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Sálvese quien pueda

ANTONIO PIEDRA ANTONIO PIEDRA
18/11/2019

 

AL GRANO. La Real Academia da una magnífica definición de la palabra cínico: «Persona que actúa con falsedad o desvergüenza descaradas». ¿Se referirá a Pedro Sánchez? Por lo que dice y hace el Presidente en funciones, da en el clavo. Basta con recordar sus declaraciones sobre Pablo Iglesias para dejar al cínico Diógenes de Sínope en el fondo del tonel, y para que los españoles no durmamos por las noches.

Esta noche, sin más, yo no he pegado ojo. A las cuatro de la mañana andaba con los viejos apuntes de filosofía para hablar hoy aquí con cierta propiedad. Resulta que cínico viene del latín cynicus, y ésta del griego kynikós que significa perruno. O sea, que la palabreja se identifica con perro. Etimológicamente, por tanto, cada vez que abre la boca un cínico es como si ladrara un perro. La razón práctica la clavan en mi pueblo: el can aúlla por sus propios intereses.

Como a esas horas de la madrugada la memoria es traicionera, me vinieron las imágenes traumáticas del comité ejecutivo del PSOE echando a Pedro Sánchez. Por la misma razón ahora mismo aplaude el resto del partido o calla por unanimidad: hacer un Gobierno Frankenstein pactando con comunistas, independentistas, filoetarras, golpistas, cupistas, anticonstitucionalistas, y antiespañoles en general. Para este viaje tan cínico sobran verdades.

Ya, pero es lo más lógico que así ocurra entre cínicos que descienden de la variable más peligrosa del pensamiento socrático. El propio Diógenes lo sabía y dijo que «es preferible la compañía de los cuervos a la de los aduladores, pues aquéllos devoran a los muertos y estos a los vivos». Y aquí estamos los casi muertos, o medio vivos, a merced de los grajos con tres problemas angustiosos que –ojalá me equivoque– van a dejar a la nueva España como la «madre que la parió» de Alonso Guerra.

Primera preocupación chorreante: la economía. Sólo con ver la campaña electoral que ha hecho Podemos contra los bancos –cinismo dantesco con coletas–, se disparan las preguntas. ¿Qué van a hacer? La huida de capitales ha comenzado al tiempo que la parálisis empresarial. Como para confiarles el dinero. Si yo lo tuviera nunca lo dejaría en manos de estos señores para cuidar chiringuitos, progresías impunes e ideas tan arcaicas y funcionariales sobre la distribución de la riqueza que, cínicamente, siempre empieza por ellos mismos.

Segundo problemón a torniquete olímpico: el desbarajuste en Cataluña. Una coladura cínica que deja al mismo Tenorio en butifarras: «…El orbe es testigo / de que hipócrita no soy, / pues por doquiera que voy / va el escándalo conmigo». Pero en esto, con un diálogo trilateral sanchista, no quiero pensar nada. No sólo no dormiría, sino que amargaría los pocos años que me quedan de vida. Y no. No pienso prender fuego a mi propia casa para cocinarme una hamburguesa con cebolla y pepinillos.

Tercera cuestión de cinismo fronterizo con pollas en vinagre: la reorganización política y judicial de España que prepara Sánchez, y en donde la democratización, la justicia, y la verdad serán redefinidas por el pícaro Guzmán de Alfarache; «quien quiere mentir, engaña, y el que quiere engañar, miente». Barra libre, y distinguiendo dos tipos de españoles: los buenos que son todos los cínicos, y los malos que son el resto. Es decir, medio país compuesto por fachas y antiprogresistas sin domesticar.

Me niego a añadir una cuarta razón de insomnio galopante. Me causaría dolor de tripas, o de microbiota, que dicen ahora los modernos. Y ya está bien del rollo. Muy joven aprendí de Aristóteles –que no podía ver a los cínicos ni en pintura– una razón de peso: que al embustero y al cínico, aunque digan la verdad una sola vez, no pueden ser creídos. Por tanto, me refugio en las flores y en la filosofía esperando que pase el tiempo –el dios que todo lo remedia según los griegos–, para volver a dormir a pata suelta porque tengo derecho a ello.

También tengo derecho al pesimismo, pues veo que está a punto de llegar el mito de Frankenstein en novela o en película. No me gusta ver a la gente gritando de fascinación «¡Está vivo, está vivo!», o aterrorizada con un sálvese quien pueda. ¿Demasiado alarmismo? Puede. Pero la verdad es que la historia de España es bastante dolorosa y se ha sufrido mucho siempre que gobiernan los cínicos. Ajústense la cincha porque nos espera el órdago que tanto temía Antonio Machado: «También la verdad se inventa».

Es decir, que en estas circunstancias el pesimismo es una vacuna contra la depresión que nos acecha. Yo ya me he puesto a tiempo la de la gripe, y que salga el sol por Antequera. No queda otra. Desde luego, faltaría más, no soy yo el que ha hecho al monstruo, y tampoco el responsable de cebarlo. ¿Quién coños ha cosido al monstruo y lo está soltando a diario por las televisiones? Esto es propio de los muy cínicos. El menos cínico es Pablo Iglesias, que no disimula su chavismo disolvente y totalitario. Aquí la palabra cínico la ha modernizado Pedro Sánchez. Tanto, que el diccionario de la RAE piensa añadir a la definición clásica esta coletilla: véase Pedro Sánchez.

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