pinar de Antequera, que es saludable hasta en el caldo.

Si eliges un voto que se parezca a la seta del demonio, que dicen en mi pueblo –lo que científicamente llaman Boletus satanas–, el país entero como tu estómago entran, inevitablemente, en una indigestión tóxica generalizada. Y es que la distancia entre la cesta de las setas y la urna de los votos es muy sutil. Los seteros tienen una cierta ventaja: pueden aclarar sus dudas con el Servicio de Información Toxicológica. Los voteros no tienen ninguna garantía, pues la Junta Electoral Central es lo mismo que tener un tío Pernambuco. No distingue entre una letal Galerina marginata y una Russula emetica menos peligrosa.

Tanto las setas como los partidos, comparten parecidos signos de identificación. Las unas y los otros, externamente, se parecen como una gota a otra gota: en cuanto te descuidas te la clavan. Internamente comparten la misma naturaleza: mienten por vanagloria y saquean por derecho. Hay leves diferencias. Si uno dice, por ejemplo, que le preocupa mucho la gobernabilidad del país, después de haberla bloqueado durante todo el tiempo, algo no cuadra con las setas porque éstas son más racionales. Decía a este respecto nuestro viejo amigo Kant que, a veces, hay que tener el valor de «servirte de tu razón» aun en política. Algo parecido escribía Horacio en su primera epístola: «sápere aude», atrévete a ser sabio.

En este tiempo de elecciones hay que servirse de la razón porque los políticos echan en la misma cesta las setas y los votos como si la naturaleza lo aguantara todo. Y no señor, no lo aguanta. El votante tiene que tener el valor de lo racional porque, si no lo hiciere, el apetito devorador de los políticos por las setas nos llevaría a la toxicidad que denunciaba Lucrecio en De rerum natura: mientras «unas razas progresan, otras se extinguen» por su idiotez, o lo que es lo mismo, por su insomnio votacional.

Vote el 10-N lo que le venga en gana, faltaría más, pero tenga en cuenta los consejos que dan los expertos en setas. Si las indicaciones del Servicio de Información Toxicológica a veces fallan, el CIS de Tezanos siempre acierta: vengan setas como votos que en revoltijo son todas buenas.

 

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