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El juego de la máscara

ANTONIO PIEDRA ANTONIO PIEDRA
12/08/2019

 

DESDE Castilla y León, las componendas de Sánchez para formar Gobierno después del verano –más independentismo, más mantería, más okupas, más blanqueo del terrorismo, más recesión, menos democracia, menos pensiones, menos España, menos seguridad, y menos tarta que repartir– se parecen a los tratamientos de un médico de mi pueblo que era buenísima persona, pero el hombre, al tener un ojo tuerto y el otro bizco, curaba las enfermedades haciendo la vista gorda. Total, que todos le llamábamos don Lincenciado o don Lince a secas.

De linces va la gran pelea nacional entre los partidos que exhiben con orgullo planetario su máscara de progresistas. Ya no se trata de PSOE o de Podemos, sino de formar «un Gobierno progresista» demostrando quién es el más progresista. Así que todo español se declara progresista en cualquier encuesta, aunque no tenga ni puñetera idea de lo que eso pueda ser. Si dices lo contrario, pues te toca lo del Corbacho: “cabeza en una pica, que el rey perdona’.

Estamos, por tanto, en el gran juego veraniego de las máscaras progresistas progresando. Si cualquier televisión no repite la palabreja cien veces, le invito a usted a un café. En los Siglos de Oro, la máscara ideal fue la limpieza de sangre. Ahora la sangría progresista. ¿Qué hay que hacer tras declararnos progresistas, progresar a todas horas, y ganarse un sueldecito de paso? Nada. Póngase la máscara hasta para dormir, salga a la calle como el hombre de Quevedo a una nariz pegada, y predique progresismo hasta la ronquera.

Sólo se trata de llevar la máscara y de votar ad hoc -ex profeso– al proveedor de máscaras que es fácil de identificar, pues tiene una cara dura impresionante y se llama Pedro Sánchez. A partir de aquí, la culpa de todos los males del país -incluido que no pueda gobernar cómodamente-, la tienen los que no compran su máscara, los falsos progresistas, y los de Podemos que andan perplejos pues, habiendo ideado ellos el suculento negocio de las máscaras made in Venezuela, se han quedado sin comisión.

Lo más sorprendente de este juego mascaril es que se basa en un trabalenguas castellanísimo e infantil: el cielo está enladrillado, ¿quién lo desenladrillará? El desenladrillador que lo desenladrille, buen desenladrillador será. El gran Sánchez quiere convencernos ahora que montó su célebre moción de censura –la PRIMAPRO, o primera internacional de máscaras progresistas de la historia– con un programa regenerador: repartir la tarta, y él como administrador único del juego de máscaras.

Laberinto de padre y muy señor mío, pues en un país en el que todos somos progresistas, se ha pasado de jugar al ajedrez a entretenernos con el juego de la oca y tiro porque me toca. Hacer política ya no consiste en pensar razonablemente, ni en buscar el bien común, o solucionar los problemas del ciudadano. Importa sólo ponerse la máscara progresista y tirar un dado trucado al aire, pues sólo el desenladrillador Sánchez reparte con frivolidad los carnés de progreso y tira de puente a puente porque le lleva la corriente.

Quienes no tengan la máscara progresista del PRIMAPRO, aun siendo progresistas de toda la vida, sólo pueden tirar el dado para ir a la cárcel, caer en el pozo de las serpientes, o recibir los otros castigos del juego de la oca. Lógico. Son fachas, desvergonzadamente van cara al sol con la camisa nueva, y todos, de alguna manera, tienen algo que ver con Franco y la momia del Valle de los Caídos.

La ultima frasecita puesta de moda por el enmascarado PSOE de Sánchez, para desacreditar al enmascaradísimo Podemos de Iglesias –su socio preferente–, es antológica: ellos no se fían de nosotros y nosotros no nos fiamos de ellos. ¡Acabáramos! Han descubierto que tienen puesta una máscara y ni Dios se fía del que tiene enfrente. Se dice que esto es un juego de tronos entre gerifaltes de izquierda, pero esto es una mierdecilla de juego de máscaras. Cada vez se les ve más la goma que sujeta la máscara, la impostura, el marketing, la venta de la España parcelada, y el progresismo de noria para burros con orejeras.

O sea, que no le dé usted más vueltas al asunto. Aquí pasa lo que en tantas películas del Oeste: que los socios preferentes no se fían unos de otros a la hora del reparto del botín. Están de acuerdo, perfectamente, en perpetrar el atraco, `pero como se conocen tan bien, y del pie que cojean, pues como para fiarse de lo que ocultan las máscaras.

El resto del país que tire de la noria y saque agua para ellos. Pero ojito: que el ciudadano compre agua mineral o la coja de los charcos o de donde pueda, pues ya no tiene derecho a ir ni a una manifestación pro agua. La calle, progresistamente, es suya y está okupada por las máscaras. Los que no tengan la máscara puesta, a ejercer la prostitución con la vieja fórmula castellana de oír, ver y callar. Y añadiendo, además, otra palabra clave para el gran desenladrillador: aguantar. Vocablo que, como todo el mundo sabe, incluidos los filólogos, viene de agua y de atar. O sea, dictadura del aguacate: agua para ellos, y cate para los demás.

 

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